
El misterioso Sr. Depp vive feliz con su mujer y sus hijos y, como Brando, compró una isla desierta para refugiarse de los flashes. Sin embargo, el hombre de ojos de chocolate advierte: "La ira nunca esá lejos".
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En el hotel claridge de londres, relajado en una mesa del bar, con un vaso de vino tinto, Johnny Depp encendió uno de sus cigarrillos armados, sonrió, se recostó, exhaló y dijo: “Mierda”, con bastante alegría. Era una tarde de martes. Antes, había pensado en ir al hotel Dorchester, otra de sus guaridas usuales, pero lo descartó por todos los paparazzi y los cazadores de autógrafos profesionales que se amontonaban alrededor. Entonces terminó aquí, hablando de la película que acaba de terminar de rodar, la remake de Charlie and the Chocolate Factory [Charlie y la fábrica de chocolate], su cuar-to film en quince años con el director Tim Burton.
“No tengo idea de qué fue lo que hice”, dijo, lo cual es algo que suele decir siempre acerca de sus actuaciones. “Y no tengo idea si es lo que esperaban. Sólo puedo decir lo que siento, y me siento bien.”
Sonrió con esa sonrisita un poco quebrada, un poco pícara, completamente vulnerable y confesó que esperaba con ansias unos meses de descanso para él y su familia –su novia desde hace siete años, la cantante pop francesa Vanessa Paradis, y sus dos hijos, Jack, de 2 años, y Lily-Rose Melody, de 5– antes de instalarse en Los Angeles para comenzar a grabar la secuela de La maldición del “Perla Negra”, el éxito de 2003 que le significó su primera nominación al Oscar en la categoría de Mejor Actor, por su cautivante interpretación del capitán Jack Sparrow. “Mientras tanto, lo que voy a hacer, supongo, es dar besos y besos, descansar, jugar a las Barbies con mi hija y a la lucha con mi hijo”, dijo. Además, dejó claro que, si algo se interponía cuando estuviera frente al juego de tren de Barbie de Lily-Rose, se volvería loco. “Esas cosas son extremadamente difíciles de armar”, murmuró, fumando todavía y, obviamente, mientras trataba de mantenerse calmo. “Es tan frustrante que puede darte un ataque de nervios.”
Depp, de 41 años, se quedó en silencio por un rato, y luego agregó que si los dioses realmente querían sonreírle, deberían ayudarlo a evadir otra cosa: la nominación para el Oscar por su sólido y discreto retrato del creador de Peter Pan, j. m. Barrie, en Descubriendo el país de Nunca Jamás, porque eso significaría que tendría que ir a la ceremonia, lo que podría interferir en la concentración que requiere para armar el tren de Barbie, lo que le generaría la misma incomodidad que cuando Paradis y él fueron a la entrega de los Oscar tras la nominación por La maldición … “Lo único que Vanessa y yo pensábamos era adónde podíamos ir a fumar”, dijo, frunciendo el ceño. “Y dónde podíamos conseguir un trago, y cuándo termina, y por favor no dejes que gane. Fue tal la impresión cuando supe que había sido nominado, que mi primera reacción fue pensar: «¿Por qué?». Me sentía halagado, pero yo no trabajo para eso. Y cuando no lo gané, me sentía en éxtasis. Aplaudí al que se lo ganó [Sean Penn] y dije «¡Gracias a Dios!».”
Pero por otra parte, si hubiera ganado, habría dicho “A la mierda”, y se habría levantado educadamente, habría dado su breve discurso, habría llevado el premio a casa, y se lo habría entregado a sus hijos para que jugaran. Pero así es Depp y siempre lo ha sido. Tiene algunos textos a partir de los cuales se rige en la vida. Del poema “Desiderata”, de Max Ehrmann: “En la ruidosa confusión de la vida, mantén la paz con tu alma. Con toda su falsedad, sus penas y sus sueños perdidos, el mundo sigue siendo hermoso. Ten cuidado. Esfuérzate por ser feliz”. Del prefacio a The Time of Your Life, de William Saroyan: “Aléjate de los bienes materiales, porque ésas son las cosas a las que se aferra la muerte, y mueren. Descubre aquello que brilla en todas las cosas y que está más allá de la corrupción”. Y del propio Depp, de lo más profundo de su ser, cuando se enfrenta con sus miedos, dudas, angustias, incertidumbres y ambivalencias, que son millones: “¡A la mierda!”.
