
Gran versión del Réquiem
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Concierto sinfónico vocal organizado por la Asociación Wagneriana y la Secretataría de Cultura de la Nación. "Grand Messe des Morts" (Réquiem), Op. 5 de Hector Berlioz, por la Orquesta Sinfónica Nacional, juntamente con el Coro de la Asociación Wagneriana y el Coro Polifónico Nacional (preparación: Carlos Alberto Vieu), con la participación del tenor Oscar Imhoff en calidad de solista. Director: Pedro Ignacio Calderón. En el Teatro Colón.
En una versión altamente digna de esta obra grandiosa que la mano maestra de Berlioz trazó sin caer en la desmesura, se cantó la "Gran misa de los muertos", con la dirección de Pedro Ignacio Calderón.
Proeza musical, especialmente para directores y coros, este Réquiem de una hora y veinte minutos de duración, rara vez ofrecido, que sólo admite comparación con el Te deum, también del insigne compositor francés, exige del oyente contemporáneo un especial sentido del espacio sonoro y el tiempo requerido por su solemnidad ritual.
La magnitud de los cuerpos sonoros que requiere Berlioz, el voluminoso coro, como también los bronces reforzados _aquí dispuestos en filas situadas visiblemente a ambos lados de la orquesta_, timbales, y por supuesto la orquesta, requieren un espacio fisico generoso, como aconteció en Los Inválidos, de París, en cuyo ámbito sonó la obra por vez primera, en 1837, en una inmensa ceremonia.
Partitura de gran valor dramático, la "Grand Messe" se impone desde el comienzo mismo, no sólo por su densidad sinfónico-vocal. Aflora en el conjunto total una inspiración esencialmente melódica a partir de la cual se advierte que Berlioz buscó desarrollos expresivos.
Por supuesto, junto a un coro de gravitación dominante en la obra se halla una orquesta reforzada; pero el potencial que ésta puede representar sólo emerge en unos pocos y notorios pasajes y no es empleada aquí por el compositor en medulosos desarrollos sinfónicos, sino casi exclusivamente para dar énfasis. Pedro Ignacio Calderón dirigió esta magna obra con excepcional sentido de la grandeza, unidad y equilibrio dinámico,con los tempi requeridos para la perfecta conjunción sinfónico-coral que su musicalidad requiere.
Podría decirse que la maestría de Berlioz se pone de manifiesto desde el primer movimiento (Requiem et Kyrie), finamente orquestado, que encierra una melancólica nobleza en las frases graves y lentas de las cuerdas y las maderas que preparan el camino para dar entrada a las voces corales. El entrelazamiento polifónico de las voces del coro no evocan el fervor ni la consolación de la fe, sino el dolor de la condición mortal, y así fue transmitido.
El sector de sopranos, en perfecto unísono, respondió con el apoyo de las maderas al tema principal del Dies irae en un marco musical austero. Orquesta y coro registraron con ductilidad reveladora de un pulcro manejo de las voces los cambios dinámicos de ritmo y el carácter de este momento de la misa, hasta la irrupción de las trompetas y la tuba en un clímax de intenso dramatismo acrecentado por los golpes de timbal.
Feliz conjunción
Significativo contraste marcó el pequeño movimiento que siguió (Quid sum), destinado a los tenores y los bajos, para servir de contraste y preparación para el imponente Rex tremendae que siguió, en una atmósfera luminosa, con un contrapunto de voces en súplicas de salvación.
La feliz conjunción de los coros de la Asociación Wagneriana con el Polifónico Nacional se tornó más evidente cuando entonaron suavemente, a capella, el motete a seis parte Quarens me, también a modo de contraste como punto de alivio respecto del anterior, con perfecto ensamble de planos sonoros y una afinación perfecta.
En Lacrymosa, con curiosa estructura rítmica, una dolorosa y estirada melodía, y una concepción lírica casi operística, con su sentimentalismo en el que irrumpen las voces masculinas, se pudo advertir la perfecta coordinación entre la masa coral y la orquesta. El balance sonoro se mantuvo en este fragmento con bronces poderosos e impresionante intervención de los timbales.
Las invocaciones iniciales de soprano, bajos y barítonos tuvo efectos dulcificantes y serenos, de la que la obra es asimismo portadora, en el Offertorium. Este "Coro de las almas del Purgatorio" es un intermedio contemplativo para la orquesta, con la melancólica melodía construida por dos notas repetidas a intervalos regulares.
Uno de los momentos orquestales sobresalientes es el Hostias, al que debe sumarse la poderosa labor de las voces masculinas con las casi arcaicas frases que constituyen el material del movimiento que es interrumpido por el tema de los trombones y flautas. A este magnífico despliegue siguió la atmósfera casi etérea del Sanctus, confiado a la voz del tenor solista.
Imhoff, con correcta afinación, encaró el fragmento sin que sus dotes vocales lo asistieran en su totalidad _en la tesitura aguda de su registro debió transportar la línea melódica a una octava inferior_, no obstante lo cual hubo musicalidad y adecuación al carácter del fragmento.
El Agnus Dei poseyó poderosos efectos orquestales, en los amplios acordes de las maderas, y el canto triunfal de las voces masculinas ganó elevación y claridad expresiva, acompañadas por ligeras figuraciones en las cuerdas, largos acordes en los vientos y la suave sonoridad aportada por los timbales, mientras el Amen repetido seis veces creó el sentimiento de serenidad con que finaliza la obra.
Berlioz, también en formato de CD
Para cualquier director decidido a grabar a Berlioz (que en su Réquiem desplegó la estereofonía ya augurada por los Gabrieli en la Venecia del siglo XVII), el tema sónico es idea central, previa a cualquier otra cosa. Por su parte, el discómano medianamente enterado sabe que cuando busca una grabación del Réquiem debe poner especial cuidado en elegir al director, a la orquesta, al coro y no perder de vista la fecha en que se hizo el registro. Parece natural que en la época del CD, en que todo suena bien, la gente busque confiada y elija por su experiencia, intuición y ficha informativa. Es difícil que se equivoque si se decide por la Sinfónica de Boston dirigida por Seiji Ozawa, los coros del Festival de Tangelwood y el tenor Vincent Cole, o por Daniel Barenboim, Coros- Orquesta de París y Plácido Domingo como solista.
Sin embargo, la atención del discómano no debería dejarse absorber de manera excluyente por los últimos pasos de la tecnología digital, porque también unos años antes de estas importantes irrupciones se consiguieron registros que nada tienen que envidiar a los más recientes. Es el caso del Réquiem grabado en 1976 por la orquesta y coros de la Orquesta de la Radiodifusión de Francia, con dirección de Leonard Bernstein y el tenor Stuart Burrows como solista. Colocado ahora en la bandeja compact, sorprende de manera impresionante por su calidad sonora.
El bramido de metales a lo largo del "Dies Irae" o el tronar de la percusión alternan sin fracturas con los momentos más suaves hasta alcanzar una atmósfera de recato y sugestión, difícil de encontrar tan equilibradamente en otras grabaciones. El fraccionado de la orquesta, según lo pide Berlioz, suena sin saturaciones, artificialidad ni exageración, y al coro se lo escucha decir con claridad absoluta. La exaltación de Bernstein se comunica de manera notable y el oyente se enfrenta así con una de las audiciones discográficas más espectaculares de esta época.





