
Julio Llinás: “No conviene conocer a nadie a quien uno admire”
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"Tengo 5 años, es el 30 de junio de 1934. Estoy jugando en el jardín de mi casa en Martínez cuando miro el cielo y veo una enorme sandía gris flotando en el espacio... es el Graf Zeppelin. Ese es uno de mis primeros recuerdos de infancia", ríe el poeta Julio Llinás, que acaba de presentar La mojarrita y el pez, su último libro. "Son 37 relatos brevísimos, para leer y escuchar, donde convoco a sapos poetas, pulgas abandónicas, el gusano Ramón –que vivía en una cueva larguísima en Villa Urquiza– y hasta un pequeño fantasma llamado Hernestosábato", agrega mostrando un pequeño volumen con un CD azul donde navega un pez naranja.
Llinás fue compañero de poetas como Aldo Pellegrini, Enrique Molina, Francisco Madariaga, Carlos Latorre y Alberto Girri. Durante los años 50 vivió en Francia, donde frecuentó el círculo de André Breton. En sus andanzas conoció personajes ineludibles como Marcel Marceau, Boris Vian, Tristan Tzara, Vinicius de Moraes, Oliverio Girondo, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda y tantos otros.
"Sin embargo, creo que no conviene conocer a nadie a quien uno admire. Cuando Victoria Ocampo invitó a la Argentina al poeta Saint-John-Perse, por el que yo tenía devoción, lo conocí en la embajada de Francia. Esa noche lo llevé a mi casa y tras cuatro horas de diálogos dispersos llegué a aburrirme soberanamente. Se diría que la admiración es una artimaña de la imaginación. Y algo semejante me había sucedido años atrás en Europa con algunos grandes figurones del surrealismo. Mis ídolos de barro", explica.
–¿Cómo era Marcel Marceau?
–Marcel Marceau ensayaba los espectáculos de su personaje Bip en un estudio de la Cité Falguière, en Montparnasse, donde yo vivía. Había comenzado a perder el pelo y eso lo preocupaba. Una tarde, como tantas otras, entré en su taller y lo encontré recostado en un diván, moviendo velozmente los dedos de una mano sobre su cabeza. ¿Qué hacés?, pregunté. "Estoy mimando todo ese pelo que se me ha caído", respondió mirándome muy serio.
–¿Y André Breton?
–Creo que mi viaje a Francia no fue otra cosa que una peregrinación para conocer a André Breton, el que para mí, en aquella época, era el máximo gurú. Recuerdo cuando me invitó a visitarlo. Estábamos parados sobre el piso cubierto de aserrín del Café Cyrano de la Place Blanche, en Montmartre, Breton, mi amigo el cubano Wilfredo Lam –alto y flaco, protegido de Picasso, que a los 50 años, según el tono de las luces, parecía un negro de 19 o un chino de 90– y yo. Me dijo: "Lo espero el miércoles próximo, a las 5, en mi estudio, 42 rue Fontaine".
–¿Qué pasó?
–El estudio era un salón curioso donde competían la luz, que entraba por unos grandes ventanales, con un inmenso Dalí, un gran De Chirico y un enorme Magritte. Nos sentamos en sillones monacales ante una mesa de madera y, curiosamente, terminamos hablando de un personaje que ninguno de los dos conocía demasiado: Eva Perón. Breton era un hombre de cara atractiva y tenía una hija de 16 años llamada Aube, muy parecida a él, sin embargo, bastante fea. En enero de 1953 la invité al estreno de Esperando a Godot, obra de Samuel Beckett, en el Théàtre Babylone. Y Breton, abanderado del amor libre, pero celoso como un turco, le prohibió acompañarme con la excusa de que tenía un examen al día siguiente. Tal vez por venganza, Aube reprobó el examen.
–¿Qué más recuerda?
–En la década del 50, la película La edad de oro, de Buñuel y Dalí (1929), estaba prohibida por sacrílega en casi todo el mundo; Francia incluida. Sólo era proyectada muy de vez en cuando en sesiones privadas de la Cinemateca Francesa. Una tarde, Breton me invitó a verla y me pareció el mejor film de todos los tiempos. Sin embargo, hace unos diez años lo volví a ver aquí en Buenos Aires y me pareció lamentable. De todos modos, guardo mi emoción de aquella tarde cuando lo vi por primera vez.
–¿Y Boris Vian?
–Era un hombre joven, nueve años mayor que yo, de grandes ojos azules, ingeniero, novelista, autor dramático, inventor, poeta, músico de jazz, cronista, traductor, autor de canciones, actor, apasionado por las matemáticas y los automóviles. Lo conocí una tarde de 1952, en la Exposijarrition realizada en París por el Colegio de Patafísica. Yo era admirador de Alfred Jarry y con Boris nos divertíamos mucho haciendo humor patafísico en un pequeño bar de Saint-Germaine-des-Prés donde sólo se tomaba vino y en el que era habitué Piéral, famoso actor enano del film de Marcel Carné Los visitantes de la noche. Vian murió a los 39 años, en 1959, de un ataque cardíaco, poco después de asistir al preestreno de la versión cinematográfica de su libro Escupiré sobre vuestras tumbas.
–¿Qué recuerda de Vinicius?
–Cuando conocí a Vinicius de Moraes tocaba el piano y cantaba sus canciones en el João-Sebastião-Bar, de San Pablo. Yo había ido como jurado de la Bienal, y algunas noches, en compañía de Alejo Carpentier y del pintor venezolano Jesús Soto, íbamos a escucharlo. Con frecuencia me pedía que me sentara a su lado mientras tocaba, cantaba y bebía whisky interminablemente. Y así fue como llegué a detestar el olor del whisky y la Garota de Ipanema.




