Radiografía de un cyborg de la conducción al frente del show político menos pensado; una entrega del Especial TV de julio
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Cuando llegue a casa, a eso de la una de la mañana, Santiago del Moro no va a servirse un whisky ni un té de jazmín para bajar de dos horas tensas de televisión, hoy potenciadas por un cuello de camisa con incrustaciones que lo incomodó durante todo el programa, aunque para la cámara seguía siendo una figura de cera animada por la energía del Minuto a Minuto. Va a darse una ducha y así como esté, en calzones, se va a comer un flancito con dulce de leche de supermercado. Después va a acostarse junto a María, su mujer de toda la vida, y dormirá unas tres horas antes de despertarse a las 5 AM. Cuando salga a la calle, todavía de noche, lo estará esperando Jesús. Jesús es el portero de su edificio, con quien acordó un servicio de remisería para ir y volver de sus trabajos. De 6 a 9, Del Moro estará al frente de Mañanas campestres en Pop Radio, el programa que lidera su franja en FM, y en el que comparte micrófono con personajes como Diego Brancatelli, su viejo columnista deportivo devenido en bravo pastorcillo kirchnerista. Volverá a casa a tiempo para prepararle el mate cocido a su hija mayor, Catalina, de 4 años. Hará lo que tenga que hacer (banco, dentista) y, luego de almorzar, cumplirá un segundo turno de descanso que le permitirá sumar, en el mejor de los casos, seis horas diarias de sueño. Después, un poco de gimnasia ("Me lo recomendaron, porque no es sano dormir salteado, por eso también me hago chequeos médicos cada seis meses") y a la noche volverá a subirse al auto de Jesús, esta vez para ir a América a hacer Intratables, el show político que lo consagró como conductor televisivo, un oficio que, para desempeñarlo realmente bien, como dice Del Moro en su resaca clean de medianoche, "te puede llevar toda la vida".
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Fuera de casa, Del Moro es una proyección perfecta del animal televisivo, aun cuando no esté en el aire. Siempre parece apurado, como si debiera el PNT de una crema dermatológica o como si alguien le silbara el chamamé frenético del rating por una cucaracha invisible. La rutina marcial que se impone está regida por la misma lógica del Minuto a Minuto ("mi enemigo íntimo"), y siente que cualquier pieza que saque de lugar puede desmoronar el jenga. "Soy muy celoso de mi tiempo. Armé mi vida como un rompecabezas, y sé que cada cosa que haga de más, le resto a otra y llego con el tanque vacío. El aire te demanda mucha energía."
Durante dos años y medio, hasta que dejó Infama al final de 2014, Del Moro probablemente batió un récord mundial: entre Mañanas campestres, Infama e Intratables sumó siete horas diarias de conducción en vivo. "Tengo la posibilidad de switchear completamente. Se apagó la luz y vuelvo a ser el de antes", dice. "No comulgo con nada de lo que vendo. Mi vida es totalmente… básica, estándar, sin altibajos."
¿Qué lo convirtió en un killer de audiencias, en un caso de éxito tan particular? Sus habilidades tal vez no impresionan a primera vista. No tiene opiniones contundentes sobre nada, no es especialmente gracioso, tampoco suele forzar empatías con el espectador. Sin embargo, y más allá de su presencia física, Del Moro es un tiempista que administra los altibajos emocionales del show con rara maestría. "Cuando veo los laburos que he hecho, todo tiene que ver con el timing", dice sentado en el control de América; media hora después del final de Intratables, la sala es una pecera oscura salpicada por los foquitos de las máquinas en stand-by. "Para hacer esto tenés que ir un paso adelante del problema, para saber cómo solucionarlo. Creo que ése es mi valor agregado."
Una hora antes, el control podía pasar por un centro de monitoreo espacial. En contraste con el clima adrenalínico y escandaloso del piso, una arena de riesgo pero a esta altura obligatoria para todo el arco político, el equipo de producción supervisa y ordena el envío casi en silencio. En una primera línea, delante de un mosaico de televisores con todos los canales, el jefe de producción José Núñez clava el navegador en la intranet del Minuto a Minuto, y le comunica los vaivenes de medición a Del Moro, que a la vez procesa los datos y toma sus decisiones en directo. Es el día después de la marcha contra la violencia de género. Cuando está hablando la mamá de Melina Romero, la chica de 17 años asesinada el año pasado, el director poncha una foto de la víctima en pantalla grande. Del Moro hace un gesto de barrido con la mano y ordena: "Sacá la foto de Melina".
