
Con Sid Haig, Bill Moseley y Sheri Moon
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Sangre de todos los tipos
Rob Zombie y su homenaje al cine gore
Sin duda esta no es una película buena. Paradójicamente, ese es su mérito, pues el director/guionista/compositor/marido-de-una-de-las-protagonistas, Rob Zombie, diseñó su película para que fuera un auténtico festín de cine gore, en el que buena parte de los diálogos son reemplazados por gritos y jadeos angustiantes y en el que corren por la pantalla hectolitros de sangre. La historia es simple: un grupo de jóvenes toma un desvío en una carretera de algún lugar olvidado de los Estados Unidos y termina en manos de una familia de lunáticos capaces de concebir los más horribles tormentos para sus víctimas. Si lo anterior recuerda a La masacre de Texas [1974], no es casualidad. Zombie es un gran aficionado al cómic, el gore y la serie B, así que no ahorró esfuerzos para que su película luciera barata y sangrienta, además de estar ambientada en los setenta, época dorada de las cintas sanguinolentas. La película cae en todos los clichés del género [excepto en el de poner a sufrir a muchas niñas lindas. Aquí las víctimas tienen aspecto normal y son apenas cuatro] y eso resulta malo para la originalidad de la historia, pero es bueno cuando se trata de rendir homenaje a un tipo de cine que en realidad no aporta nada. Es casi como si alguien abriera un restaurante para homenajear la sazón de McDonald’s, y por eso no se le puede pedir demasiado. La casa de los 1000 cuerpos tiene el sello personal de Zombie, lo cual la acerca bastante a la estética de sus videos y sus presentaciones musicales en vivo, de manera que en aspectos de edición, color y sonido, la película tiene su propia personalidad que la diferencia de producciones similares. La inclinación de Zombie por la estética de videoclip interrumpe en ocasiones el desarrollo de una película que sólo es para aficionados a la época más cruda –pero inocente dentro de su crueldad– del cine de horror.






