
June Anderson se lució junto a Juan Pons
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Fue una velada de singular calidad artística, protagonizada por dos cantantes de indudable experiencia, de buenos recursos vocales y poseedores de conocimiento del repertorio. Además, resultaron factores gravitantes para el éxito la excelente labor del joven director de orquesta Kemal Khan y el aceptable rendimiento de la Filarmónica.
Más allá de un sonido por momentos algo voluminoso para el equilibrio con las voces y su falta de práctica en el campo de la ópera (en algunas arias se escucharon peligrosas vacilaciones de lectura), la orquesta logró versiones de buen nivel de ejecución, con el lucimiento particular de los solistas de flauta Oscar Piluso, de oboe Mariano Kraus y de clarinete Martín Taw. Después de la vibrante obertura de "La forza del destino", expresada con los acentos y la expansión del estilo verdiano, la batuta se mostró enérgica y precisa, con claros conceptos sobre los "tempi" y estilos de cada obra, infundiendo a sus subordinados, y en especial a los cantantes, la necesaria cuota de mesura para no caer en ciertas vulgaridades frecuentes en este tipo de conciertos líricos.
De ahí que se pueda hablar con justicia de una noche donde predominaron la dignidad, la sobriedad y la seriedad musical, más allá del gusto que pueda provocar la forma de cantar de cada artista, de su tipo de voz, o de su capacidad sonora.
Exito genuino de Juan Pons
El barítono español Juan Pons salió al ruedo con aplomo y valentía. Una sala completa y la expectativa reinante no eran como para dejar tranquilo a quien debía, en frío, enfrentar "Di provenza il mar, il suol...", de "La Traviata", aria comprometida por su delicadeza, necesidad de utilizar amplio "fiato" y contenida emoción.
No obstante, el artista español buscó y obtuvo con solvencia el matiz liviano, el fraseo mesurado y la musicalidad requerida, como ocurrió luego a lo largo de toda su actuación, creando a partir de las diferentes inflexiones en el decir y la variada gama de matices la caracterización de cada personaje, difícil al estar ausente la acción teatral.
La galería de sus personajes apareció nítido desde ese compungido padre Germont, hasta el arbitrario Lord Enrico Ashton, pasando por un conmovedor Rigoletto, un imponente Gerard (su "Nemico della patria..." fue verdaderamente magnífico), y un siniestro Yago que hubiera sido más diabólico, si se hubiera escuchado su carcajada final, cubierta por la orquesta.
June Anderson y su verdad
La cantante norteamericana June Anderson echó por tierra muchos de los antojadizos comentarios que se tejieron con su frustrada actuación en el Colón.
Su voz es voluminosa y no tiene ningún tipo de complejo en cantar en salas grandes y prestigiosas. Cuenta también con esa preparación académica de las escuelas norteamericanas que otorgan recursos técnicos suficientes para abordar todo tipo de repertorio.
También dio muestras de presencia de ánimo al interpretar la gran escena de Violeta que cierra el primer acto de "La Traviata", obra que, como muchas veces se ha dicho, tiene una protagonista para tres diferentes tipos de sopranos.
Su mejor momento
Si bien es posible señalar que a lo largo de su actuación, tanto como Gilda, Julieta, Dinorah o Lucia, se escuchó una voz de matiz algo uniforme y de poco clara articulación idiomática, lució la extensión de su registro. Al agregar obras de Puccini, y recordando sus recientes actuaciones en Estados Unidos, como en "Norma", de Bellini, quedó flotando una cierta duda sobre su repertorio ideal.
Aunque su momento de mayor calidad y soltura lo obtuvo con "Dinorah", de Meyerbeer, cuya aria de coloratura "Ombra légere...", que rara vez se ha escuchado en concierto, mereció una espontánea ovación. Del mismo modo, en los dúos con Juan Pons mostró la seguridad de una cantante para el repertorio de lírica liviana como Gilda, Julieta o Lucia, que tiende ahora a agrandar el centro y oscurecer algunas notas del grave, pero con esa entrega y pasión de las grandes figuras de la lírica.
La donación del piano Steinway, realizado por el Citibank, es un acontecimiento trascendente para la vida musical en el Colón.
Sobre el escenario lució el instrumento de Hamburgo elegido recientemente por el pianista Bruno Gelber y que según se anunció, será estrenado por el artista argentino a mediados de año.
De todas maneras, fue una lástima que el maestro Kemal Khan, (demostró ser además muy buen pianista), debiera ejecutar con otro piano algunas obras obligadas, como el aria de de "La Rondine", de Puccini, o "Pueblito mi pueblo", de Carlos Guastavino agregadas, respectivamente, fuera de programa por June Anderson y Juan Pons.
Creemos que a Gelber no le hubiera molestado ese modesto adelanto justamente cuando en la sala estaban presentes los miembros del Comité de Directores de la empresa que hizo posible la velada.