"Me pareció de mal gusto", dice Santiago después, fuera del aire. "No está desaparecida, ya está muerta. No suma en nada mostrarla. Además está la madre ahí...". Así como por momentos parece un cyborg conectado a una fuente de Ibope, Del Moro también deja ver su lado sensible cuando las cosas se ponen espesas o alguien cruza un límite que no le gusta. "Siempre traté de que la televisión o la frivolización de este medio no matara mi parte humana. Yo tengo mi costado frívolo, me apasiona hacer televisión con todo lo que incluye. Me gusta que me vaya bien, soy vanidoso, pero nunca dejé de ser una persona que se sensibiliza por el dolor del otro. Cuando sos pendejo y no tenés hijos, sos un anarquista rebelado del sistema y no te importa nada porque creés que todo es infinito. Después empezás a entender un montón de cuestiones."
Probablemente está pensando en él mismo a los 23 años, cuando entró a trabajar en MuchMusic (por alguna razón, casi todos en el canal creían que tenía 19). A fines de los 90 y principios de los 2000, una nueva camada de realizadores encabezada por Mariano Cohn y Gastón Duprat (creadores de Televisión abierta) transformó la franquicia de videoclips en un laboratorio televisivo juvenil. Dándole aire a un ejército de refugiados en la fantasía del pop –nerds, gays, ravers, víctimas del bullying, princesas de barrio en sus fiestas de 15–, aquel Much anticipó fenómenos como el de los floggers y los youtubers. En esa plataforma, Del Moro fue una suerte de héroe accidental, aunque es cierto que había pocos que tuvieran su convicción y sus ganas de triunfar.
Santiago creció en la localidad de Tres Algarrobos, un pueblito bonaerense de 3 mil habitantes al que sólo llegaba el canal 12 de Trenque Lauquen, que retransmitía programación de Buenos Aires. En Intratable, la autobiografía que publicó el año pasado, Del Moro rememora: "Me veo esperando mi programa favorito o quedando obnubilado por los colores flúo, vibrantes y brillantes de Telefé en los 90, donde la gente parecía feliz las 24 horas". En esos días, el futuro paladín del zapping, bajo el influjo de ese único canal, quedó hechizado con Jugate conmigo, y se sentía "uno de los chicos de Cris Morena".
El padre era un buscavidas que había probado suerte en Buenos Aires vendiendo enciclopedias, jugando al póker, durmiendo en un cabaret. Finalmente volvió a Tres Algarrobos y sentó cabeza con la madre de Santiago, una docente interesada en el arte y la moda: escuchaba Giorgio Moroder, vendía ropa Gucci en su propio local (La Covacha) y, según Santiago, fue la primera en importar la minifalda. En ese pueblo agropecuario, los Del Moro tuvieron dos nenas y un varón y abrieron una funeraria en uno de los ambientes de la casa de la abuela. Santiago iba a pasar las noches ahí, y su dormitorio estaba pegado al lugar donde velaban a los muertos. A veces se despertaba y escuchaba desde el pasillo el llanto de los deudos. También jugaba a las escondidas y se metían en los féretros vacíos. Recién entendería algo más a los 7 u 8 años, cuando murió su bisabuela y conectó todo –el llanto, el olor a café que impregnaba la casa– con la pérdida de su familia.
