Juicio en Nuremberg: el detrás de escena de la película que rompió el silencio sobre el Holocausto en Hollywood
A días de que se estrenara una nueva versión de aquella historia, dirigida por James Vanderbilt y protagonizada por Russell Crowe y Rami Malek, repasamos cómo fue el rodaje del director Stanley Kramer
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Apenas habían pasado 25 años del final de la Segunda Guerra Mundial cuando el productor y director Stanley Kramer decidió que era tiempo de llevar al cine uno de los hitos más importantes de la inmediata posguerra: los juicios celebrados en la ciudad de Nuremberg a varios miembros del Tercer Reich por crímenes de guerra. Los juicios se habían llevado a cabo entre 1945 y 1949 y habían marcado el final del equilibrio entre las fuerzas aliadas para dar paso a la naciente Guerra Fría. Eran el símbolo de un tiempo de concordia y de búsqueda de justicia internacional para los crímenes aberrantes que había dejado el Holocausto y la población mundial había descubierto con asombro y horror. Era una película necesaria para recordar esa gesta conjunta cuando nuevos conflictos asomaban con fuerza. Las palabras del juez estadounidense Dan Haywood, un veterano en las vísperas de su retiro interpretado por Spencer Tracy, dejan en claro el mensaje: “Hitler se ha ido, Goebbels se ha ido, Göring se ha ido; se suicidó antes de que pudieran ahorcarlo. Ahora nos toca juzgar a los médicos, empresarios y jueces. Aquellos que creen que ni siquiera deberían ser juzgados”.
El juicio más recordado de los de Nuremberg fue el de los principales criminales de guerra celebrado entre 1945 y 1946; la película trata sobre el juicio a los jueces, que en realidad tuvo lugar a lo largo de 1947. La fecha se ha cambiado por una razón: el proceso se contrapone con el golpe de Estado checo de 1948 y el inicio de la Guerra Fría. El verdadero juicio se centró en la labor de dieciséis jueces y fiscales que adoptaron y aplicaron leyes propiciando la esterilización sexual forzosa, y el encarcelamiento y ejecución de personas por su religión, identidad racial o étnica, creencias políticas y discapacidades físicas. Inspirado en una película emitida en la cadena ABC en 1959, el guion de Abby Mann se concentró en cuatro magistrados juzgados, un tribunal conducido por un prestigioso juez estadounidense, un fiscal severo e histriónico, y el abogado defensor de los criminales nazis que terminó siendo uno de los papeles más codiciados. La historia estaba por escribirse.
Los primeros pasos
A comienzos de los años 60, Stanley Kramer era uno de los directores de Hollywood asociados a un cine comprometido y de prestigio. Había estudiado abogacía antes de sumarse al equipo de guionista de la Fox para luego fundar una pequeña compañía con su socio Carl Foreman. Juntos produjeron El campeón (1949), de Mark Robson, con Kirk Douglas, y A la hora señalada (1951), de Fred Zinnemann, con Gary Cooper, pero las presiones del macartismo disolvieron la alianza y Kramer migró a contratos con otros estudios, a producciones como El motín del Caine (1954) que le valieron cierto éxito y reconocimiento. Cuando debutó como director, los temas importantes fueron su principal foco de interés: el rol de la profesión médica en su ópera prima No serás un extraño (1955), el racismo en Fuga en cadenas (1958), la guerra nuclear en La hora final (1959). A comienzos de los 60 tenía un contrato con la United Artists que se resistía a producir una película sobre Nuremberg por considerarla demasiado seria y difícil de comercializar. “Hice lo que para ellos parecía una concesión, pero era lo que ya tenía planeado. Prometí llenar el reparto con estrellas de tal magnitud que su presencia prácticamente garantizaría que la película no perdiera dinero”, explicaba Kramer en su libro It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World: Life in Hollywood, publicado en 1997.

Sin embargo, pese a que el guion de Mann estaba ajustado a ese proyecto de envergadura en el que se integrarían varias estrellas, había otro obstáculo más que superar. Se estaba planeando una adaptación teatral de la obra de televisión para Londres y París que Kramer exigió postergar, y también tuvo que interponer una demanda contra un documental con un título similar, Veredicto de Nuremberg para que la película no quedara afectada por la coincidencia con historias similares. El director ya estaba familiarizado con la narrativa judicial porque apenas un año antes había filmado Heredarás el viento (1960), basada en un caso real ocurrido en el estado de Tennessee en 1925, en el que un profesor de ciencias es acusado de enseñar la teoría de Darwin en su clase y dos abogados, uno oficiando de fiscal y otro de defensor del maestro, argumentan a favor y en contra de esa disputa entre la evolución científica y la perspectiva religiosa. Entonces, Frederic March interpretaba al encendido fiscal Brady y Spencer Tracy al famoso abogado Henry Drummond. Kramer admiraba a Tracy y ya desde el momento de proyectar la película se preguntó qué papel podía interpretar el actor.
La elección de los actores

