
Siempre lo segui a todas partes a Guido Guevara, siempre.
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Siempre lo segui a todas partes a Guido Guevara, siempre. Nunca me defraudó, nunca, ni siquiera cuando le ganó cagando al turro Turris, porque esa noche Guevarita no veía nada, estaba casi ciego y lo calzó medio de pedo, pero siempre con huevo, siempre yendo al frente. Y ese Garmendia no puede hablar más. Ahora el cinturón lo tiene el que lo tiene que tener y si a Garmierda no le gusta, que se vaya a cantarle a Gardel.
Siempre lo seguí a Guevara. Por eso la otra vez, cuando me lo encontré en el bar, me quedé preocupado. Porque me parece que se está volviendo loco.
El me conoce de cuando vamos con los pibes a verlo entrenar en el club de Dalessandro Tito o a verlo pelear en la Federación de Box. No somos amigos, pero nos saluda siempre. ¿Cómo andan, piscuises, vienen a ver al campeón?
Pero el otro día, el tipo estaba raro. Te explico por qué: me dijo mucho gusto, Daniel, contáme de qué querés hablar, como si me acabara de conocer, como si yo fuera un periodista. Además, la ropa... Estaba bien vestido, no digo que no, pero no parecía Guevara, parecía otra persona. Se lo dije. Me dijo que la gente se siente muy identificada con Guevarita, con su lucha por la supervivencia y al mismo tiempo con las guarangadas que hace y que dice; que a las mujeres también les gustan. Me dijo que Guevara es un personaje hermoso. Como el campeón suele hablar de sí mismo como si hablara de otro, le seguí la corriente. Aparte, quién soy yo para contradecir al campeón.
Me dijo que el año pasado, cuando se lastimó la nariz, creyó que su carrera se había terminado. Tanto lío por una ñapi, le dije. Todos los boxeadores tienen la nariz chata, qué problema hay. Me dijo que no, que no fue una ñapi. Y me inventó una historia... Dijo que caminaba por una vereda, que pasó un taxi pegadito al cordón, con un fierro que sobresalía en el portaequipaje, y le enganchó el naso. Lo que es el orgullo, ¿no? El tipo no es capaz de reconocer que le pegaron una ñapi. Todavía tengo dormida una parte de la dentadura, de este lado de la cara no siento nada; a veces se me pianta lo que tomo, me dijo. Le aconsejé que viera al médico de la Federación de Box. Me dijo que un día en la Federación se le acercó un señor y le dijo: Laport, lo felicito.
¿Quién es Laport?, le pregunté. Me parece que no me escuchó.
Le dije gracias, me siguió contando, pero no le di mucha bola. Y el tipo me dijo: Ojo, yo sé de esto. Soy el médico de este lugar. Lo felicito porque yo conozco muchos boxeadores y estos personajes, cuando llegan a esa edad, tienen el humor de Guevara. Por momentos son gatitos mimosos, por momentos son brutos... Todo se relaciona con los golpes que han sufrido.
El campeón me dijo que todavía no se conoce la identidad de Guevara. Ni su infancia, ni su pasado oscuro. Que la primera pelea con Garmendia le venía justo para volver a estar en el candelero y por eso fue un golpe tan duro la derrota, con ese fallo tan dudoso...
Bueno, Guevarita, eso ya pasó. En la revancha lo cagaste a trompadas, le dije. Me parece que, otra vez, no me escuchó.
En un momento se emocionó y me empezó a contar de cuando era pibe. No tuve mucho tiempo para jugar, crecí en una familia muy humilde. A los 8 años era canillita, igual que mis hermanos mayores. Vivía en Colonia, en
un pueblito que se llama
Juan Lacaze.
–No sabía que eras uruguayo... ¿Y cómo hiciste para pelear por el título argentino? ¿Te nacionalizaste?
Mi segundo laburo fue a los 10 años, me dijo. Yo le vendía diarios al médico del pueblo, que tenía una casita muy bella. Una vez, en verano, le llevé el diario, había pibitos de mi edad, sobrinos de este médico, y me quedé jugando con ellos. Después volvió a pasar lo mismo. Entregaba el diario, dejaba la bicicleta tirada en el jardín y me quedaba jugando con los pibes. Un día la señora me invitó a tomar el té con wafles. Cuando terminaron las vacaciones, esta señora –que se llamaba Ana y fue mi segunda vieja– me ofreció quedarme con ellos, como una especie de cadete de la familia. Y fui como un hijo más, hasta que me vine a Buenos Aires. Acá vendí sábanas puerta a puerta, laburé en obras en construcción, pelé papas en un bar, estuve en una rotisería. La primera vez que me fui de vacaciones fue a los 39 años. Y tengo 43. Te lo juro. Nadie me regaló nada.
¿Y cómo fue que te hiciste boxeador?, le pregunté.
No me contestó nada. Hablaba solo.
Hasta que hice el papel de Guevara, en mi puta vida me había puesto un guante de box, decía; en mi puta vida tuve una pelea callejera.
–¿El papel de Guevara? ¿Qué decís, campeón?
–Para la prensa, parece que este año, de pronto, me convertí en un actor. Es un poco injusto. Hay mucho menosprecio por los actores que trabajan en teleteatros. Sobre todo con los galanes. Siempre tan fanfarrón este Guevarita... Ahora se cree que es un galán. Y claro, con esas dos minas que tiene. Reconozco que lo pensé pero no se lo dije. Hay ciertas cosas que no se le pueden decir a un boxeador. Como si me hubiera adivinado el pensamiento, se puso a hablar de minas.
La Torda y la Rubia eran las dos primeras minas que no eran yiros en la vida de Guevara, me dijo. Con la Torda tenía muy buena cama, más libertad sexual. La relación empezó por la atracción macho-hembra, y después vino el enganche sentimental. Ella lo enfrentaba constantemente, era como Guevara, pero culta. Con la Rubia, en cambio, encontró lo que jamás tuvo: la madre, la amiga, la hermana, la familia, el techo. Con la Rubia todavía no se siente tan libre en la cama. La respeta mucho, la ve como alguien medio inalcanzable. El problema es que Guevara va a extrañar la joda. Si no, no podría haber un segundo año de Campeones.
Ya le iba a preguntar qué Campeones y qué segundo año cuando entró una mina en el bar con un papel y una birome, y le dijo: Hola, Osvaldo, me firmás. Guido, señora, Guido Guevara, la corregí. Pero él no dijo nada y firmó Osvaldo Laport. Una de dos: o tantas piñas le afectaron las neuronas, o el tipo mira mucha televisión.