Como buen fanático del control, a Del Moro no le gusta dar notas a medios escritos. "Yo soy un manipulador, y no me gusta que me manipulen", me dice la primera vez que nos vemos, un minuto después de salir del aire, en el borde del estudio circular de Intratables. Tal vez por eso publicó su autobiografía, aun cuando no le interese la escritura. En el libro, Del Moro compone su propio camino del héroe, no exento de cierto ánimo mitificador, en el que un muchachito de la patria rural conquista la metrópolis sobre la base de esfuerzo y carisma. En ese relato automodelado, Del Moro identifica un rito iniciático a sus 11 años, cuando una tarde a la hora de la siesta entra por primera vez en Life, el boliche que tenía su tío en Tres Algarrobos, y queda fascinado por el nuevo sistema de luces. Fue como entrar por primera vez en un estudio de televisión, esos lugares refrigerados a tope e iluminados con flashes, cápsulas de irrealidad en las que se sentía mejor que en ningún otro lado. Santiago empezó a frecuentar la discoteca y a meterse en la cabina del disc jockey, y ahí descubrió la música bailable del momento ("INXS, Love and Rockets, Public Image Limited", enumera). Le gustaba la noche, y su papá lo dejaba hacer siempre y cuando se levantara temprano al día siguiente. A más tardar a las 8 de la mañana, entraba en la pieza de Santiago y lo despertaba al grito de "dale que te comen los piojos" (aún hoy, cuando suena el despertador a las 5, Del Moro invoca esa frase para salir de la cama). A la vez, unos amigos de la hermana mayor instalaron una radio pirata en un criadero de chinchillas que tenía un médico del pueblo en el altillo de su casa, y la llamaron FM Corsario. Santiago empezó a hacer algunas horas de aire.
Cuando terminó el secundario se mudó a Buenos Aires y cursó los cuatro años de Comercio Internacional en una universidad privada que prefiere no mencionar "para no hacerle propaganda". Lo mantenían los padres desde Tres Algarrobos ("Siempre fuimos clase media bien"). En unas vacaciones de verano, volvió al pueblo y con un par de amigos reabrió el viejo boliche de su tío, que por entonces estaba cerrado. Lo llamaron Margarita, copiando el nombre de la rockería clásica de Avenida Cabildo, repatriaron al antiguo disc jockey de Life y armaron la convocatoria para la gran apertura. "La gente hacía cola para entrar", dice Del Moro. "Yo me creía el rey de la noche." Pero el furor no iba a sobrevivir a la inauguración, y Santiago aprendió que el éxito puede ser una cosa muy fugaz. "Cuando ya habíamos prendido las luces y la policía nos ordenaba cerrar, un pibe me viene a comprar una cerveza y yo le digo que no. Ahí aprendí la lección, porque nunca más vendí una cerveza. En la vida es mejor pájaro en mano."
De vuelta en Buenos Aires, le faltaban seis finales para terminar la carrera, pero él veía a sus compañeros de traje y se sentía "el Che Guevara". Había tenido una discusión fuerte con el decano en una fiesta de la facultad, y claramente su futuro no era una carrera en la Aduana ni en una gerencia. Lo suyo era hablar frente a un micrófono (aun cuando no tuviera muy claro qué decir), las discotecas, el entretenimiento. La vida como un Jugate conmigo en continuado. Así que no bien consiguió un contacto en Much fue directo a los estudios de San Telmo con una idea para un programa, porque era un muchacho ambicioso y creía que llevar un proyecto le daría ventaja. Después de varias visitas en las que no pasó de la recepción, logró sentarse frente a un par de productores que lo escucharon sin demasiado interés. "Paren", recuerda haber dicho. "Sepan que yo voy a trabajar acá."
Era agosto de 1998. Guillermo Mastrangelo, que por entonces estaba a cargo de la programación pop del canal, incluido el legendario MuchDance, vio en ese rubiecito de ojos azules un claro potencial estético. "Tenía ese aspecto de backstreet boy pero además sabía de música, no era un improvisado", dice Mastrangelo, hoy productor de Bendita TV. "Así que le hice un casting, lo edité, se lo mostré a Ralph (Haiek, fundador de MuchMusic Argentina) y ahí nomás empezó a hacer exteriores, entrevistas, el segmento teen."
Del Moro era un notero freelance: le salían viajes al exterior y reportajes a estrellas. En esos primeros tiempos entrevistó a Alanis Morissette, a Gustavo Cerati, a David Bowie. Dice que todo se daba de casualidad, en general porque la primera opción no estaba disponible. Sin embargo, su etapa más recordada empezó en el 2000, cuando el canal dio un giro conceptual, restando minutos de aire a los videos e incorporando al público como parte del contenido. La edad de oro de MTV Latina con Ruth Infarinato como madrina cool ya había pasado y MuchMusic ofrecía una versión doméstica, popular y pobretona que captaba el momento social del país. En un síntoma que se repetiría a lo largo de su carrera, Del Moro fue la encarnación inesperada del fenómeno, convirtiendo un programa diario de rankings (Countdown) en un freak show con picos de rating dignos de un canal de aire. Por entonces su personaje televisivo, un jovencito áureo y eléctrico cruzado por raptos de euforia, cuelgues aparentes, gestualidad robótica y una verborragia supersónica, ya era algo indescifrable, y suscitaba todo tipo de preguntas: ¿Es así? ¿Se hace? ¿Está drogado?
