
Horacio Avilano, "explícito"
A los 48 años, el guitarrista grabó su primer CD de tango con su grupo
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Cuando el CD comienza a girar se escucha "Sobre el pucho" con acentuación puglieseana y el sonido medio apagado de una guitarra (apagado a propósito y con mugre tanguera). Más tarde se escucha una voz. El disco se llama "Tango explícito" y es el primero que graba Horacio Avilano como solista.
A los 48 años, con mucho oficio y sin dejar otra actividad que nada tiene que ver con la música -también trabaja para una empresa de servicios-, se animó a grabar su proyecto personal, que está presentando durante este mes en el Café Homero.
Podría decirse que Avilano es un muy buen compañero de cantantes e instrumentistas que comenzó a hacer ruido a los 5 o 6 años con una guitarra que había en la casa de sus abuelos. A los 12 se puso a estudiar. A los 16, con su tío (guitarrista de Julio Sosa), comenzó a "hacer el aprendizaje de tocar en los clubes" y con algunas figuras importantes. El trabajo profesional, junto a su hermano, arrancó en los años setenta.
Bartolomé Palermo lo incluyó en su trío y con ese grupo tuvo la oportunidad de acompañar a Edmundo Rivero para un programa de televisión. "Ese era el sueño del pibe", dice con una verbosidad que casi no ofrece pausas.
"Me parece como una leyenda. Me acuerdo de que cuando tenía 12 años mi viejo me regaló el disco «Rivero en la intimidad». Siempre quise tocar con él, pero por una cuestión de edad me parecía imposible. Es por eso que ahora artísticamente me podría sentir hecho. Rivero cantó «Jacinto Chiclana» para mí, en un micro, mientras íbamos a grabar. A veces uno quisiera volver el tiempo atrás", piensa, y hace la primera pausa del relato.
Pero el tiempo va hacia adelante. Desde que agarró la guitarra acompañó a músicos aficionados que podría contar por decenas y a profesionales como Roberto Goyeneche, Adriana Varela y a su querido y admirado amigo Luis Salinas. "Siempre hice varios grupos, toqué con Juanjo Domínguez y con Luis Salinas, dos monstruos como ésos. Salinas fue el que me alentó a hacer esto."
Hoy es la voz de Avilano la que se escucha en "Jacinto Chiclana", porque después de tantos años se puso al frente de su grupo (ahí participan su hermano Carlos en guitarrón y Mariano Olivera en guitarra). Hasta canta sus tangos preferidos, aunque carece de cualidades de cantante. "Un amigo me dice que canto como músico... como si los cantantes no fueran músicos, ¿no? Canto porque me parece que es algo que me complementa."
De su oficio de guitarrista cuenta que hay que dejar de lado el ego para no afectar al grupo. Que jugar al fútbol enseña a levantar la cabeza para escuchar al resto cuando se hace música. Que hay que lograr que sean importantes las tres notas de un La menor (junto con el Mi menor, los acordes más sencillos para tocar en una guitarra).
Dice que aprendió a sobrevivir debajo del agua si acompañar a alguien es como vivir debajo del agua. Pero ahora tiene una responsabilidad distinta. Ahora puede decir las cosas a su manera. "La música es como la ropa, hay que buscar la pilcha que mejor te quede. Toqué folklore y experimenté como algo personal en el jazz, pero a mí me queda el tango."
Una historia en cada tango
En su repertorio tanguero cada tema que grabó puede ir acompañado de una historia personal. De eso habla durante los recitales y en la charla con LA NACION: "Me gusta contar historias que tienen que ver con lo que digo. «Malevaje», por una anécdota que me contó [Roberto] Pansera. «Jacinto Chiclana» porque me la cantó Rivero. «Sobre el pucho» porque es un homenaje a Pugliese. «A Don Agustín Bardi» porque mi viejo siempre ponía un disco de Salgán, del 50. «La casita de mis viejos» porque con el tiempo uno empieza a separarse o a perder a los seres queridos o a soñar con la casa de la niñez. A algún lado hay que volver".
-Eso es nostalgia tanguera, Avilano.
-Sí, nostalgia tanguera. Pero no me hago el melanco. Soy melanco.
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