Elegido Tracy para interpretar al juez Haywood, Kramer ofreció el papel del juez Ernest Jennings, quien es juzgado por sus crímenes y lucha contra sus demonios, a Laurence Olivier, quien declinó la oferta para casarse con la actriz Joan Plowright y terminó reemplazado por Burt Lancaster, recientemente premiado con un Oscar por Elmer Gantry: Ni bendito ni maldito (1960), de Richard Brooks. Para interpretar al abogado defensor, Hans Rolfe, Kramer consideró a Marlon Brando, quien manifestó serio interés en el rol, pero cambió de opinión cuando descubrió la interpretación de Maximilian Schell en la película original que emitió el ciclo Playhouse 90 en 1956. Pese a ser prácticamente un desconocido, su trabajo resultó tan deslumbrante que el propio Spencer Tracy le dijo a su compañero de rodaje, Richard Widmark, que tenía que tener cuidado con ese joven porque venía a destronarlos. Finalmente, Schell ganó el Oscar como mejor actor.
Widmark fue el elegido para interpretar al fiscal, el coronel Ted Lawson, y como Kramer tenía fama de contratar actores de musical para papeles dramáticos -algo que había hecho con Frank Sinatra en No serás un extraño, Gene Kelly en Heredarás el viento y Fred Astaire en La hora final- terminó eligiendo a Judy Garland para interpretar a Irene Hoffman, una mujer aria acusada de tener una aventura con un hombre judío (una ficción basada en el caso Katzenberger de 1942). “Los mismos trastornos que dificultaban trabajar con ella encajaban a la perfección con el papel”, explicó Kramer tiempo después. Garland se encontraba en un momento difícil de su carrera luego de internaciones y despidos de los estudios. El primer día en el set, el elenco y el equipo la recibieron con un cálido y prolongado aplauso como homenaje a su regreso al cine. “¡Stanley, no puedo! Me he quedado sin lágrimas. Estoy demasiado feliz para llorar”, exclamó la actriz. Kramer la elogió ante la prensa: “No hay nadie en el mundo del espectáculo hoy en día, ni actor ni cantante, que pueda abarcar toda la gama de emociones, desde el patetismo más profundo hasta la fuerza... como ella”.
Algo similar podría decirse sobre el trabajo de Montgomery Cliff, elegido para interpretar a una víctima de esterilización forzada, Rudolph Petersen. “Necesitaba la palabra de alguien que fuera amable”, declaró Kramer, “alguien que reforzara constantemente su autoestima y le dijera que podía hacerlo”. El director le permitió improvisar, y cuando era interrogado en el estrado, podía recurrir a alguna palabra del guion que pareciera la respuesta emocional adecuada para “transmitir la confusión en la mente del personaje”, como explicaba el director. Para dar vida a la señora Bertholt, una aristócrata alemana cuyo marido fue ejecutado luego de la rendición, Kramer propuso a Marlene Dietrich, quien no solo había emigrado de Alemania a los Estados Unidos en los años previos al ascenso de Hitler al poder, sino que conocía personalmente al general cuya esposa interpretaba, lo que ayudó a profundizar su comprensión de las emociones de las víctimas de Hitler. “Compartir sus experiencias y temores le permitió ampliar la complejidad del personaje”, señaló el director.

