
Hay que abrazar el ombú
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He aquí una máquina de respirar abrazada a una máquina de fabricar aire. Sin la segunda, la primera no existiría. Es más habitante genuino del planeta un árbol que un hombre. Uno es fuente y da de vivir. El otro, un periférico que depende como un bebe. De ser una fotografía occidental reflejaría el gozo de un productor maderero. Pero es oriental y los datos de EFE de fiar: lo que tenemos aquí es a un japonés sorprendido en plena cita religiosa con un cedro. Singular relación con la botánica que coloca al nipón en galaxia única. A nosotros nos atraen ciertas flores y unos pocos árboles que prendieron en el imaginario infantil. A un japonés, todo. Siente al bosque como una forma larval y simbólica de lo urbano por donde ya pasó. Una oscura nostalgia animista lo mantiene ligado a ese estadio de su evolución. Al occidental, en cambio, lo deslumbra la profusa juguetería que brota de las manos. Vive empachado de palancas, ruedas y tornillos, y vive olvidando el parentesco que lo ata al jacarandá, al ornitorrinco, al hurón. Lo más que lo acerca a esa fuente perdida es el acto de bautizar automóviles recién fabricados. Por eso lanza a las carreteras miles de panteras, corsas y guepardos.
Con los árboles, igual. Apenas si contenemos a 3 o 4 de la infancia, al plástico de Navidad y poco más. El hombre que abraza al majestuoso cedro de la imagen también es árbol. Y esto es así porque un japonés es el revés de lo que en Occidente conocemos por persona. Puede parecer exagerado. Pero veamos. Por empezar no son de usar el pronombre yo o se cuidan mucho de hacerlo. Viven y hablan en plural logrando así una fusión social que bien nos vendría a quienes todavía la tenemos como utopía. Tan al límite lo practican, que si en reunión de tres personas dos se destacan, pondrán esmero en no sobresalir para que la diferencia no se note. Por lo demás, les importa más lo ambiguo que lo preciso y no distinguen de modo categórico un jai (sí) y un ie (no). La primavera o el invierno les suceden también en su interior. Son afortunados: nacen sin pecado original, con la gloriosa sensación de sumarse al milagro natural, y, para mayor suerte, Dios o los dioses no viven tan lejos de ellos como los de este lado del cielo, de nosotros. Pequeños, magros, callados, elegantes, lectores de todo papel impreso que caiga ante sus ojos, habitan unas inhóspitas islas que juntas "entran en la provincia de Buenos Aires". Pero sin humus, con poco verde y volcanes de humor frecuente y pestilente. Esto es, el país menos argentino del mundo. El más olvidado por la mano de Dios. Dos bombas atómicas, terremoto diario, maremoto mensual, escasez natural de todo tipo.
Pero aun así sonríen sin cesar. Y abrazan árboles. En este caso un cedro gigante del arboretum primitivo de Natchi, en la provincia de Wakayama. Allí sus bosques fueron designados Patrimonio de la Humanidad pues albergan tradiciones de cultos a la naturaleza que se mantienen vivos desde hace 1200 años (sic). También saben cuidarse entre sí. Pensarán en el barbijo que evite el contagio al prójimo antes que en el resfrío que padecen. Suspenderán los vuelos nocturnos en el aeropuerto mundial de Narita para que el ruido de los jets no perturbe a los durmientes cercanos. Alzarán un muro de cemento y goma de 80 kilómetros de largo y 7 metros de alto en una ruta para mitigar la molestia del tránsito a los pueblos próximos. Harán que los niños lleven paraguas amarillos cada vez que crucen una calle, codificando así un peligro más y reduciendo su posibilidad. Llegarán incluso a señalizar en braille una franja peatonal para dar a los ciegos mayor seguridad. Y, siendo así, no debe sorprendernos ver la fotografía de un hombre abrazando el tronco gigante de un árbol, de seguro hablando con él, o rezando. Son humildes y eso los ayuda a ser grandes. No hay milagro en su progreso. Su misterio se reduce a un solo hecho: a que Japón gasta muy poco en armas y, en cambio, dedica un 22 por ciento de su presupuesto a la educación. Habrá que abrazar el ombú.