“Uso mucho esa frase, en mi vida y en mi trabajo, y siempre la encuentro muy útil”, dijo. “Sí”, continuó, entre tragos de vino tinto, “«A la mierda», a lo largo de los años, resultó algo muy acertado”.
No hace mucho tiempo, el nombre de Depp en luces de marquesina no era tan glamoroso como lo fue luego. Después de haberse quemado con su primera gran experiencia en Hollywood a fines de los 80, cuando el canal Fox lo convirtió en un ídolo adolescente al estilo David Cassidy en el programa Comando especial, él decidió que nunca más sería parte de ninguna máquina que no fuera la suya. Y su propia máquina no es nada convencional. Es positivamente, infernalmente, de la escuela de Rube Goldberg, lo cual le implicó virar bruscamente, desde roles que le suponían manejar enormes silencios ( La ventana secreta ), o usar suéteres de angora rosada ( Ed Wood ) hasta aquellos en que tenía manos filosas ( El joven manos de tijera ), o en que mostraba un trato con las mujeres que en muchos aspectos posee ( Don Juan de Marco ) y que lo hizo trotar por el aeropuerto de Los Angeles, con un traje blanco y anteojos negros al ritmo de “Black Betty” de Ram Jam ( Blow ), uno de los grandes momentos del cine. Los críticos lo aman, los periodistas llenan páginas en las revistas, y él ha generado un ejército de fans mayor al de cualquier otro (con muchos vellos púbicos que le llegan por correo a diario), más que nada porque a menudo sus actuaciones son singulares, angulares e iluminadas, llenas de alma, ternura, fuerza, sinceridad y gracia, expresadas a través de la cadencia líquida de su voz y su dicción, su hermosa cara de hombre-niño, el inconfundible y particular uso de prótesis para amplificar o realzar, todo en un sistema que funciona perfectamente, y más. Uno podría continuar.
Que la mayoría de sus películas no haya sintonizado con el mainstream, de todos modos, nunca parece haberle preocupado. De hecho, rechazó papeles en éxitos como Máxima velocidad, Leyendas de pasión y Entrevista con el vampiro. Hace lo que hace, y aun así, de alguna manera extraña y sorprendente, la cosa ha empezado a funcionar para él, y no le va nada mal: La maldición…, por ejemplo, recaudó 652 millones de dólares en todo el mundo y lo convirtió en un actor de 20 millones por película. Como es Depp, de todos modos, eso no le resulta fácil. Mientras hacía La maldición, … estaba encantado cuando los ejecutivos del estudio que supervisaban la filmación mostraban cierto nerviosismo por su demasiado estilizada caracterización del capitán Jack Sparrow, basada en Keith Richards (y con un toque de Pepe Le Pew). Y si no les gustaba lo que estaba haciendo, podían despedirlo, pero él no iba a cambiarlo. “No hay nada que pueda hacer para cambiarlo”, le encanta decir. Mientras hacía Charlie and the Chocolate Factory, sin embargo, no existió esa clase de preocupaciones por parte del estudio, lo cual obligó a Depp a pensar en lo que eso significaba.
“Francamente, me preocupé”, dijo con su vaso de vino tinto en la mano. “Sentía que algo estaba mal, porque no me estaban controlando. «¡No estoy haciendo bien las cosas!» Pero unos meses después, el presidente de Warner Bros., Alan Horn, admitió que había tenido un poco de miedo cuando vio las primeras tomas, y entonces pensé: «Ok, lo estoy haciendo bien».”
