
El gran editor forjó a fuego los años 60 descubriendo talentos literarios y marcó para siempre el rock fundando Mandioca, el primer sello independiente argentino
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Jorge Alvarez fue editor, productor y – principalmente, quizás más que ninguna otra cosa –, un agitador cultural, mucho antes de que a alguien se le ocurriera acuñar esa expresión. Quizás porque en los 60 esa denominación hubiera resultado redundante, ya que se vivía en medio de una agitación cultural sin precedentes. Y Alvarez fue un producto arquetípico de los 60, con una visión de futuro que le permitía anticipar lo que iba a venir, pero a la vez sin separarse demasiado –rasgo en el que suelen incurrir las vanguardias–, como para no quedarse solo. El lo tenía claro: "Yo siempre tuve confianza de que representaba el gusto medio de mucha gente que en esta ciudad le gustaban cosas raras. Pensaba que tenía esa conexión con la realidad, que si me gustaba a mí le iba a gustar a mil, dos mil o tres mil personas", dice en Mandioca, la madre de los chicos, serie documental realizada por Aníbal Esmoris.
Su primer gran logro fue la editorial Jorge Alvarez, fundada en 1963, con la cual se anticipó al boom de la literatura latinoamericana publicando libros de autores argentinos por entonces noveles o desconocidos, como David Viñas, Rodolfo Walsh, Germán García, Manuel Puig, Ricardo Piglia, Dalmiro Sáenz , Félix Luna y Germán Rozenmacher, entre muchos otros, y las tiras de Mafalda, de Quino, agrupadas en libritos que luego editaría Ediciones de la Flor, un proyecto paralelo que inició junto a Daniel Divinsky. Llegó a publicar casi 300 libros, muchos de ellos con gran éxito de ventas (como La traición de Rita Hayworth, de Puig, y Mi amigo el Che, de Ricardo Rojo), y consiguió un gran suceso editorial con la serie Crónicas, antologías de cuentos agrupados temáticamente –del amor, de la burguesía, del sexo–, con un formato pequeño y ágil que permitía que se convirtieran en lectura ideal para el subte o el colectivo, una iniciativa que el público porteño adoptó con entusiasmo.
Alvarez también fue el primero en Argentina en editar posters – toda una novedad, por entonces –, con su sello Mano Editora, cuya línea incluía íconos de la época como los Beatles, el Che, Alain, Delon, Brigitte Bardot, Leonard Whiting y Olivia Hussey (protagonistas del Romeo y Julieta de Zeffirelli), Manal, Aníbal Trilo y – en una actitud pop digna de Warhol – Norma y Mimí Pons, las vedettes estrella del teatro de revistas.
El paso de Alvarez por el rock nacional tuvo su marca, y lo dejó marcado para siempre. La piedra fundamental fue la creación del primer sello independiente de rock, Mandioca (subtitulado "La madre de los chicos"), junto a tres jóvenes estudiantes egresados del Colegio Nacional de Buenos Aires, Pedro Pujó, Javier Arroyuelo y Rafael López Sánchez. Además de editar los álbumes iniciales de Manal, Moris y Vox Dei, el sello lanzó dos compilados (los icónicos Mandioca Underground y Pidamos peras a Mandioca) y varios singles que contenían las grabaciones iniciales de Miguel Abuelo, Tanguito, Pappo, Alma y Vida, La Cofradía de la Flor Solar, Billy Bond, y otros.
La experiencia solo duró dos años por problemas económicos, pero Alvarez continuó el tremendo envión creativo de esos años convenciendo a los hermanos Kaminsky – dueños de un sello nacional, Microfón, dedicado al tango y al folclore –, para crear una etiqueta de rock llamada Talent. Desde allí – y también desde Music-Hall, otro sello independiente que editaba música argentina –, Alvarez – aliado con Billy Bond, su principal socio en esta etapa rockera –, produjo una gran cantidad de álbumes que incluyen a La Pesada del Rock and Roll y los trabajos solistas de sus integrantes (Claudio Gabis, Alejandro Medina, Kubero Díaz, Jorge Pinchevsky), David Lebón, Color Humano, Pappo’s Blues (a quien convenció de abandonar Los Gatos para iniciar su propio proyecto), Espíritu, Gabriela, Pescado Rabioso – con el emblemático Artaud –, Invisible, Sui Generis y muchos otros.
