
Humor y bailes en una obra de piratas
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"En busca de los tesoros robados" , comedia para niños de Luis Tenewicki; con Valeria Massa, Natalia Masseroni, Carlos Canosa, Luis Tenewicki y Lucas Pujol. Escenografía y vestuario de Luis Tenewicki, Carola Hermida, Alejandra Poggi. Coreografía de hip-hop de Claudio Gazul. Coreografía de tango de Luis María Gargantini y Beatriz de Alcántara Lima. Puesta en escena y dirección de Luis Tenewicki. Los sábados, a las 16.30, en el Auditorio del British Arts Center, Suipacha 1333. Bono contribución: 5 pesos.
Nuestra opinión: bueno
Esta obra de aventuras es una parodia, con momentos de agradable humor y algunos números musicales, con un argumento simple, bastante trivial, que abunda al parecer intencionalmente en lugares comunes, mientras se mueve en una sola línea de acción. Se han mezclado elementos de cuentos de maravilla, como la presencia del genio de la lámpara, el rey tonto, la madrastra (en este caso, una aspirante a tal, en el papel de preceptora), la princesa (en este caso, rebelde), con una historia de piratas y tesoros, mapas robados e islas misteriosas, en la cual los buenos y los malos están bien definidos.
La princesa está aburrida de sus lecciones, pero al frotar una lámpara por casualidad se encuentra con el duende que es un personaje bonachón, muy riguroso cuando se trata de la forma de enunciar los deseos, pero que se compromete a ayudarla. Así consigue ella trasladarse al puerto, pensando despedir a su padre. Pero se ve enredada en un conflicto entre ciertos piratas y un capitán a quien le han robado el barco.
En este escenario, el muelle, se desarrollará luego gran parte de la historia.
En la mayoría de los momentos, el humor se hace presente a través de recursos distintos tales como la comicidad verbal, la gestualidad o ciertos contrastes entre elementos contemporáneos (lenguaje adolescente, música rock, coreografía hip-hop) y el ambiente de cuento de hadas o historia de aventuras que se cuentan en escena. Los juegos, ingenuos pero divertidos, de ritmo cambiante, le dan bastante agilidad a la acción. Esta se ve demorada, sin embargo, a veces con algunos monólogos o explicaciones que en el caso del genio de la lámpara parecen buscar una comicidad que no se logra.
Lo que sí consiguen los intérpretes es una interesante relación con la platea: en algunos momentos los protagonistas hacen reflexiones sobre su situación, como hablando para sí, sin buscar o forzar la intervención de los chicos, que en general los escuchan en silencio; pero al mismo tiempo les transmiten que saben que están allí, incorporándolos como confidentes. Eso sí, algunos de estos momentos corren el riesgo de ser extensos y perder la concentración de los más chicos.
Elementos originales
Una historia que podría haberse desarrollado como conflicto secundario es el romance entre la princesa y el capitán; sin embargo, el encuentro entre estos dos personajes no aparece explotado como parte de lo que se cuenta en escena, sino que es sugerido a través de un breve cuadro en el que ambos bailan un tango. Esto constituye de todos modos un original componente de la obra, pues recurre a un lenguaje distinto, no verbalizado para desarrollar un tema del argumento, y además incorpora un género musical que resulta algo inesperado en el contexto de una aventura de piratas, pero que resulta agradable y expresivo.
Con respecto a los combates de esgrima, si bien constituyen un ingrediente ameno, de gran movimiento visual, se repiten tal vez algo excesivamente a lo largo del espectáculo. Por otro lado, el aporte interesante es que las chicas también pelean con espadas: la princesa porque ha estado recibiendo lecciones y junta coraje para defender a su capitán, y la institutriz, porque en realidad es una ambiciosa y malvada "bucanera".
Lo que no logra integrarse a la estética de la obra es la presencia del genio de la lámpara cuya intervención parece estar solamente para justificar el cambio de escenario (del palacio al puerto) y el encuentro de los dos protagonistas, cosa que, por otra parte, no requería de una presencia maravillosa para tener lugar.
Las apariciones de este personaje, aunque mantienen el tono humorístico presente en la obra, detienen el ritmo y se vuelven algo redundantes.
De todos modos, como el duende resulta tan torpe, si bien su magia ayuda un poco, en realidad, los protagonistas deben solucionar sus problemas por sí mismos y así lo hacen, en un juego de confusiones y disparates que parece divertirlos también a ellos.
Todo esto contribuye a que el espectáculo ofrezca para los chicos, especialmente para los mayores de cinco, un rato entretenido y agradable.





