
Herzog, el duque del cine de hoy
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"Juro que hasta hoy no conozco el color de mis ojos", dijo el cineasta alemán Werner Herzog en diálogo con La Nación . Lo dice sin aspavientos, con el mismo aplomo con que cualquiera podría contar que nunca ha estado frente a un esquimal o que no ha presenciado la erupción de un volcán.
El hombre que a los 55 años confiesa no haberse atrevido jamás a mirar sus propios ojos en un espejo es el mismo que alguna vez declaró: "Descubro en el horizonte algo que los demás no ven. Busco planetas que no existen y paisajes que he visto solamente en sueños. Filmo mis películas en trance, casi inconsciente". El mismo que al ser entrevistado por su compatriota Wim Wenders, en "Tokyo-Ga", aseguró que "si fuera necesario, me iría a Marte para encontrar imágenes puras, ya que en la Tierra no es fácil encontrarlas".
El director de "Fitzcarraldo", "Aguirre, la ira de Dios" y "Grito de piedra", entre muchas otras películas, desató su cacería de imágenes a los 14 años. Desde entonces, no dejó de plantearse el desafío de hacer posible lo imposible: transportar a mano un barco a través de las montañas para filmar "Fitzcarraldo"; hipnotizar a los actores para rodar "Corazón de vidrio"; resistir inundaciones y tormentas de arena en el desierto del Sahara y pasar largo tiempo detenido junto a su equipo en cárceles plagadas de ratas cuando las autoridades los culparon de mercenarios mientras rodaban "Fata Morgana".
Nuevo bautismo
Claro que, antes de emprender ese trayecto rectilíneo hacia la utopía, sintió la necesidad de darse a sí mismo un nombre nuevo. Había nacido como Werner Stipetic. Se rebautizó a sí mismo como Herzog, una antigua palabra alemana que significa "duque". Autodidacto, propietario de una voluntad que si no mueve montaña al menos las escala, talentoso como pocos y caminante empedernido, Herzog pasó por Buenos Aires para presentar la retrospectiva de su obra que el Instituto Goethe y la Fundación Cinemateca Argentina organizaron en la sala Lugones del Teatro San Martín y que se desarrolla hasta el 30 del actual.
Herzog: "En mi vida, el riesgo va progresando"
De paso por Buenos Aires, el genial realizador habló con La Nación sobre su fascinante mundo y su cine tan imaginativo.
_¿Al elegir su propio nombre creyó estar trazándose su propio destino?
_No recuerdo muy bien, pero para mí cambiar mi nombre era algo muy fácil y muy natural. Un nombre adoptado es una suerte de barrera detrás de la cual esconderse y sentirse seguro. Es extraño... No quiero pensar mucho en eso, porque no me gusta la introspección. Por la mañana me afeito. Lo hago frente al espejo, pero no quiero ver mis ojos. Me afeito sin mirar, y a pesar de eso no me corto. Hasta hoy -y esto lo juro- no conozco el color de mis ojos.
_Sin embargo, es cineasta y por lo tanto quiere mirar el mundo y los ojos ajenos todo lo posible.
_Sí, pero hacer introspección, no. No tolero la introspección.
_A los 14 años decidió que quería hacer cine. ¿Cuál era el sueño que lo movía entonces?
_No puedo explicarlo. Al mismo tiempo me convertí en católico y empecé a viajar a pie. No séÉ no puedo explicarlo.
_Usted dijo que la decisión de convertirse al catolicismo le resultó una experiencia dura.
_Sí, fue duro, porque en mi familia todos eran ateos militantes. Adoptar la fe implicaba romper la estructura de la familia. Y, de hecho, cuando yo me convertí al catolicismo mi familia se rompió. Mi padre se volvió loco.
_Cuando dice "loco", ¿lo dice en serio?
_Absolutamente, mi padre se volvió loco.
_¿Es católico actualmente?
