Hermanas que sacan sus trapitos al sol, en la dramaturgia eximia de Griselda Gambaro

Alberto Catena
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2 de abril de 2016  

Casi un feliz encuentro / Libro: griselda gambaro / Dirección: alejandro vizzotti / Intérpretes: claudia mac auliffe y sonia novell / Escenografía: ariel vaccaro / Vestuario: merlina molina castaño / Luces: mariano dobrysz / Sala: elkafka, lambaré 866 / Funciones: domingos, a las 18 / Duración: 50 minutos / Nuestra opinión: Buena.

Buenas actrices
Buenas actrices Crédito: GZA. Marco Riccobene

En la vasta y enjundiosa obra teatral de Griselda Gambaro, Casi un feliz encuentro es uno de los últimos textos que escribió para la escena y cierra el cuarto tomo de sus obras reunidas publicadas por Ediciones de la Flor. Tiene como fecha de escritura el año 2007 y después de él sólo fueron dados a conocer, pero sin alcanzar a entrar en dicha colección, dos títulos más: Querido Ibsen: soy Nora y El don, ambos ya estrenados, igual que este que ahora comentamos. Por su extensión podría ubicársela entre sus piezas breves, sin que eso desmerezca un ápice su calidad.

La autora enfrenta en un encuentro a dos hermanas con distintas experiencias de vida, modos disímiles de mirar el mundo y reproches que se han acumulado entre ellas a lo largo del tiempo y no parecen fáciles de silenciar. Tona, la más chica y dueña del departamento en el que se reúnen, se encargó de cuidar a sus padres hasta la muerte, y Laura, la mayor (que ha pasado los 50), se ausentó durante muchos años de la Argentina radicándose en París, tal vez como producto de un exilio o alguna otra razón que no se explica. Son mujeres que se quieren, pero no pueden llegar a un acuerdo o evitar repelerse. Sobre todo, la menor, que ha tenido una existencia desdichada y, en parte, se la adjudica a su hermana por haberla dejado sola con sus padres.

En esa única escena, Gambaro trabaja con rigor de orfebre y suma inteligencia los matices del diálogo que se da entre las protagonistas, permitiendo que en cada una de las observaciones que hacen las hermanas o de las recriminaciones que se prodigan se descubra la verdad de sus conflictos. Incluso, Gambaro deja flotando en el aire la posibilidad de que esa hermana que vuelve a Buenos Aires -y a la que la otra le echa en cara que ha regresado a cobrar la herencia- es posible que lo haya hecho para morir aquí. La despedida entre ambas deja a cargo del espectador decidir lo que ocurrirá, sin apelar a ningún golpe bajo, pero tampoco sin dulcificar nada.

Esa lucidez permite acercarse al espectador a infinidad de situaciones de la vida cotidiana y de las relaciones entre seres queridos que todos, de alguna manera, alguna vez hemos afrontado, pero envueltas en un lenguaje que no renuncia nunca a la exactitud de medios y a lo teatral. La escenografía sigue con bastante fidelidad las indicaciones del libro: un ambiente en el cual hay una alfombra roja en la que se posa una mesa baja con un florero, y una carpeta blanca y dos sillas a los costados. Más atrás, un mueble en el que reposan una tetera y otros objetos.

Todo dentro de una gran sobriedad, como si el director hubiera querido resaltar la necesidad de cierto despojamiento para privilegiar la importancia del diálogo. La iluminación colabora en ese objetivo con idoneidad. El trabajo de las dos actrices es muy satisfactorio, en especial el de Sonia Novello. Claudia Mac Auliffe concreta también un buen trabajo, aunque a veces se exceda en el subrayado de ciertos rasgos de su criatura.

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