
Jelinek, una escritora incómoda
Estrenan una obra con reminiscencias de Ibsen
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A juzgar por sus efectos, podría suponerse que la palabra Jelinek significa escándalo. Pero se trata del apellido de una de las escritoras más inteligentes surgidas en el ámbito de la lengua alemana durante el último medio siglo.
Nacida en Styrie, Austria, en 1946, de una madre de la alta burguesía católica y de un padre judío de origen checo, también culto pero pobre, Elfriede Jelinek abandonó sus estudios musicales y de arte para dedicarse por entero y en todas sus formas a la escritura.
Y lo ha hecho por un camino que la ha ido convirtiendo en una continuadora muy personal de temperamentos literarios tan revulsivos como los de sus compatriotas Karl Kraus y Thomas Bernhard. Como estos dos grandes provocadores solitarios, la escritora la emprende en sus obras contra todo lo establecido y, a causa de ello, ha sido acusada de traidora a su patria, de pornógrafa y de misántropa. Es que, como dice la canción de Georges Brassens que solía cantar Paco Ibáñez, "a la gente no gusta que/ uno tenga su propia fe".
Alejadas del realismo, los abordajes psicologistas y, sobre todo, de las pretendidas buenas costumbres, las novelas, los guiones, los ensayos y las piezas teatrales de Jelinek exponen, con dosis a veces intolerables de horror y de humor, los aspectos más incómodos de la vida en las sociedades de hoy: las desigualdades sociales y económicas que surgen de la explotación de los pobres por los ricos y de las mujeres por los hombres, la discriminación racial y de género, la violencia juvenil como consecuencia de un futuro sin horizontes, la familia como un pequeño infierno donde el poder del padre se impone con perniciosa fatalidad.
Como sus ilustres antecesores mencionados, Jelinek es una moralista: no la motiva el cinismo ni una forma solapada de nihilismo sino la sospecha de que los valores en que se sustentan las sociedades del Primer Mundo esconden una gran cuota de hipocresía, formas inéditas de sometimiento y, en definitiva, una miseria existencial inadmisible.
Culta e intelectualmente sofisticada, Jelinek construye historias extremadamente crueles, escritas con un lenguaje seco, descarnado y directo pero muy complejo, cargado de un sarcasmo demoledor, capaz de desvelar los intereses que mueven a sus personajes. Puede apelar para ello a juegos de palabras -a veces intraducibles, según quienes la han leído en alemán-, a frases hechas, a hipérboles y otras formas de la desmesura.
Reescribir a los clásicos
Desde los títulos mismos, sus libros tienden puentes y hacen alusiones a las más prestigiosas tradiciones literarias y culturales pero, por sobre todo, las reescriben. Por sus novelas y dramas, desfilan Mozart, Heine, Heidegger, Hannah Arendt, Robert Walser, las hermanas Bront‘ e innumerables autores y tópicos de la gran cantera de la cultura centroeuropea; pero aparecen trastrocados, reubicados en una sintaxis intelectual que ilumina los temas y los caracteres tratados con una nueva luz: tanto el pasado al que esas referencias pertenecen como el presente al que fueron trasladados cambian de sentido, pierden su tersura, se vuelven incómodos -y a veces intolerables- porque el futuro no parece garantizar una salida fácil ni, mucho menos, un final feliz.
En "Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido o Los pilares de las sociedades" -la pieza que hoy subirá a escena en el Teatro San Martín, en versión de Gabriela Massuh y con dirección de Rubén Szuchmacher-, Jelinek imagina una virtual continuación del célebre drama de Henrik Ibsen "Casa de muñecas", con interpolaciones de otra obra consagrada del autor noruego: "Los pilares de la sociedad".
Jelinek ubica la acción en Europa, a fines de la década de 1920: Nora Helmer, tras abandonar a su marido, Torwald, inicia un periplo a través del cual se convierte en obrera de una fábrica, luego en amante de un poderoso funcionario que no vacila en obligarla a prostituirse para alcanzar sus objetivos, hasta terminar por añorar la vida junto a su esposo.
Escrita desde una suerte de grado cero del lenguaje, los personajes exponen sus motivos íntimos y las razones públicas sin otra pasión que la de sostener el propio interés, la obra pone en primer plano el alto precio que debió pagar la mujer en busca de su autonomía, sin soslayar los diferentes niveles de conciencia alcanzados por distintas mujeres según su condición social, económica y cultural.
Con quirúrgica precisión, Jelinek resalta las estrechas relaciones entre economía y poder, entre poder y machismo, entre machismo y fascismo, esa triste modalidad de pensar y ejercer la política que alcanzaba su esplendor en la época y el lugar en que la autora, no casualmente por cierto, decidió ubicar la acción de la obra.
Heredera de Brecht -sobre quien alguna vez escribió un breve pero sutilísimo texto reivindicatorio-, pero también hija de este tiempo, Jelinek declaró en una entrevista reciente: "Hace veinte años, yo creía que era posible cambiar el mundo; hoy me doy cuenta de que muy pocas cosas han cambiado y que tal vez sólo otras pocas cambien en el futuro". Esa atenuación de sus ideales no le impide seguir denunciando con feroz lucidez todas aquellas cosas que, alguna vez, deberían ser realmente de otro modo.
PARA AGENDAR
- Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido o Los pilares de las sociedades, de Elfriede JelinekTeatro General San Martín Corrientes 1530. Tel. 4374-1385 Miércoles a sábados, a las 21 y domingos, a las 20. Entrada: $ 8. Miércoles: $ 4
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