La década, según Beck
En su nuevo CD, el músico revisa musicalmente los noventa
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La enorme expectativa creada por el sucesor del sorprendente "Odelay", aquel álbum que en 1996 dividió en dos la década musical y ubicó a Beck en el trono del imperio sonoro-futurista, ha llegado a su fin. Pasaron tres años y en ese período ningún artista pudo ocupar el lugar de músico inteligente, moderno y original que se había ganado ese muchachito rubio y lánguido con su cóctel de música folk, hip hop, country, rock y rhythm & blues.
La espera se hizo larga. Tanto que hasta el mismo Beck decidió editar un disco el último año, el despojado "Mutations", pero que, anuncio oficial previo, sólo significaba una transición, un álbum que no tendría que valer como sucesor de "Odelay" en su discografía.
Ahora sí, "Midnite Vultures" ("Buitres de medianoche"), el más reciente trabajo de Beck, acaba de ver la luz. Y tanto se habló de su contenido, de su vanguardia estilística y de su preanunciada originalidad, que, una vez más, Beck hizo todo lo contrario.
Que Beck iba a arrasar con ruidos y ruiditos de última generación. Que Beck crearía nuevos sonidos representativos de lo que vendrá. Que Beck sólo miraría hacia atrás para revolver, mezclar y sacar de su olla musical al Gran Monstruo Sonoro del futuro.
Bueno, nada de eso ha pasado. O sólo en una porción muy pequeña, ínfima. "Midnite Vultures" definitivamente no es "la gran cosa nueva". Incluso las once composiciones que lo integran beben constantemente de las aguas del funk, del rhythm & blues y, en menor medida, del country. Y si el álbum tuviera un padrino éste sería, sin duda, el Prince de los años 80. De nuevo, poco y nada.
¿Esto se traduce en que "Midnite Vultures" no es un álbum bueno? Error otra vez, y nada más alejado de la realidad. Es que si Beck posee una virtud es la de ser un maestro en las artes de la cocina sonora. Un chef de refinado gusto que conoce a la perfección el sabor de cada uno de los componentes con los que trabaja. Y, por lo tanto, se podría decir que el disco no es el futuro, sino más bien una radiografía exquisita de la década que termina: un pastiche musical que recoge influencias de décadas pasadas -los sintetizadores y baterías electrónicas de los años 80 aparecen como base de la mayoría de las canciones- y las fusiona con los elementos rítmicos de los 90.
Un Beck de varias cabezas
Así, el tercer disco oficial de Beck Hansen marca como ningún otro álbum este fin de siglo en el que la fiesta parecería ser la protagonista excluyente: "Midnite Vultures" está impregnado de baile, sexo, ritmo, ironía, diversión y huele a espíritu salvaje.
Según aseguró el mismo Beck, éste es un disco para escuchar en un automóvil un jueves por la noche. Un momento ideal para comenzar a festejar. Lo que sea, pero festejar.
Esa es la propuesta desde el comienzo con "Sexx Laws", el tema que abre el disco a ritmo acelerado y en el que confluyen tanto la influencia de los Beach Boys como la de los Beatles de la última época. Allí, Beck arranca burlándose de las "leyes sexuales" que promulga el sector más conservador de la sociedad norteamericana: "Quiero desafiar la lógica de nuestras leyes sexuales/ dejar que las esposas resbalen de tus muñecas/ dejarte ser mi guardián". Hasta parecen esos versos ambiguos que solía escribir el mismísimo artista anteriormente conocido como Prince, cuando "Purple Rain" y "Sign O´ The Times" sorprendían al mundo a mediados de la última década.
Luego, llegan "Nicotine & Gravy" y "Mixed Bizness" para confirmar cuánto estuvo Beck escuchando, últimamente, los discos del moreno de Minneapolis. Funk sexy adrede, con algunos gritos y susurros a lo James Brown, complementado por la batería de jueguitos sonoros -¿marca Acme?- con la que el músico acostumbra sazonar sus composiciones.
En la robótica "Get Real Paid", el pequeño Hansen se acuerda de algunos viejos trucos usados por los alemanes Kraftwerk, para, una vez más, volverse sensual en "Hollywood Freaks" y en "Peaches & Cream", otra vez con sello Prince.
Por momentos parece que Beck no sólo se empapara de las influencias musicales, sino que hasta robase desprejuiciadamente para armar su collage sonoro. Y así su verdadera identidad se desfigura. Pero el resultado final es tan bueno que ese robar y robar termina siendo el juego en sí. Varios Beck en uno, o un solo Beck de varias cabezas.
En "Midnite Vultures" también hay lugar para el espacial "Beautiful Way", en el que a Beck lo acompaña la hermosa voz de Beth Orton; la locura estridente de "Presure Zone", y el final soulero de "Debra", tema surgido durante la composición de "Odelay" y que Beck solía tocar en sus shows.
Así, Beck cierra la década que lo descubrió y lo elevó al rango de supermúsico. Desde su estudio -o quizás haya que decir laboratorio- de grabación, vuelve a sorprender y deja constancia de por qué, en un futuro lejano, para entender el rock hecho en los años 90 habrá que remitirse, indefectiblemente, a su discografía.
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