Pero ya habíamos tenido bastante con esta charla sobre Hollywood, porque hay mucho más en la vida que eso. El aroma del whisky Lagavulin, por ejemplo. “Tenés que olerlo”, dijo Depp, antes de llamar a una mesera. “¿Podemos oler un poco de Lagavulin?”, preguntó. “Solo.” Y continuó: “Ya no tomo mucho alcohol, pero a veces pido un Lagavulin sólo para olerlo. Es tan rico, es increíble”.
Un rato más tarde, Depp acercó el vaso a su nariz e inhaló profundamente. Su cara se alegró. “Turbador”, dijo, con sus ojos color chocolate que proyectaban ese sentimiento. “¡Es tan turbador..!”
Este es un momento interesante en la vida de Depp, con muchos cambios en marcha, que en parte se precipitaron a partir de una visión que tuvo hace siete años en París, en el lobby del hotel Costes. Era la imagen de una mujer. Tenía un vestido con la espalda descubierta, y esa espalda terminaba de un modo tan armónico –hacia el cuello–, que Depp experimentó una sensación milagrosa. “Guau, man, del otro lado de la sala hay una mujer increíble, maravillosa, sorprendente”, se dijo mientras avanzaba. “La espalda, la espalda, vi una espalda y quedé reducido a...”, y hace un sonido como de enamoramiento fatal. La mujer era Paradis, y la sensación fue mutua. A los pocos meses, ella estaba embarazada, y algo después Depp se convirtió en el hombre de familia que es hoy, con una propiedad de dos millones de dólares en el sur de Francia, cerca de la Riviera, en la que él y Paradis pasan gran parte de su tiempo libre. Le gusta ese lugar. Cuando va de compras a la ciudad más cercana, es sólo un tipo cualquiera de compras. Allí está tranquilo. Pasa las horas paseando por la huerta o jugando con los chicos, en vez de hacer lo que solía hacer en Hollywood: tomar hasta desmayarse, etcétera. Allí es un hombre bueno. Un hombre mejor. Está creciendo en varios sentidos.
Era conocido como un fumador en cadena, pero recientemente decidió dejar. “Sí”, dijo, con un orgullo considerable, “He logrado reducir el hábito a unos tres cigarrillos por día. Para un adicto a la nicotina, los cigarrillos esenciales son tres: el primero del día, después del almuerzo, el de después de cenar y el que se fuma cuando uno quiere, el cigarrillo de lujo. Antes me fumaba todo. Por eso me siento tan bien al respecto.”
Y otra cosa: vendió su parte del Viper Room, el club en Los Angeles que una vez fue sinónimo de cool. Uno iba y veía al poeta beat Allen Ginsberg charlando con la gente que le pedía autógrafos que él amablemente se negaba a darles, pero que les cambiaba por un beso mojado. Era esa clase de lugar. También es el lugar en el que River Phoenix murió por sobredosis, desplomado sobre la vereda, lo cual significó una sombra para el club desde entonces. Pero ahora, no está más en la vida de Depp. Lo único que le queda del Viper Room es un Zippo con el nombre del lugar que usa para encender sus escasos cigarrillos diarios.
Otra cosa más: recientemente, por primera vez desde que tenía 3 años, empezó a usar pijamas para ir a dormir, y los encuentra “muy agradables”.
Otra más: hace varios meses, en un impulso, compró una isla de catorce hectáreas en las Bahamas, por unos 3 millones de dólares. La compra satisfizo un sueño de infancia, basado en la historia de Robinson Crusoe, pero cuando se lo contó a Paradis, ella no compartió de inmediato su entusiasmo. Ella dijo: “¿Para qué queremos una isla?”. El dijo: “No, no, no, no entendés. ¡Es una isla!”.
Después de haberlo hablado con su chica, se dirigió a su amigo Marlon Brando, quien también era un conocido dueño de islas. Depp le dijo: “¡Encontré un lugar, una isla!”. Brando dijo: “Bueno, ¿cuál es la elevación del terreno?, ¿tiene instalaciones sanitarias?, ¿electricidad?”. Depp dijo: “No sé, no sé, no sé”. Brando dijo: “Bueno, traeme los papales y lo vemos”.