La recreación del tribunal y las locaciones
Si bien apenas el 15% de la película se filmó en Alemania, la elección de las locaciones fue el paso siguiente. De entrada, se sabía que la sala del tribunal donde se había desarrollado el juicio no estaba disponible para alquilar ya que estaba en funcionamiento. Después de barajar varias opciones, Kramer y su equipo decidieron recrearla en estudio y por ello se mandaron a fotografiar los interiores y a tomar sus medidas correctas y precisas. El director y productor tenía un método muy minucioso de preproducción: disponía la construcción de todos los decorados seis semanas antes de comenzar el rodaje, se sentaba luego con su director de fotografía -en este caso Ernest Lazslo- y repasaba el guion escena por escena, definiendo la iluminación y las posiciones de la cámara. Recién después convocaba a los actores para mostrarles los escenarios, detallando entonces su proceso de rodaje y tomando en cuenta sus dudas y sugerencias. Una película como ésta “exigía ser filmada en orden cronológico”, explicó entonces Laszlo.
Abby Mann tuvo que ampliar el guion televisivo, trasladar algunas escenas de acción fuera de la sala del tribunal -en la residencia del juez, en calles abandonadas, en restaurantes- y evitar la sensación de teatro filmado que podía transmitirse. En la escena en la que Haywood se apura para tomar el próximo tranvía hacia la parte antigua de Nuremberg, al fondo se puede ver la mitad inferior de la famosa Frautentorturm, la entrada al Handwerkerhof y la Bahnhofsplatz, enclaves medievales que hoy se consideran atracciones turísticas. Los escombros y la tierra fueron colocados allí por el equipo para visualizar una Alemania de posguerra más realista ya que la historia transcurre en 1948. Las escenas del patio de la prisión se filmaron en Hollywood, ya que Burt Lancaster no quería filmar fuera de los Estados Unidos. Algunas escenas también se filmaron en Berlín, como la llegada del juez Haywood y su primer recorrido por una ciudad destruida. Haywood también visita el antiguo recinto de las reuniones políticas del Partido Nazi, donde había una enorme esvástica de piedra (Hakenkreuz) en lo alto del edificio central. Al comienzo de la película, se ve cómo los estadounidenses bombardean ese signo de la ignominia.

La película implementó el recurso de la cámara giratoria -que Laszlo ya había utilizado en The Hitler Gang (1944) de John Farrow- para obtener fluidez y evitar un ritmo lento y cierto aire “demasiado cerebral”, como destacó el director. Además, permitió la transición de la primera escena, donde los actores alemanes hablan en alemán con traductores al inglés, dando a entender que todo el juicio se desarrolla en el idioma del país, a la escena en la que los diálogos se escuchan en inglés como una licencia cinematográfica. “Comenzamos la escena de transición con Schell dirigiéndose al tribunal en alemán -explicaba Kramer-, y la cámara de Laszlo hizo un primer plano de él, luego giró hacia otro lado y después volvió a enfocar a Schell, de modo que pudimos cambiar su discurso del alemán al inglés con una cadencia perfecta al volver a enfocarlo. Su inglés fluyó del alemán con tanta naturalidad que casi se notaba”.
Juicio en Nuremberg incluyó como material documental imágenes reales filmadas por soldados estadounidenses y británicos tras la liberación de los campos de concentración. Las imágenes son exhibidas en el tribunal por el fiscal Lawson, visiblemente conmocionado ante las pilas de cadáveres desnudos dispuestos en filas y arrojados con excavadoras a grandes fosas, algo excepcional para una película del mainstream de la época. Kramer también insistió en las reflexiones sobre el rol de la sociedad civil en el apoyo a Hitler y en la verdadera dimensión de su conocimiento de lo que ocurría en los campos. ¿Hasta dónde llegaba la responsabilidad de los funcionarios judiciales? ¿Solo obedecían órdenes? Y de ser así, ¿era razonable que las cumplieran? ¿Sabían los ciudadanos lo que estaba sucediendo? ¿Podrían haber hecho algo para impedirlo? La mayoría de las preguntas no tiene respuestas fáciles, pero el monólogo del juez Haywood al final, de once minutos, pone al espectador ante esos interrogantes, quizás los mismos que él se plantea cuando conoce a la señora Bertholt y dialoga con ella más allá de sus prejuicios y certezas.

El estreno de la película fue sorpresivo para todos, consiguió un buen rendimiento en taquilla, nominaciones varias a los Oscar, y dos premios importantes, para Maximilian Schell como actor y para Abby Mann como guionista. Kramer se quedó con las manos vacías pese a estar nominado como productor y director. Pero la película sembró debates que aún no estaban planteados, sobre todo en un contexto como aquel en el que la Guerra Fría reconfiguraba las alianzas y las categorías de aliados y enemigos. Y Kramer evitó también convertir a sus compatriotas en héroes de una pieza cuando, preocupado por el golpe en Checoslovaquia, un general estadounidense se une a quienes animan a Haywood a priorizar la reconciliación sobre la justicia en nombre del patriotismo. Haywood declina esa concesión a la posición de Occidente en virtud de lo que considera es el valor de la justicia. Hace dos semanas se estrenó una nueva versión de aquella historia, de aquellos juicios. La coyuntura es otra, muchos más años han pasado. Pero quizás las discusiones que sea necesario darse sean las mismas, aquellas que vale la pena no olvidar para no repetir los errores del pasado.
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