"Se decía que estaba puesto de ácido", recuerda Del Moro. "Y yo siempre fui una persona extremadamente sana. Lo que estaba era enojado. En 2001 empecé a darme cuenta de que tenía un montón de proyectos para mi vida y el país se estaba prendiendo fuego. Todo el mundo se iba a la mierda, había cola en las embajadas, la gente se sacaba la ciudadanía de Alaska... Y vos decías: ‘Mierda, qué cagada’. En ese momento me sale el programa diario en Much, y me dan total libertad. Fue casi una anarquía. Por eso hacíamos cosas como ‘Escalera a la nada’, eran sátiras de reality shows y de todo lo que pasaba en el momento. He hecho programas agarrándome la pija y puteando al Presidente de la Nación. Realmente estaba enojado. Me pagaban con patacones y lecop, ¿entendés? Eramos la contracultura de MTV, que salía desde Miami. Por eso yo nunca me consideré un VJ, porque llegué después. Yo fui post-VJ. Y para mí Much tiene algo del primer amor, la facultad más maravillosa del mundo. No sé qué conductor joven tiene la posibilidad de estar cuatro horas por día al aire."
Juani Cabello, el chico de lentes que era su ladero en Countdown (y que hoy está, como productor ejecutivo, detrás de un nuevo relanzamiento de MuchMusic), recuerda la pasión del primer Del Moro. "Siempre me llamó la atención las ganas que tenía de comunicar, salir al aire, mostrarse, trascender. Eramos dos pelotudos haciendo locuras en cámara, dos pibes del interior (yo soy de Bahía Blanca) con ganas de hacerse la América en Buenos Aires. Hijos de maestras de escuela fascinados por la potencia mágica que tiene la TV en el interior, esa capacidad de transportarte a otros mundos."
Pero Del Moro, que ya era el pibe inquieto que se quería ir rápido de las fiestas, sentía que había tocado techo en ese canal de nicho. O en todo caso necesitaba más. "Me di cuenta de que el mundo de la música estaba terminando", simplifica. "Y yo quería ser conductor de tele, no morirme como posible VJ."
En 2004, MuchMusic cambió de manos y las nuevas autoridades decidieron ponerle fin al período freak. Le dijeron a Santiago que lo querían como "un simple presentador de videos". "Me echaron muy mal", dice ahora. "O me corrieron delicadamente. Volver a presentar videos era bajarme los pantalones. Así que les di la mano y les agradecí: les dije que me habían pateado el nido, que la comodidad se paga cara, y cuando uno está tan protegido es difícil irse. Y como también me vine de mi pueblo a los 17, 18 años, yo sé lo que es irse. Desde ese momento no tengo miedo de irme de ningún lado. Es más, hago cada programa como si fuera el último. Mi metáfora es que siempre estoy con el bolsito en la mano. Sé que algo voy a encontrar, porque confío en mí, no soy parecido a nadie. Siempre me vi como uno de esos yuyos que crecen guachos al costado del camino."
Un miércoles de junio, Del Moro, de 40 años, me recibe al anochecer en su casa, en una calle tranquila de Belgrano. Es un piso reciclado en un edificio bajo y antiguo, de estilo clásico, y ahí vive con María, también de Tres Algarrobos, y sus dos hijitas, Catalina, la de 4, y Amanda, de 1 año. En el living la iluminación es baja, casi de posición, y en la pared enfrentada al balcón resalta una pintura grande de Milo Lockett. Sobre la mesa ratona hay un libro del fotógrafo David Lachapelle, y suena un tema de Air desde la aplicación Rdio. Todo contribuye a la atmósfera blanda del momento de Del Moro, que acaba de despertarse de una siesta corta. Está vestido con un buzo negro con capucha y unos pantalones bali. "Mi costado vanidoso lo exploto en la tele", comenta. "Fuera de cámara voy vestido así nomás. La gente ni me reconoce cuando me ve en la calle. Nunca me había puesto un traje hasta que empecé en América."