“Quería ayudarme”, dijo Depp después, “pero antes de que pudiera hacerlo, bueno, ya sabés, se fue”.
Se fue en julio, y cuando Depp lo supo, lloró. “Una de las últimas veces que hablamos, estaba tan generoso, tan cariñoso, al punto de que en algún lugar de mi mente yo pensaba: «Espero que todo esté bien». Yo sospechaba algo, pero igual fue un shock. ” Continuó, orgulloso: “Nos conocimos en 1994, cuando hicimos Don Juan de Marco, y cuando nos juntábamos éramos como chicos. Nos reíamos de cosas completamente estúpidas: pis, caca, pedos. Y a veces había grandes silencios. Una vez me contó que no podía aguantar a la gente que le tenía miedo a los silencios. Y lo llevaba a la práctica. Teníamos grandes momentos en los que simplemente nos sentábamos sin decir nada por una o dos horas”.
De hecho, la idea de la isla probablemente se le haya ocurrido mientras pensaba en Brando. En 1996, dijo: “Tal vez debería hacer lo que hizo Brando hace treinta años, comprar una isla. Llevar a mi chica, dormir allí. Y leer, nadar y pensar con claridad. Uno no puede hacer eso en Los Angeles. No se puede ser normal, no con gente que te ataca en cualquier momento con pedidos extraños. No podés tomar un café, sacarte los mocos o rascarte...”. El nombre oficial de la isla de Depp es Pond Cay de Little Hall, pero si Depp pudiera bautizarla elegiría nombres como Isla del Refugio, Isla No Te Acerques o Isla A La Mierda. Sólo se puede llegar en barco, aerobote o helicóptero. Tiene seis playas, su propio muelle, muchas palmeras y una laguna. Planea viajar con un sombrero de paja y dejar que los días pasen allí. “Alguna gente no está hecha para esa clase de vida”, dijo. Pero él sí. Y espera ansioso ir para sacarse los mocos y rascarse tranquilo por horas en un lugar perfecto, bendito. ¿Qué podría ser mejor para un tipo como Depp?
Nacio como John Christopher Depp ii, en Owensboro, Kentucky, hijo de una mesera, su adorada Betty Sue, y de un ingeniero civil, John. A los 7 años la familia se mudó a Miramar, Florida, y vivieron los siguientes siete años o más en una docena de hogares distintos. Era fanático de Drácula y Frankenstein. Tenía miedo de la oscuridad y de “lo que hay debajo de la cama”, tanto que sólo se podía meter bajo las sábanas saltando desde una cierta distancia. Tenía pesadillas con Skipper, de La isla de Gilligan. Desarrolló una fobia hacia el cantante pop John Davidson. Probó el cigarrillo a los 12 años, y más tarde las drogas y el alcohol. Perdió su virginidad a los 13. Tocaba la guitarra, quería ser estrella de rock. Sufrió por el divorcio de sus padres a los 15. Le mostró el culo a una maestra en la escuela y lo suspendieron. Destrozó una puerta de la escuela “para ver qué había del otro lado”. Abandonó la escuela.
Años más tarde, la prensa usaría esta información como evidencia de que Depp era un chico malo y un rebelde. Pero él nunca se vio a sí mismo de ese modo. Odia las etiquetas, las palabras que intentan interpretar y reducirlo a una idea errada. “Era todo por curiosidad”, dijo. “Yo sólo quería descubrir qué había allí afuera.”
En 1983, a los 20, se casó y cambió Florida por California para descubrir qué había allí afuera en términos de sus sueños de rock & roll. Una vez allí, se divorció, tuvo muchos empleos extraños (por ejemplo, vendió remeras y lapiceras vía telemarketing); finalmente falló como músico pero triunfó como actor, siguiendo las instrucciones de su amigo Nicolas Cage.