_No, he dejado la Iglesia. Pero según la doctrina católica, el bautismo es una marca indeleble en el alma. Según el dogma de la Iglesia Católica, yo voy a quedar católico para siempre aunque mi opinión sea otra. Pero eso no importa. De todos modos esa decisión fue algo muy importante en mi adolescencia, en mi vida. Simultáneamente con mi conversión a la fe católica, empecé a hacer cine. Y no fue fácil, porque cuando iba a buscar productores, ellos sentían que el que había entrado en la oficina era apenas un niño.
_El film que aquí se conoce como "El enigma de Kaspar Hauser" se llama en realidad "Cada uno para sí y Dios contra todos".
_Sí, es casi un artículo de fe. El título lo robé de una película brasileña, "Macunaima" , de Joaquim Pedro de Andrade. Cuando había terminado el guión de "Kaspar Hauser" no sabía qué título escoger. Tiempo después fui al cine a ver la película de Andrade, y en una línea de diálogo de ese film alguien dice: "Cada uno para sí y Dios contra todos". Para mí fue como un golpe de júbilo. Ese es mi título, me dije inmediatamente. En realidad, lo que hice no fue simplemente robar el título, porque es adecuado para la película y porque esa frase es muy cercana a mi corazón.
_En el film, los niños son los únicos capaces de relacionarse con Kaspar sin tenerle miedo al diferente.
_Sí, eso es la vida. Es extraño y triste, pero a medida que crecemos se van perdiendo algunas calidades que tenemos mientras somos niños.
_¿No cree que usted debe haber conservado algunas de esas calidades para hacer el cine que hace?
_Yo a veces pienso con ciertas formas de fantasía de los niños. Además, mi determinación de los 14 años permanece intacta hasta hoy.
_"No tengo alternativa. Viviré mi vida o la terminaré en este proyecto", declaró usted en medio de las dificultades para filmar "Fitzcarraldo". ¿Qué tenía de especial esa película para que estuviera dispuesto a dejar de vivir si no podía concretarla?
_Cuando un avión empieza a acelerar para levantar vuelo, llega a un punto de no retorno. Si el piloto comete un error y frena, dada la velocidad que llevaba, el avión estalla, se sale de la pista y se autodestruye. A veces siento que me pasa eso en la vida. "Fitzcarraldo" era justamente uno de esos puntos de no retorno.
_¿Tiene muchos otros proyectos por los cuales diría que de no poder concretarlos, preferiría terminar su vida?
_No quiero hablar mucho de eso. Pero créame que mi determinación es fuerte y que no soy cobarde. Porque no tengo el apoyo de una industria detrás de mí. Soy autodidacto. Soy mi propio productor. Y en mi vida el riesgo va progresando. Cada vez corro más riesgo de no poder continuar con mi trabajo.
_¿Aún hoy, siendo quien es en la cinematografía internacional, siente que puede no conseguir dinero para la próxima película?
_Sí, porque ésa es la naturaleza del cine. Toda la gente está luchando y a veces la producción de una película resulta un desastre y allí termina todo. Pero en mi caso no es aceptable que se acabe la producción a pesar de que cada vez el riesgo sea grande.
_En "Fata Morgana" hizo la experiencia de filmar en el desierto del Sahara. ¿Qué le dejó el paso por el desierto?
_No es fácil explicar eso. Algo extraño me ocurre desde entonces: cuando conozco gente, inmediatamente me doy cuenta si se trata de alguien que ha estado en el desierto. Los que estuvimos en el desierto nos reconocemos unos a otros, del mismo modo en que las mujeres que son madres pueden darse cuenta con sólo ver a otra mujer si esa mujer ha parido un hijo o no. Basta que una mujer que ha dado a luz se cruce con otra por la calle para que se dé cuenta si esa otra mujer también ha sido madre. No sé qué es lo que nos diferencia, pero aun estando a una distancia de cien metros puedo reconocer a alguien que haya estado o vivido en el desierto. Y no se trata de una cuestión de paisaje, sino de una sensación interior de soledad, espacio y silencio. Eso es el desierto.
_¿Se vive con alegría ese reconocimiento mutuo entre los que estuvieron en el desierto?