En 2008, después de algunos años en los que trabajó en distintos programas olvidados (incluyendo Clase X, un ciclo de televenta que condujo junto a Maju Lozano), Del Moro fue convocado por José Núñez para conducir un show de farándula al que llamaron Infama, cita indirecta al disco más despampanante de Babasónicos. Del Moro siempre fue un baby face, y como en la televisión de la tarde también "te tienen que comprar las señoras", lo primero que hicieron fue darle un traje, pero le quedaba grande. "Viste cuando muere el tío y heredás el traje para los cumpleaños de 15... Entonces vi un documental de Las Vegas de los 60, 70, y me encontré con todos esos conductores medio decadentes de los casinos, que usaban trajes entallados, con pantalones Oxford, las hebillas de los cinturones bien brillosas. Me gustó. Después busqué fotos de los conductores de acá, y me di cuenta de que los más compadritos de esa época, los más cheroncas –Soldán, Fontana, Simons–, usaban esos sacos claros más estructurados, con hombreras, los pantalones anchos, las corbatas de colores… Y fui por ahí mucho tiempo. Entendía que jugar con la ropa me ayudaba, más en un programa sobre famosos con esas llamaradas de fondo. Era un poco esa cosa fascinante, glamorosa y decadente que tiene la farándula en el mundo."
Infama fue un salto en la carrera de Del Moro, que a diferencia de otros referentes de su generación tenía una convicción inquebrantable sobre el oficio, y nunca vio la conducción como un puente hacia el periodismo. Para Del Moro, la conducción no es el medio sino el fin, y esos años entre Much e Infama, que desde afuera tienen el tono engañoso de la derrota, para él fueron buenos años de trabajo. Hacía tiempo que había aprendido a no despreciar nada: nunca sabés cuándo podés estar vendiendo la última cerveza de tu vida.
En América, el ex chico desequilibrado de Much volvía convertido en un titiritero del show business. Infama fue un éxito y el perfil convocante de Del Moro se completó al año siguiente, cuando Daniel Hadad lo llamó para hacerse cargo de la mañana de Pop. Hadad le dijo: "Vos vas a estar primero". A Del Moro le pareció una locura, básicamente porque competía con ¿Cuál es?, el ciclo de Mario Pergolini en Rock & Pop que detentaba un liderazgo de 18 años. Pero Hadad tenía razón: Terapia despareja acabó con el reinado de ¿Cuál es?, y un par de años después, cuando Pergolini ya se había ido de la Rock & Pop para fundar Vorterix, mandaron a Del Moro a la primera mañana de Pop, y desde 2012 lidera esa franja con un margen que no se repite en ningún horario de la FM. "Mañanas campestres es el mayor éxito de mi carrera", dice Del Moro, que maneja su victoria numérica sobre Pergolini con mucho tacto. "Pergolini va a seguir siendo un número 1 toda la vida, y yo no sé dónde voy a estar", dice en un gesto reverencial que también funciona como mecanismo de defensa a futuro: "Así tiene que ser. No me gustaría que el día de mañana venga un pelotudo a faltarme el respeto".
Intratables surgió en 2013 como un programa de verano basado en la edición de contenidos ajenos, en la línea Duro de domar. El éxito rápido lo consolidó como producto estable, y con el tiempo notaron que el debate de actualidad (inseguridad, economía) les daba el mejor rendimiento. En un escenario de TV abierta partido políticamente entre 678 y Jorge Lanata, Intratables se presentaba como el outsider que venía a enlodar la grieta, metiendo mano en los temas del día con más efectismo que profundidad, llevando a escala de show las peleas cotidianas que se daban en las mesas del país. Un desfile incesante de políticos y opinadores en cortocircuito, con picos de tensión como el que protagonizó Luis D’Elía en 2014, en un estallido emocional que rozó el colapso ("amor amor amor"). "Traté de hacer televisiva la política", dice Del Moro sobre el programa, como si todo fuera parte de un plan.
