Imamura, entre la violencia y el lirismo
"La anguila" ("The Eel", Japón/1997, color). Producción hablada en japonés presentada por Ledafilms y Cinemanía. Basada en la novela "Brillando en la oscuridad", de Akira Yoshimura. Guión: Motofumi Tomikawa, Daisuke Tengan y Shohei Imamura. Intérpretes: Koji Yakusho, Misa Shimizu, Fujio Tsuneta, Mitsuko Baisho, Akira Emoto. Fotografía: Shigeru Komatsubara. Música: Shinichiro Ikebe. Dirección: Shohei Imamura. Duración: 117 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
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"La anguila" zigzaguea entre el lirismo y la violencia descarnada y deja en el ánimo la marca de sus imágenes potentes. Shohei Imamura observa la realidad con los ojos del que regresa a ella titubeando frente a los riesgos y la ve desnuda en su impudicia, en su fiereza y su perversidad, pero también es capaz de vislumbrar su tenue promesa de abrigo.
Con la sombra del pasado pesando en su conciencia, el protagonista siente que el mundo se ha convertido en un paisaje árido y temible, pero sigue palpitando en él la pujanza de la vida. Y es necesario aceptarla, porque no hay abandono ni claudicación ni aislamiento posibles.
El breve prólogo es desgarrador en su contundencia. Un hombre, aguijoneado por la sospecha de la infidelidad de su esposa, interrumpe su jornada de pesca, vuelve a casa antes del horario convenido y sorprende a la mujer gozando voluptuosa en brazos de su amante. Con tenso sigilo, va a la cocina en busca de un cuchillo, entra en la alcoba y tras atacar al hombre, que enseguida huye, clava el arma repetidamente en el cuerpo de la adúltera, que no deja de mirarlo fijamente a los ojos hasta que deja de respirar. Después, sin alterar el ritmo casi ceremonial de sus movimientos, la cubre con una cobija y monta en su bicicleta para confesar el crimen en el destacamento policial.
La violencia visceral que impregna esta breve escena anterior a los títulos permanece como una presencia angustiosa y callada a lo largo del film, lo mismo que perduran en la sensibilidad del protagonista el dolor, la culpa y el imborrable recuerdo del acero hundiéndose en la carne. La imagen ha sido tan potente, tan vívida la tragedia, que no hará falta mencionarla para que se perciba su inquietud.
Cuando el relato se pone en marcha, han pasado ocho años y el hombre sale de la prisión en libertad condicional bajo la tutoría de un monje. Su única compañía -la que "escucha y no habla de más"- es una anguila, curiosa mascota que le han dejado criar en una fuente de la cárcel y que estará siempre cerca, por lo menos hasta que él se decida a aceptar otra vez el compromiso con la vida y el animal pueda nadar hacia la libertad del mar, en un viaje sin regreso, para multiplicarse y morir.
Es un arduo proceso el que lo aproximará a hacer las paces consigo mismo. El quieto paraje donde se instala conviene a su reserva. Apenas cambia palabra con el tutor y su esposa y con sus vecinos: el que le enseña a pescar anguilas, el que instala cebos luminosos para atraer a los extraterrestres, los que se acercan a su modesta peluquería. Un día, el azar lo pone en el camino de una muchacha que también ha cedido ante la acechanza de la locura y el dolor de un amor equivocado, y le salva la vida. Pero el temor y la culpa le hacen cerrar los ojos cuando ella le tiende la mano.
No obstante, es vano su intento de mantenerse alejado de cualquier desorden, como le han recomendado al salir de la cárcel: la realidad no respeta esos límites. Bajo la aparente inmovilidad se agitan sentimientos y pasiones muy humanas, de los celos al remordimiento, de la necesidad de castigo a la voluntad de redención. Y además, están los fantasmas que vuelven como pesadillas.
Un fuerte impacto
Imamura expone vívidamente ese clima destemplado, acompaña sus abruptas alteraciones con la ayuda de un admirable grupo de actores y compone, en los momentos más altos del film, escenas de imborrable impacto expresivo. Algunas, teñidas de patético lirismo, como las que dibujan el delirio de la trastornada bailaora oriental que se cree Carmen; otras, de violencia desatada o encubierta; y otras, en fin, conmovedoras en su callada ternura, como aquellas del puente donde la muchacha espera el paso de los pescadores de anguilas para entregar junto con el atadito de la vianda la ofrenda de su sentimiento más límpido. En estas últimas y en las que cierran el relato -que resumen el refinamiento visual de todo el film-, Imamura insinúa apenas una posibilidad de salvación.
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