_Sí, es muy bueno, porque en ese instante uno no se siente solito en el mundo.
_Al hablar sobre la diferencia entre sus films y los clásicos documentales, usted declaró: "Con gusto iría al mismísimo fondo de la mentira con el objetivo de exponer una más intensa forma de verdad". ¿Qué verdad quiere exponer?
_Esa frase que dije es un poco una provocación, porque, hablando estrictamente, en mis películas no hay mentiras. Hay imaginación, fantasías, y sólo se puede decir que estas cosas son mentiras si uno aplica un sentido muy burocrático. El cine-verdad sólo toca la superficie de la verdad, la verdad entre comillas. Nadie sabe qué es la verdad. Y yo tengo una sospecha de que existe algo semejante a la verdad en la poesía, o en la música. A veces, sólo a veces, también existe en las películas. Algunas veces, el instrumento para excavar la profundidad de una verdad no es la verdad misma; es algo diferente.
_¿Podría decirse que cuando un film a uno lo conmueve profundamente, más allá de lo intelectual, esa película alcanzó la verdad?
_Eso se puede decir, pero con ciertas precauciones, porque, por ejemplo, la princesa de Gales ha tocado los corazones de la gente en su entierro. Pero seguramente esa multitud sintió pena y lloró por una persona ficticia. Muy probablemente, la princesa de Gales era una ficción en los corazones de la gente del mundo entero. No tengo nada en contra de eso, pero creo que cuando la gente lloraba por la princesa, en realidad estaba llorando sobre la propia ficción que ellos se habían armado en torno de ella. La gente lloraba por sus propias tristezas, por tristezas genuinas, volcadas en una ficción perfecta. Es maravilloso que ella haya existido en nuestros corazones y que en cada corazón individual haya creado una ficción diferente por la cual llorar.
_En "Grito de piedra" un personaje le pregunta al alpinista qué hará si el tiempo no mejora y no puede seguir su camino ascendente. "Esperaré y seguiré esperando", responde él tan tranquilamente. ¿Tiene usted esa capacidad de espera en la vida?
_Sí, absolutamente. Esa es la sabiduría de la serpiente que espera escondida y que no sale cuando las circunstancias son muy malas. La sabiduría de la serpiente consiste en esperar, esperar, esperar y, de pronto, inesperadamente, salir. Para ser cineasta hay que tener la inteligencia y la sabiduría de la serpiente. Hay que tener la energía criminal de un ladrón. Lo primero que tendrían que aprender los estudiantes de cine es cómo robar una caja de seguridad, cómo falsificar un documento, cómo boxear, cómo tener fuerza física y valentía. Las primeras cosas que deben aprender son actividades criminales, porque para trabajar como cineastas tendrán que ser más inteligentes que todos los obstáculos que les va a presentar la realidad. Para hacer cine, hay que aprender a sobrevivir en aguas infectas.
_¿Por qué sostiene que la soledad de la gente crece a pasos agigantados?
_A causa del explosivo desarrollo de los medios de comunicación. Suena paradójico, pero eso nos hace más solitarios. La naturaleza de todos estos instrumentos transforma los encuentros humanos en soledad. Esto se observa claramente en los niños: después de haber visto diez horas de televisión, ya no pueden comunicarse bien. Pierden su fantasía y el don de la palabra. En los Estados Unidos se ve cómo los niños que miran demasiada televisión ya no saben jugar. A veces, la TV tiene un efecto devastador. Y algo parecido sucede con todos los medios.
_¿Los adultos también sufren ese efecto?
_Seguro. Leí unos poemas chinos de los siglos VIII y IX y recuerdo uno que hablaba de un hombre que partía en bote por el río Amarillo. Uno de sus amigos dice que quizá no vuelvan a verlo, otros piensan que quizás al cabo de diez años se produzca el reencuentroÉ Ahí está claro que el hecho de que alguien se alejara tenía un peso y que la alegría del reencuentro, quizá diez años más tarde, tenía una profundidad. Ese es un nivel de profundidad propio de la naturaleza humana. Pero ahora, con el teléfono celular, es fácil llamar a casa y decirle a su esposo o a sus hijos: "Estoy en el aeropuerto. Dentro de cinco horas llegaré a casa". De ese modo, el encuentro tiene una calidad diferente, porque uno ha estado en contacto permanente. El encuentro ya no tiene profundidad. Las cosas importantes no se hacen por medio de un teléfono celular. No existe ninguna historia de amor a través de Internet.