El primer papel de Depp lo mostró aterrorizado por una cama en Pesadilla en lo profundo de la noche, y luego vinieron los minutos de Pelotón, luego Comando especial, el programa que lo convirtió en un ídolo adolescente completamente miserable. “La tierra estaba saturada de esas horribles imágenes mías como Tom Hanson”, dijo. “Inventaron ese producto que de alguna manera se parecía a mí, y yo no tenía control sobre eso. Y me veía obligado a trabajar unos 290 días por año, y decía más palabras del personaje que mías, y me sentía muy mal. Muy mal. Era horrible.”
Se las arregló para escaparse de ese particular infierno cumpliendo cuatro de los siete años del contrato y se encontró feliz y aliviado en el mundo del cine, con su primer rol como protagonista, un rebelde con el pelo muy largo en Cry Baby, de John Waters. Desde el comienzo empezaron a rondarle las leyendas. Había una que decía que en un avión se había puesto tan nervioso que había empezado a gritar: “¡Yo cojo con animales!”. Todo eso hacía que el mensaje que tenía Depp en el contestador en 1988 tuviera sentido. El mensaje decía que el dueño de casa había “salido salido salido salido salido...”.
Muchas veces, por supuesto, él había salido, con alguna de las chicas más lindas de la ciudad, incluyendo en serie monogámica, a Sherilyn Fenn ( Twin Peaks ), Jennifer Grey ( Dirty Dancing ) y Winona Ryder ( El joven manos de tijera ). Además, tomaba mucho, para aliviar varias clases de dolores, y ésa era otra forma de salir para él. “Hay tipos que salen los fines de semana, que pueden salir y divertirse y enfiestarse –un término que deploro, «enfiestarse»– y es todo recreacional, y la pasan bárbaro. Yo nunca salí para divertirme. Jamás.” Se metía en problemas. A veces era vagamente suicida. A veces se cortaba un brazo con un cuchillo. Una vez se hizo un tatuaje en el brazo derecho para demostrar su amor por Ryder –decía “Winona for ever”– y cuando se separaron, no pudo soportar el dolor del tratamiento para quitárselo –ahora dice “Wino for ever” [Borracho por siempre]. No la pasaba muy bien. La imaginación que le servía tanto en las películas lo hacía mierda en su vida personal. Era celoso más allá de lo razonable. “Mi Dios. ¡Las escenas que hacía! O sea: de alta calidad.”
Tomaba más whisky –solo–, se puso más volátil y comenzó a decaer. En septiembre de 1994, se metió en una pelea bastante violenta con su novia de entonces, Kate Moss, en la suite presidencial del hotel Mark de Nueva York, que costaba 1.200 dólares. Eso hizo que su vecino de cuarto, Roger Daltrey, se quejara al gerente; esto lo llevó a que lo echaran, a que tuviera que pasar un rato por la cárcel (acechado por la prensa), y finalmente, a ver que el hotel se pusiera de moda y se llenara de gente. Luego, Depp declaró que simplemente estaba tratando de matar una cucaracha y... “en el camino se cayeron algunos adornos y muebles”.
“Ese fue un período feo y oscuro de mi vida”, dice hoy. “No puedo afirmar que fuera infeliz, pero no podía disfrutarlo, por eso pasé años envenenándome. Pero finalmente me encontré frente a una decisión crítica: ¿quiero seguir siendo un pelotudo o no quiero ser un pelotudo? Era mejor parar. Ahora miro hacia atrás y pienso en por qué hice eso. Y desde que vi la espalda, desde esa gran distancia, soy otra persona. No puedo compararlo con nada.” Su imaginación puede seguir siendo lo mejor de él, pero en estos días, mayormente, se la dedica a sus hijos. Por ejemplo, cuando uno de ellos estornuda, la pregunta acerca de lo que podría pasarles lo atormenta. “Hubo muchos momentos en los que pensé que iba a volverme loco si lo pensaba –dice– pero, afortunadamente, cuento con Vanessa para que me calme. Pero no es algo que me perturbe tanto como antes. Con la edad, uno se suaviza en ciertas zonas. Y es una gran felicidad.”
Suspiró y se sirvió un poco más de vino, como si fuera a celebrar esa cosa tan evasiva para él que es la felicidad.
