Como son las oficinas del gigante informático, que fueron inauguradas por la presidenta Cristina de Kirchner.
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Recorrer las oficinas de Google en Puerto Madero es cumplir el ritual que aprendimos sobre el famoso Googleplex de Silicon Valley: sí, acá también, casi lo primero que se ve son jóvenes jugando al ping pong en una especie de playroom multicolor, repleto de almohadones. "¿Ping pong es un casillero de la búsqueda de empleo?", le pregunto a Alberto Arebalos, el siempre amable Director de Relaciones Publicas y Comunicación para América Latina. La respuesta es una sonrisa. Ya son casi 100 los empleados (universitarios, 25 años promedio, manejo fluido de idiomas, buen saque cruzado) que ocupa la "pata local" de esta empresa emblema de la nueva tecnología digital. La reproducción del estilo oficina abierta y expansiva se respira también en el comedor, una suerte de buffet net, en el que abundan las góndolas con golosinas, las máquinas de gaseosas en las que no hace falta poner monedas y el almuerzo: cada plato tiene indicado su valor calórico y hoy podemos elegir entre las lentejas con arroz integral (180 kcal.) o el carré de cerdo (410 kcal.)
Las principales tareas de este centenar de bulliciosos empleados informales -en su mayoría egresados del ITBA, la UBA, la UTN, en carreras de Ingeniería pero también Economía o Administración de Empresas- es brindar soporte a la gestión de los AdWords locales y a la incipiente pero ambiciosa facturación comercial que el ex buscador tiene en la región. No es que haya dejado de ser un buscador, claro, pero ese descubrimiento de las intenciones a través de la búsqueda ha dejado paso a un gigante de 55 idiomas y varias cabezas regionales con tentáculos en casi todas las industrias, que ya está revolucionando el mercado publicitario (y quedándose buenos dividendos por ello).
"Diabólicamente complejo" es la oportuna metáfora de Arebalos sobre la gestión invisible del sistema de avisos personalizados de Google, después de explayarse en tareas concretas de los equipos locales como la optimización de las campañas y los ratings internos de avisos, que repercuten en sus costos pero requieren tareas humanas además de algorítmicas. Después, junto al penúltimo bocado de lentejas, repasará también el último affaire de relaciones públicas que lo tuvo ocupado el mes pasado: la visita de la escritora francesa anti Google, Barbara Cassin.
Un dato importante que explica esta nueva "cabeza de playa" en el confín regional: el 60% de las búsquedas que se hacen responden a referencias geográficas (inquietudes vinculadas al "dónde"). Por eso, el próximo paso natural es la localización de herramientas populares como Google Earth o los Google Maps, que planean lanzar este año si resuelven las dificultades de la deficiente o costosa cartografía argentina.
"El mandato de Eric Schmidt hacia la internacionalización es clarísimo", se extiende Arebalos. Quizás por eso, y como un señal fuerte, se enorgullecen de haber tenido a la propia presidenta argentina Cristina Kirchner dándole status oficial a la instalación de estas oficinas, un privilegio que, según Arebalos, desearía cualquier presidente latinoamericano. En su discurso sostuvo que si esta revolución de información hubiera existido hace 30 años quizás, "no hubieran sido posibles 30 mil desaparecidos" y reivindicó la revolución silenciosa y cultural iniciada por Bill Gates. A su vez, coincidió con el director regional de Google, el mexicano Gonzalo Alonso, quien había sostenido que en lugar de encontrarse en Buenos Aires con un esperado efecto Tango (un mercado laboral y una industria quejosos, tristes o aletargados) se encontró con el puro "rock nacional": energía, entusiasmo y mirada positiva, según explicaron oficialmente.
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