_Sin embargo, dicen que en el futuro hasta se va a hacer el amor por computadora.
_Eso nunca va a suceder. Sólo se puede hacer el amor tocando físicamente a una mujer. Siempre fue así y estoy seguro de que va a seguir siendo de ese modo.
Aquel increíble día en el que un zapato llegó a formar parte del menú
_El director Jean-Jacques Annaud contó que cuando él no lograba convencer a los productores para filmar "La guerra del fuego", usted los fue a ver, con un cuchillo en la mano, y les dijo: "Si no le dan el dinero a este hombre, me mato aquí y les mancho la alfombra". ¿Por qué hizo eso?
_Había olvidado ese episodio, pero ahora que usted habla de eso, recuerdo el día y el lugar con toda precisión. Estábamos en una oficina y allí todos sabían que yo no me iba a matar y que por lo tanto no iba a ensuciarles la alfombra. Pero fue un modo de amenazarlos. Fue un modo de decirles: "Basta, tomen a este hombre en serio. No lo hagan dar más vueltas".
Creo que es bueno que las personas se ayuden unas a otras para concretar sus proyectos. No es bueno estar siempre solo y con el foco de atención puesto exclusivamente en lo que uno está haciendo.
En otra oportunidad, tuve que comerme mi propio zapato para darle a Errol Morris el coraje que necesitaba para hacer su primera película. El era un prodigio tocando el chelo, pero abandonó. Luego se dedicó a la ciencia, pero también abandonó. Más tarde, se hizo escritor y escribió cientos y cientos de páginas sobre asesinatos de masas, e increíblemente nunca las publicó. Luego dijo que iba a hacer una película. "Esta vez tienes que hacerlo en serio -le dije-. Empezá con un rollo mañana mismo y no te preocupes por el hecho de si tendrás o no dinero para seguir. Si comienzas mañana, finalizarás la película y ésa será la primera cosa que logres llevar hasta el final. Para asegurarme de que termines la película, te hago un desafío: si lo logras, yo me como mi propio zapato." Y tuve que comérmelo.
_El documentalista Les Blank hizo un corto -incluido en la retrospectiva que se está realizando en Buenos Aires- mostrando cómo usted se comía el zapato.
_Sí, yo creía que era una filmación para el álbum familiar, pero luego él decidió exhibirlo públicamente. Eso me hizo sentir un poco incómodo. No es agradable que un hecho tan privado como comerse un zapato termine siendo público.
_Debe de haber sido difícil comer el zapato.
_Bueno, previamente lo hice cocinar en un excelente restaurante francés. Allí el plato principal era el pato, y por lo tanto tenían muchas sobras de grasa de pato. Yo lo hice cocinar con esa grasa, porque pensé que siendo aceitosa, al hervir iba a alcanzar una temperatura más alta que el agua sin grasa. Efectivamente era así, pero el problema es que con tan alta temperatura el cuero se encoge y se vuelve aún más duro. Al cabo de tres horas de cocción el zapato estaba tan duro que era imposible morderlo. Tuve que cortarlo en pequeños pedacitos con una tijera de cortar pollo. Luego fui tragando esos pedacitos de zapato con litros y litros de cerveza. Obviamente, terminé borracho. De todos modos, hay que aclarar que no comí las suelas. Las habíamos separado antes de hervir el zapato.
La energía puesta en acción
El 23 de noviembre de 1974, esa mole de voluntad llamada Werner Herzog metió toda su energía en un par de botas, y le hizo saber a la muerte que debe perder la abominable costumbre de tomar la vida por asalto.
