
Hamlet visto por ojos oblicuos
Es probable que fuera de los países de habla inglesa, la Argentina -con la ciudad de Buenos Aires a la cabeza- sea el lugar del mundo donde más a menudo se representa a Shakespeare, ya sea en versiones respetuosas o en adaptaciones de diversa índole. Sin ir más atrás en el tiempo, en 2004 tuvo gran éxito (y se repondrá como primer espectáculo de la temporada 2005 del Cervantes) "La señora Macbeth", variaciones de Griselda Gambaro sobre el original del bardo, con una protagonista inolvidable, Cristina Banegas. También hubo una versión muy personal de "Hamlet" por Luis Cano, en el Sarmiento (con otro actor valioso, Guillermo Angelelli); permaneció en cartel el "Romeo y Julieta" dirigido por Alicia Zanca en el Regio; y el San Martín ha programado para este año "Sueño de una noche de verano", con la misma directora. Sin contar los numerosos elencos independientes que a menudo recurren a Shakespeare, en salas periféricas y en provincia.
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Resulta adecuado, entonces, consignar en esta columna la reciente presentación, en el Barbican de Londres, de "Hamlet", dirigido por el japonés Yukio Ninagawa. La prestigiosa crítica británica Katherine Duncan-Jones lo reseña en The Times Literary Supplement del pasado 26 de noviembre. Empieza por recordar un "Pericles" firmado por Ninagawa en 2003, en el National Theatre, sólo que hablado en japonés. Como ese espectáculo, también este nuevo "Hamlet" resulta deslumbrante en el aspecto visual. "Toda la extensión del vasto y oscuro espacio del Barbican es surcada por fastuosos cortejos, efectos lumínicos y rituales, a veces excesivamente regimentados y cuyo significado suele no ser demasiado claro. Por otra parte, las grises armaduras metálicas japonesas llevadas por el Espectro y los centinelas lucen terroríficas y proclaman el totalitarismo estético del régimen danés. En pleno esplendor postnupcial, el rey Claudio y sus cortesanos irrumpen a través de una empinada hilera de puertas iguales a las que el público atraviesa para entrar en la sala. Todos visten las mismas ropas, con grandes cuellos, en dos tonos de brillante escarlata".
A propósito de estos ropajes suntuosos, la cronista observa que "Shakespeare mismo, cuando fue elegido para figurar en el cortejo de la coronación de Jacobo I, en la primavera de 1604, se preocupó por encargar varios metros de paño rojo para su atuendo". Así, los trajes rojos de la corte contrastan con la más bien descuidada vestimenta negra de Hamlet y su fiel amigo Horacio.
Prosigue Duncan-Jones: "Pese a un estilo formal que pudo ser reduccionista, este Hamlet de Ninagawa propone imprevistas lecturas del texto. Nacidas, algunas, de esa misma formalidad. Por ejemplo, tanto la ropa cuanto la distribución de los actores en el espacio, marcan la tendencia del dramaturgo a agrupar a los personajes en parejas que se apoyan mutuamente. Además de los dúos conocidos - Bernardo y Marcelo, los soldados del comienzo, o Rosencrantz y Guildenstern (esos mellizos rastreros)-, vemos a Claudio y su mano derecha, Polonio, hermanados en los gestos y en sus trajes escarlata, así como Hamlet y Horacio visten igual de negro. Esto aporta inesperado realismo a la escena en que el príncipe apuñala al consejero escondido detrás del tapiz: vestidos ambos de rojo, detrás de una tela traslúcida, Claudio y Polonio son indistinguibles".
Otro hallazgo del director japonés: Claudio y el Espectro son interpretados por un mismo actor, "el maravilloso Peter Egan" (Hamlet es Michael Maloney). "No recuerdo un Claudio más sensible y reflexivo. Además, es apuesto y digno, nada que ver con el villano repugnante que ve su sobrino e hijastro."
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