La Chiquita Piconera: arte, leyenda y escándalo
En España falleció la musa porteña del pintor Romero de Torres
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MADRID.– Ella se definía como "más porteña que la milonga", nacida en 1914 en la casa que su padre, un emigrante andaluz, tenía en las afueras de Buenos Aires. Pero porteña y todo, María Teresa López fue la imagen de la belleza ibérica que miraba con ojos enormes y asesinos desde los viejos billetes de cien pesetas, estampillas y marcas publicitarias. Y fue también la mujer morena de las coplas que cantaba la España pobre de la posguerra, después de que el pintor cordobés Julio Romero de Torres la descubriera como modelo para su famosísimo La Chiquita Piconera, el lienzo que se considera su testamento pictórico.
Enorme y luminosa, la obra se exhibe hoy en Córdoba y es referencia obligada para los turistas. Bien lejos ya del escándalo de hace setenta años, cuando la visión de esa "Lolita" que desnudaba sus larguísimas piernas y el hombro y miraba con ojos felinos al sitio donde se encontraba el pintor maduro, enfermo y con justa fama de seductor, fue motivo de habladurías y encendió la imaginación coplera de quienes cantaban a mi chiquita piconera, esa carita de cera, a mí el sentío me quita.
Lo que muestran los cuadros no siempre es la vida real. María Teresa, la argentina de carne y hueso inmortalizada por el pintor, vivió desde entonces una pesadilla. "Posar en esa pintura me amargó la vida, la convirtió en un infierno", dijo en su madurez. Así insinuó el drama oculto donde nadie lo adivinaría, en la intrigante quietud pictórica de esa argentinita apenas adolescente que sólo –y nada más– revolvía en el lienzo los carbones de un brasero a sus pies.
El encuentro y el final
Todo empezó una tarde de invierno en la Córdoba de 1929, cuando otra modelo de Romero de Torres –su tiradora de cartas preferida en los cuadros de gitanos– llevó a María Teresa al estudio del pintor, para entonces ya enfermo de una cirrosis galopante. "Quiere conocerte", le aseguró. Ella tenía por entonces 15 años y su familia había regresado hacía poco de la Argentina tras haber hecho fortuna en la tierra que los españoles de esos días consideraban El Dorado. El pintor, que también había prosperado en nuestro país gracias al apoyo de la galería Witcomb, tenía 55, cuarenta más que ella y varios romances a cuestas con otras modelos.
"No pasó nada, juro que no pasó nada. Yo no hice nada", dijo más de una vez María Teresa. Nadie le creyó. Fue la última modelo de Romero de Torres y con su llegada el pintor se revitalizó y trabajó con esmero pese a lo enfermo que estaba. La eligió para varios cuadros, empezó pagándole tres pesetas la hora por quedarse en su estudio todo lo que él dijera y, al final, cuando ella quería terminar con eso, la paga se había más que duplicado hasta las ocho pesetas. Ella no dijo que no.
¿Qué ocurrió en medio? Lo único cierto es una extraordinaria serie de retratos y figuras femeninas y, en todas ellas, el rostro de esa jovencísima "porteña como la milonga". Pero esos días duraron poco. En el otoño del siguiente año, Romero de Torres murió y María Teresa quedó huérfana de pintor y de protección.
"En las calles de Córdoba la gente me insultaba, me decía de todo", recordó, con lujo de detalles. Tuvo que irse. Se casó, tuvo una niña que murió a los tres días de pulmonía, le fue peor y con una fama demasiado fuerte, una carne que no lo era tanto y –encima– el estigma de "mujer separada" en una sociedad donde eso no existía, su vida siguió a los tumbos. Se la ganó como pudo: cosiendo y cocinando para otros. "Serví a mujeres de sociedad que me contaron secretos peores que la historia que a mí se me atribuyó", dijo.
Nunca fue de quedarse callada, pero sí anónima, como transcurrió el resto de su vida. Incluso, cuando en 1953 el Banco de España rescató su rostro otra vez y fue usado en 981 millones de billetes de cien pesetas. Su imagen pasó de mano en mano y de bolsillo y bolsillo, cargando en cada trozo de papel moneda un poco de la paga, la vida y el esfuerzo de los españoles hasta 1978, en que esos billetes dejaron de circular. Su rostro daba vueltas por todo el país y, en esos mismos años, sola y pobre, ella cosía y no olvidaba, olvidada por todos.
Hace poco, los españoles volvieron a saber de ella, porque batallaba como cualquier hijo de vecino por un cobro en la Seguridad Social. Su rostro maduro apareció fugazmente por la televisión y varios diarios le hicieron reportajes con fotos en las que miraba, cansada y mayor, con la misma intensidad de la Chiquita Piconera. Ojos negros, ladrones y brillantes. Si contamos todo esto es porque hace unos días, solos y pobres, dijeron basta y se cerraron, después de 89 años de mirar como describió el pintor en su lienzo.
Pero en Córdoba, frente al fantástico cuadro que fue su maldición, la historia de María Teresa, la porteña con que soñaron miles de españoles mirando un billete, no termina nunca, sino que empieza una y otra vez, con cada nuevo espectador frente al lienzo.





