
Historias de miedo en el Congreso de la Nación
Fantasmagoría o no, en Rivadavia 1864 pasan cosas misteriosas
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Que los hay, los hay, es una frase recurrente en el Congreso de la Nación. Y no precisamente cuando se habla de proyectos, de legisladores, ni de desacuerdos. Sino que se usa cuando se habla de... fantasmas: específicamente probables ánimas de los obreros que murieron durante la construcción del edificio, o bien espíritus de las personas veladas en el Congreso que dejan rastros por pasillos, recintos, subsuelo y hasta en la cúpula. Pero, por más miedo a las bromas que a los fantasmas, las historias todavía se cuentan en voz baja.
El misterio se remonta incluso a antes de su inauguración, en 1906: los inicios de esta colosal obra arquitectónica datan de 1895, cuando concursaron 28 arquitectos, ganó el italiano Víctor Meano y empezó a construirse el Palacio de Oro, llamado así en principio por el alto monto que insumió la infraestructura.
Desde entonces, las experiencias escalofriantes siguen hasta hoy. Aníbal Guevara, ex custodio del piso 13° del Anexo, se anima a contar una de las suyas: un domingo, a la madrugada, cuando no había nadie más que él, oyó fuertes ruidos de cadenas que provenían de los pasillos. "Fui a ver qué pasaba y vi que los ceniceros que están cerca de los ascensores estaban todos caídos."
A Víctor Rodríguez, de Intendencia del Senado, la anécdota no lo asombra: "Todos los días soy el primero en llegar, muy temprano, y aquí no hay nadie. Sin embargo, estoy en la oficina y de repente empiezo a oír sonidos fuertes a mi alrededor. Pero ya me acostumbré".
Para alimentar el misterio, nada como el hecho ocurrido en la década del 30, cuando el diputado santafecino Lisandro de la Torre denunció el negociado de las carnes argentinas con Gran Bretaña y, entonces, un asesino a sueldo, Valdez Cora, quiso atentar contra su vida, pero terminó matando a otro senador. "Este hecho acrecentó el movimiento de las almas que pululan en todo el Congreso", analiza Sergio Villagrán, personal de limpieza del hall central. "Además, aquí se vela a ex diputados o ex empleados y creo que sus almas no se terminan de despedir."
¡Salgan, aquí estoy!
"De noche, yo oigo personas que hablan y se ríen en el recinto. Cualquiera que lleve trabajando mucho tiempo en el Congreso puede dar fe de esto, pero nadie quiere hablar por miedo a que se rían", explica un empleado de seguridad del turno noche que prefiere permanecer en el anonimato.
Los diputados y senadores, en cambio, quieren eludir directamente el tema. "Sobre eso no voy a responder", dijo el más veterano de los legisladores y huyó raudo.
De todas maneras, los testimonios abundan: David Vera da su nombre y palidece cuando recuerda cierta noche de viernes, durante el invierno de 1994. "Bajé del ascensor al 5º piso del anexo de Diputados, estaba todo en penumbras y, en el comedor, me encontré con una anciana vestida de blanco con un bastón. ¿Me puede decir adónde está la salida?, me preguntó. Recuerdo sus facciones alargadas y amarillentas, yo sentía una sensación muy extraña, inexplicable. Le indiqué la escalera y ella se dirigió hacia la salida. Mi intención era acompañarla, me dirigí hacia ella, pero ya no estaba más", suspira Vera, encogiendo los hombros.
Por su parte, Juan Carlos Santillán también oye ruidos raros, constantes y prolongados. Incluso golpes que provienen de la nada, pero ahora los desafía: "¡Salgan, aquí estoy!" Igual, nunca sale nadie.
Y a Julio Arroyo, del servicio de Maestranza, un sábado alguien invisible le tocó la espalda, mientras estaba limpiando el despacho de un legislador. "Del miedo salí corriendo hasta el pasillo del piso 3° del Palacio del Senado. Pero todos mis compañeros se rieron, y de ahí en más ahora me llaman Mandinga", cuenta, también entre risas.
Más serio, Francisco Figueroa relata su historia: "Es conocida la anécdota del ex diputado nacional por La Rioja Carlos Romero, que asistía a las sesiones con una ratita de juguete que hacía saltar de pupitre en pupitre. Una vez, Romero se la olvidó en la sala de reuniones de la Cámara. La sesión finalizó alrededor de las 3 de la mañana y fui a ordenar el lugar. Fue entonces cuando sucedió algo increíble: la ratita saltó, sola. Salí corriendo enseguida y tiré mi bandeja llena de tazas".
Qué miedo.