El periodista y profesor universitario Carlos Campolongo se incorporó al panel a fines del año pasado, y en el clima explosivo del show representa el viejo paradigma de la discusión política, equilibrando posiciones tajantes con rasgos de caballero peronista. "Intratables se asemeja a Twitter, donde hay que desarrollar argumentos-título en 140 caracteres", dice Campolongo. "Y también digamos que somos una expresión de la subcultura dominante, que baja desde la propia Casa de Gobierno, y que consiste en la descalificación de ciertos otros. Somos sujetos de esa lógica."
Franco Torchia entró en MuchMusic cuando Del Moro ya llevaba ahí un par de años. Licenciado en Letras, fue otro protagonista de la etapa freak del canal, produciendo durante un tiempo Countdown y dándole voz al recordado Cupido, como una suerte de Roberto Galán en off para adolescentes de la Generación Y (el programa ahora está de regreso). Casi una década después, Del Moro lo convocó para el panel de Intratables, donde estuvo hasta septiembre del año pasado, cuando decidió irse. "El programa cometió el peor crimen que se puede cometer en televisión: se tomó en serio a sí mismo", dice Torchia. "La TV no está para hablar en serio, pero ahí todos creen muy seriamente que son parte del gran debate argentino. Intratables ya no es un debate ni es un show; se quedó a mitad de camino. Y lo que me sorprende es que, en muchos casos, está consumido como verdad. Entiendo que para varios panelistas representa la apoteosis de su capacidad de opinión, y que hay periodistas que van al piso con unos niveles letales de erección. Pero yo ya no tenía nada que hacer ahí."
Torchia salva a Del Moro de lo que él considera una crisis de identidad del producto. "Creo que es el único que sabe que lo que está haciendo ahí no es verdad. A su manera, él maneja cierta ironía. Para Santiago Intratables es una consagración en todo sentido, una plataforma de despegue fenomenal." Campolongo coincide: "El de Santiago es un caso de liderazgo mediático. Tiene mucho carisma y una inteligencia intuitiva del timing. Logra que nadie monopolice la palabra, mantiene vivo el interés, te marca la cancha y da espacio para el descargo". "Siempre ha sido un encantador de serpientes", dice Juani Cabello. "Una vez le escuché decir a María Julia Oliván que no sabía si era un genio o un farsante. Y como que Santi siempre está entre esos dos polos. En las cuestiones laborales es aguerrido, histérico, celoso, pero creo que es una coraza. En su fuero íntimo es muy sensible y normal."
Si Intratables lleva el arte menor del chicaneo a escala de espectáculo, Del Moro es el extranjero político que administra el desorden: puede favorecerlo o contrarrestarlo. Lo que no puede permitir es que la cosa decaiga. "Es el programa más difícil de hacer de la televisión actual", asegura él. "Se trabaja a micrófono abierto, con mucha gente. Es 100% visceral, y es imposible armarlo con anticipación. La rutina se te puede romper a los cinco minutos. Pero yo a esta altura laburo tan tranquilo con el vivo que puedo estornudar y que nadie se entere."
"Hay días en que lo veo aburrido", dice Torchia desde su posición de ex. Sin embargo, el aburrimiento no parece cuadrar del todo en el personaje Del Moro: cuando empieza a asomarse, lo ataca la desesperación. Un rato antes de nuestra charla en el control, el intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, se presentaba por primera vez en el programa, y cada vez que hablaba se producía un momento de sopor. Le digo a Del Moro que se lo notaba inquieto. "Esto es como si hubiera toda una banda tocando y hay uno que desafina", explica. "Yo tengo un termómetro interno, que parte un poco de mi ansiedad, y necesito que todo me genere ritmo. Todo para mí es muy musical, y los invitados tienen que dar en la nota."
Como en el final de una sinfonía nerviosa, Del Moro consulta su reloj pulsera cuadrado, del tamaño de una galletita Lincoln, y me dice que se le acaba el tiempo. Puede que piense en los minutos de sueño que le está restando la entrevista, o en el rato con su mujer que se pierde por este trámite periodístico. "Cualquier cosa me llamás", dice y corre al camarín. En tres minutos se cambia la ropa elegante de conductor por el buzo, la gorra y la mochila. Sale al centro de Palermo Hollywood, una noche agitada por el humo de las parrillas y la rotación intensa de los bares, y se mete en el auto de Jesús.
Por Pablo Plotkin
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