Por último, la célebre canción "Non ti scordar di me...", de Ernesto de Curtis, cantada por el barítono, y la difundida "Oh, mio babbino caro", de "Gianni Schicchi", por la soprano, se sumaron para satisfacer un caluroso y sostenido aplauso.
Fue el cierre de una noche feliz susceptible de ser recordada por el prestigio de sus protagonistas, el aporte de la entidad privada y el buen resultado artístico obtenido.
J. S. Bach, ese gran desconocido
Revelación: la versión de la Pasión según San Juan ofrecida en el Colón por el Collegium Vocale Gent reveló aspectos desconocidos del gran compositor.
A veces, la mejor butaca puede resultar incómoda. En el Teatro Colón esto se percibe en las toses, los sordos chirridos y roces de las telas con el movimiento de piernas y brazos, los suspiros, los cuchicheos por lo bajo.
No son pocas las veces que ocurre, y en muchas ocasiones se ha visto la platea, tras el intervalo, convertida en un páramo. En la presentación del Collegium Vocale Gent, con la dirección de Phippe Herreweghe, esta manifiesta incomodidad inicial dio paso a un aplauso sostenido y tan cálido como el que, dicen, sólo es capaz el público argentino.
Es decir, al finalizar la Pasión según San Juan, de Bach, el público no era el mismo que se revolvía en las butacasdos horas antes. Había cambiado su disposición, había recorrido un trayecto importante, por momentos áspero, irritante, en el que sus más cándidas expectativas se habían quebrado. Pero también había obtenido algo a cambio lo suficientemente bueno como para ofrecer semejante aplauso.
Dos auditorios
Desde hace tiempo, y en distintos ámbitos del arte y el espectáculo se contraponen la creación artística que exige un espectador activo, inquieto, cuestionador, a aquéllos productos predigeridos que sólo solicitan un órgano apropiadamente receptivo. Todo indica que cada vez más la sociedad genera este último tipo de producto. El que se traga sin masticar. El que menos participación intelectual, reflexiva y sensible reclama.
Contracorriente vienen naveando desde hace tres décadas quienes comenzaron a investigar y rescatar las más grandes obras de la música antigua. Entre nosotros esta labor tuvo difusión gracias al trabajo de López Puccio y el Estudio Coral de Buenos Aires, de Néstor Andrenacci y el Grupo de Canto Coral, de Sergio Siminovivh y su Música Ficta.
Un movimiento que colmaba de bote a bote cada concierto en la Iglesia Metodista Central, donde aún hoy sigue su labor el maestro Mario Videla, quien junto a Graetzer fundó la corriente más seria en el estudio e interpretación de la música antigua.
Fueron estas las condiciones en las que seformó en nuestro medio un auditorio conciente, que haría posible (junto al tezón del maestro Videla) la llegada al Colón de Herreweghe.
El Collegium Vocale Gent exige un auditorio activo, capaz de acercar el oido al instrumento, de disfrutar del empaste inigualable de estas maderas antiguas y la voz humana, sin volumen, de escasos brillos, en la que el rango entre el forte y el piano se reduce a menos de la mitad de lo que pueden ofrecer las grandes voces de la lírica y una orquesta moderna.
Es una forma de hacer música en la que el placer está en la sutileza y en la revaloración de todos los elementos expresivos y compositivos originales. El texto recupera su valor dramático, acentuado por los silencios, las pausas impuestas en la interpretación. El coro se viste sus galas de tragedia griega, las voces casi camarísticas de los solistas, limpias, de pianísimos sostenidos y vibratos acotados, en el juego con un laud, una flauta o un chelo, a veces un trío, adquieren una capacidad expresiva específica, original e incomparable.
Esta es la primera vez que la Pasión según San Juan es interpretada en el Colón por un grupo de estas características. Es una obra gigantesca. Y sobre el escenario sólo se congregaron una veintena de coreutas y una orquesta que sugiere olvidar a Richter: un contrabajo, dos chelos y una viola da gamba, una viola y dos violas d`amore, nueve violines, dos flautas, dos oboes y un fagot, un pequeño organito y un laud.
En la inmensa sala abarrotada del Teatro Colón, y ante semejante obra esta formación produjo escozor. Escozor que se respiraba en el aire. Y que en el ataque del primer coral con la orquesta sonando a pleno se convirtió en incomodidad. Pero allí estábamos.
No hubo más remedio que acercar el oido, disponer los sistemas sensoriales a un trabajo al que ya no están habituados, atender los armónicos, capturar el sordo roce de los arcos sobre las cuerdas, la dulzura inconcebible de las violas barrocas. Abrir el espíritu a una nueva búsqueda, tomar partido por la música.
Valió la pena. Escuchar semejane obra sostenida con lo mínimo fue descubrir una insospechada fragilidad, una consistencia de encantamiento en la inspiración cumbre de Bach que lo devuelve al reino de los humanos. No es un dios que reza, es un hombre arrodillado.