Esta mañana, abrio los ojos alrededor de las siete y media, luego de que su hijo Jack le saltara en el pecho y le dijera: “¿Papá?”. Depp dijo: “Sí”. Y Jack: “Hablemos”. Y Depp, medio dormido: “Está bien, ¿de qué querés que hablemos?”. Y luego se levantó a las corridas, y salió de la casa con un saco negro encima de una gastada remera blanca de cuello ancho y amplias mangas, pero sin sus habituales adornos: el collar de diente de tigre, el del Che Guevara, el de Ganesh, los anillos de calaveras (que le regaló Iggy Pop), la pulserita que le hizo Lily-Rose... Llegó al hotel Claridge medio desnudo y enseguida empezó a desnudar otras partes de sí mismo. Dijo que trataba de evitar los espejos y que tiene sus mañas en los baños públicos (“Trato de evitar la manija de la puerta, porque si acabo de lavarme las manos, no quiero tocar eso”) y, siendo un ex dueño de bar, tiene un consejo para los clientes: “Nunca coman el maní que sirven en la barra. Tiene veintisiete clases se orina, está científicamente probado”.
Hizo saber que le gusta enfrentarse consigo mismo. Dijo, por ejemplo, que Paradis no tiene apodo para él, ni él para ella. Pero que si lo tuviera, el suyo sería “Jodido, probablemente, ja ja, no, no creo”.
Dijo que no es muy quisquilloso con su pelo, aunque antes, en sus años de rockero, lo era. “Era casi peluquero, así que creo que soy un peluquero curado.”
Dijo que los actos públicos le causan mucha angustia. “Cualquier lugar en el que se supone que uno tiene que actuar de determinada manera. No puedo. No soy yo. Me siento pésimo de sólo intentarlo.”
Dijo que la mejor canción de la historia es “La Mer”, de Charles Trenet, y que la versión de Bobby Darin, llamada “Beyond the Sea”, “también es mortal”.
Dijo que en su juventud se masturbaba tanto como cualquier chico. “No creo que se me haya ido la mano. Todo el mundo se masturba con frecuencia. No me vas a pedir una muestra de semen, ¿no?”
Dijo que ya le preocupa que Lily-Rose sea adolescente y que “los chicos vengan a verla con tatuajes hechos por ellos”.
Dijo que cuando se peleaba, era “un peleador sucio. El peor de todos. No me importaba nada. Pegar en las bolas, en el estómago, morder la oreja, darle en el ojo. Hice daño, y me lo han hecho. Me golpearon con las cosas más variadas: con ceniceros, con botellas, con una bota puntiaguda en la cara”. Continuó: “Aún tengo un temperamento de mierda. Mejoré un poco, pero la ira nunca está lejos”. Está pensando en los paparazzi y en lo que les haría si llegaran a meterse en lo que llama “el círculo sagrado”, aquel que lo rodea cuando está con su familia. “Una vez más, nada podría detenerme. Es feo decirlo, pero es necesario. Sí, carajo, les mordería la nariz, y se la masticaría delante de ellos, y eso sería sólo el comienzo. Desafortunadamente. Pero que se jodan.”Dijo que le gustaría una taza de café negro.
Dijo que bautizó a su compañía Infinitum Nihil por una razón. “La belleza del nombre reside en que, cuando me preguntan qué significa, yo puedo decir: «Nada». Porque en latín, eso es lo que significa esencialmente: la nada absoluta. ”
Discurrió sobre eso un rato, acerca de cómo significa “nada” y muchas cosas al mismo tiempo, y luego llegó la hora de partir, de ir a cenar con su chica y los niños. Su asistente apareció. Depp lo siguió hacia la salida lateral. “Voy a ver cómo están las cosas y vengo”, dijo el asistente y desapareció un piso más abajo por las escaleras. Hasta su regreso, Depp se paró junto a la salida, mirando el auto que lo esperaba. Finalmente, su asistente le hizo una seña para avisarle que no había moros en la costa, es decir, que no había paparazzi a la vista, y Depp se esfumó en la incipiente penumbra de la noche, sin tener que pegar ningún salto.