Sui Generis fue uno de los máximos "descubrimientos" de Alvarez. Nito Mestre dice que "el tipo era un visionario. Veía. En marzo del 72, cuando estaba por salir el primer disco de Sui, hicimos el Teatro Astral con Escarcha y otros grupos, y tocábamos 3 o 4 temas cada uno. Empezamos a cantar y alguien gritó: ‘¡Toquen ‘Rock para mi muerte’!’. Creo que era la primera vez que nos pedían un tema, y yo dije: ‘Qué raro’. Cuando terminamos, Jorge nos dice: ‘Va a ser un éxito’. Al mes, Vida era un éxito, y el tipo ya lo sabía de antes". Otra idea sin precedentes fue convertir en espectáculo la separación del grupo. "Adiós Sui Generis se le ocurrió a él", recuerda Mestre. "Nosotros nos íbamos a separar y chau, y Jorge nos dijo: ‘Van a hacer un Luna Park, y vamos a grabar un disco y hacer una película, producida por Torre Nilsson’. Charly y yo pensamos que estaba loco, porque eso nunca había pasado. Después cuando vino y nos dijo: ‘Vamos a hacer dos funciones’, directamente no lo podíamos creer".
Cuando la censura de los militares se empezó a cernir sobre él, Jorge abandonó el país rumbo a España, que sería su residencia principal durante 34 años, hasta su regreso al país en 2011. En España tuvo éxitos millonarios con Mecano y Olé Olé (que incluía al argentino Gustavo Montesano, ex-miembro de Crucis, banda que había sido su última producción antes de emigrar) y produjo también a Manolo Tena y Joaquín Sabina.
A su regreso a Argentina, recibió homenajes del mundo intelectual, publicó sus memorias, comenzó a reactivar su editorial bajo los auspicios de la Biblioteca Nacional – en cuya "Colección Jorge Alvarez" llegó a editar a César Aira, y las Obras Completas de Germán Rozenmacher, el autor con el que había iniciado su trabajo como editor –, y tenía varios proyectos musicales en marcha.
Es que Jorge Alvarez tenía la pasión irrefrenable de mirar siempre hacia el futuro. Personaje controvertido, desmesurado, suscitó enconos y adhesiones por partes iguales. No conservaba ninguno de sus viejos libros ni discos, ganó – y gastó – varias fortunas, y siempre vivió al día, hasta que falleció en medio de la pobreza. Su pasión era el hacer, y el vivir. Marcó a fondo el rock, la literatura y la cultura argentina, pero la visión que tenía de su propio papel estaba revestida de cierta modestia, un rasgo que no muchos asocian con su personalidad. En la película Mandioca, Jorge se define así: "Yo lo que hago es manejar bien el talento de los demás. Es mi especialidad. Lo descubro, lo sé canalizar, lo sé promover, y lo hago respetablemente exitoso".
Daniel Ripoll, ex-editor de la revista Pelo y factotum de los Festivales B.A. Rock, amigo cercano de Alvarez, lo define diciendo que "el máximo aporte de Jorge a fines de los 60 y principios de los 70, fue detectar, en un movimiento incipiente, muy precario y mucho más chico de lo que la gente cree, aquellos talentos esenciales que sobresalían en una generación que, cuatro décadas después, parece difícil de reemplazar. Esos primeros años lo tuvieron a Jorge como un gran animador, con errores y aciertos. Era muy creativo y a la vez muy desprolijo, y económicamente irresponsable. Por eso yo digo que Jorge le debía una vela a cada santo, pero la cultura argentina le debe muchas velas a él."
Por Claudio Kleiman | Foto de Eduardo Carrera
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