Lo habían llamado por teléfono para decirle que su amiga Lotte Eisner, la gran historiadora del cine alemán, estaba a punto de morir, en París. Era más de lo que él estaba dispuesto a tolerar y salió a parar a la muerte recorriendo a pie la distancia que separa a Munich de la capital francesa, en pleno invierno europeo.
Llegó a París el 14 de diciembre y comprobó que su largo andar no había sido en vano. La muerte se había visto obligada a emprender una humillante retirada.
_¿Cómo tomó la decisión de emprender ese viaje a pie para que Lotte Eisner no muriera?
_La decisión fue inmediata; apenas escuché que se estaba muriendo, colgué el tubo del teléfono y me dije: "Voy para allá. No voy a permitir que esto suceda". A los 16 segundos ya estaba caminando. En esos casos no hay decisión.
_¿En ningún momento de ese largo trayecto a pie temió que ella muriera?
_Yo no se lo iba a permitir. No se lo iba a permitir. Ella no tenía la opción de morirse. Yo no le iba a dar la posibilidad de morir.
_¿Cree que los seres humanos dejamos que muera la gente que amamos por no tener la voluntad que tiene usted para decir: "No se lo voy a permitir"?
_No puedo juzgar sobre eso. No tengo idea. Debo decir que no soy supersticioso. Mi idea no era que si caminaba, a modo de superstición, ella no iba a morir. Era otra cosa. Yo no le iba a permitir que muriera. Murió casi diez años después.
Me acuerdo de que nueve años después de aquel viaje a pie, ella me invitó a su casa, me preparó té y unas galletitas y me dijo: "Werner, tienes que liberarme de esta faja que no me autoriza a morir. Estoy cansada de la vida. Este es el tiempo". Le respondí: "Está bien, porque ahora, nueve años más tarde, estamos más asentados. No sólo yo, sino muchos de los jóvenes cineastas que te necesitábamos desesperadamente, que necesitábamos tu guía y que tú nos dieras una cierta legitimidad que era importante en la cultura alemana posterior a la guerra. Por supuesto, ahora tienes permiso para morir".
Y yo pensé que todo estaba bien así, porque ella había completado una larga y buena vida a pesar de haber sido una vida difícil. Ese era un buen momento para que ella muriera. Era cierto que estaba completamente cansada de la vida. Ya no podía ver bien, casi no podía caminar, estaba exhausta. Estaba cansada de la vida en el mejor sentido bíblico del término. Lo bueno es que ella pudo hablar de su propia muerte y de su cansancio de la vida. Lo terrible es cuando la muerte llega inesperadamente o en circunstancias humillantes. La muerte siempre tiene algo horrible, penoso y humillante, pero en el caso de Lotte estuvo llena de dignidad.
_¿Siente usted que con su caminata le salvó la vida?
_No, jamás me atrevería a decir eso. Yo sólo me rebelé contra la muerte inminente. Eso fue todo. Hice un intento desesperado para evitar que ella desapareciera demasiado temprano. Lo que sí es cierto es que yo estaba convencido de que mi acción iba a tener un efecto.
_La historia es muy conmovedora...
_Sí, pero entre nosotros sucedía casi como un chiste. Con ella las cosas eran muy informales. Un día, cuando yo llevaba diez años peleando en el cine y nadie quería ver mis películas _nadie quería ver "Aguirre, la ira de Dios", ni tampoco nadie quería ver mis primeras diez películas_, yo estaba realmente muy mal. Si uno es un pintor, aunque nadie quiera ver su obra puede seguir adelante.
Pero hacer cine es tan caro y tan cansador que si nadie quiere ver las películas, una tras otra, es muy duro. Fui a ver a Lotte. Como siempre, ella preparó té y galletitas. Le dije: "Lotte, no puedo más. De algún modo, esto es el final de mis fuerzas. No puedo seguir más".
Ella mordió un pedacito de galleta, tomó un sorbo de té y me dijo: "Werner, la historia del cine no te da permiso para retirarte". Sirvió más té, y cambió de tema. Fue una sola frase. Y eso me bastó para seguir adelante.





