Juego de catarsis permanente con notables actores
"Culpables", comedia dramática escrita por Juan José Campanella y Fernando Castets, sobre idea original de Adrián Suar. Protagonistas: Mercedes Morán, Alfredo Casero, Susú Pecoraro, Soledad Villamil, Gabriela Toscano, Diego Peretti y Fernán Mirás. Dirección: Daniel Barone. Por Canal 13, los martes, a las 23. Nuestra opinión: muy bueno
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Hay mucho más que personajes fácilmente reconocibles y conflictos "como los de la vida misma" en "Culpables", cuya hora semanal, ante todo, vivisecciona las posibles variantes de lo que genéricamente se conoce como conflictos de pareja en la sociedad actual.
Y aunque sus protagonistas tengan gestos, modismos y actitudes propias de este lugar en el mundo, las situaciones trascienden toda frontera. Al fin y al cabo, cuestiones como el desgaste en la relación, el miedo al futuro, la búsqueda de afecto en medio del dolor o los vínculos con padres e hijos son universales y están aquí expuestas, algunas de ellas de modo notable.
Si se compara a "Culpables" con "Vulnerables" (de quien hereda el horario y, casi seguramente, buena parte de su público), queda claro que estos personajes de 30 y de 40 años que salen siempre en busca de catarsis para sus desencuentros afectivos seguramente, aun sin proponérselo, podrían ser carne de diván . Ellos prefieren, en cambio, reunirse cada semana en torno de una mesa bien servida para decirse todo en la cara. Así, el primer capítulo se pareció a una sesión de terapia de grupo típica de su programa antecesor, pero en otro ámbito y sin un especialista en el medio.
Queda claro, pues, que el eje de "Culpables" es mostrar cómo los personajes se ven obligados a resolver todo por las suyas o apoyándose en la ocasional ayuda de los amigos que integran aquella mesa semanal, ya que esta es una historia coral, pero en la que fuera del elenco principal y un par de roles fijos complementarios casi no hay personajes secundarios.
Cada uno de los siete protagonistas (todos ellos merecen ser considerados así)van ocupando ocasionalmente el centro de la historia. Están Aníbal (Casero)y Daniela (Toscano), con 14 años de casados, dos hijos, trabajos relativamente estables y el infierno a punto de estallar a cada momento por la rutina y el carácter de ambos; Adriana (Villamil) y Claudio (Peretti), con un vínculo aparentemente consolidado, pero siempre expuesto a riesgos que asoman desde afuera, como el desempleo y el pánico frente a un futuro lleno de incertidumbre.
También aparece Perla (Pecoraro), que con una hija de 20 años trata de recomponer su vida en una compleja relación con Willy (Mirás), de mucha menos edad. Y, sobre todo, Chuchi (Morán), recién separada y unida al grupo por su amistad con Perla. Un personaje clave porque, en su incansable búsqueda de afecto, que la lleva a decir y hacer siempre lo equivocado, se liga (casi siempre en forma problemática) al resto y no suele pasarla bien.
Esta vez, el habitual cuidado estético de las producciones de Pol-ka se pone al servicio de un relato rico en matices y que se aproxima a los problemas de la pareja con sensibilidad y sin artificios o declamaciones.
Pocas fisuras
Más que construir situaciones, Campanella y Castets ponen en ellas a personajes que, en la mayoría de los casos, adquieren espesor gracias a un elenco que tiene pocas fisuras y que sólo en la pareja que componen Villamil y Peretti no alcanza profundidad y roza cierto esquematismo.
Hay que anotar, por ejemplo, que la avasallante personalidad de Casero se pone esta vez totalmente al servicio de la historia, que Toscano construye un personaje permanentemente descolocado con un admirable arsenal de gestos y que Mirás pone pasión para escapar al papel que siempre le toca en suerte.
Pero si hay elementos para disfrutar en esta historia, que crece sobre la base de pequeños grandes momentos trabajados sin necesidad de excesivos primeros planos y con un muy interesante uso del espacio, nada alcanza las alturas a las que llegan sus dos mejores intérpretes:a Mercedes Morán no le falta matiz por descubrir para ir de la euforia a la desilusión y del humor a la crispación en segundos, y Susú Pecoraro llega a conmover auténticamente cuando reclama su derecho a rehacer la vida sin dejar, a la vez, de querer cumplir sus deberes de madre hecha y derecha.
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