
La dueña de los mediodías
Mirtha Legrand, cuyos almuerzos televisivos cumplen mañana tres décadas, le confiesa a La Nación : "Es un buen momento para despedirse"
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Está de buen humor porque parece enojada. Mirtha Legrand no quiere reportajes ("después los leo y me pregunto cómo dije esto"), tiene dolor de cabeza y turno para el dentista. Y allí donde el periodista ve una entrevista postergada sin remedio, Carlos Rottemberg, productor de "Almorzando con Mirtha Legrand" advierte el momento justo para hablar con "La Señora". Y tiene razón. El aniversario de su programa la encuentra en plena vigencia y desde allí Mirtha recuerda, de a ratos divertida, a veces melancólica, su vida frente a la pantalla.
El 4 de junio de 1968 se emitió por primera vez "Almorzando con las estrellas". El ciclo pronto incorporó el nombre de la conductora y desde entonces se convirtió en una marca registrada. A lo largo de estos 30 años se sentaron a la mesa de Mirtha buena parte de los personajes que, para bien o para mal, forjaron la historia política y cultural de la Argentina.
"Alejandro Romay tuvo la idea del programa", recuerda con exactitud Mirtha.
"Yo había ido a "Sábados de la bondad", un programa de Canal 9 producido por Héctor Coire. Fui a concursar a beneficio del Instituto del Quemado y gané. Al terminar el programa, Romay me invitó a su oficina, junto a Samuel Yankelevich. Recuerdo que estaba mirando a través de un gran vidrio hacia el estudio y dije qué lindo era hacer un programa así, donde no tuviera que estudiar y pudiera ser yo misma, con mis defectos y virtudes, con una personalidad que el público desconoce de los actores. A los pocos días me llama Romay para proponerme "Almorzando con las estrellas". En realidad, el creativo de todo esto fue Samuel Yankelevich, con un programa que se hacía en Radio Belgrano: "Tomando el té con las estrellas". Romay quería 12 invitados a la mesa, por eso de que los apósteles son doce (se ríe). Pero a mí me pareció mucho." De cualquiera manera, Mirtha "no esta segura" de que don Alejandro haya compartido la primera mesa. "Estaba Daniel (Tinayre), Duilio Marzio, Alberto Migré, Leopoldo Torre Nilsson y su esposa, pero a Romay no lo recuerdo", precisa.
A poco de andar, la éxitosa fórmula fue copiada con pocas variantes por varios canales y personajes. En enero de 1973, Mirtha se instaló en Canal 13, abandonando las huestes de Romay, que puso en el aire un programa similar conducido por Nélida Lobato. En el mismo horario, Canal 11 comenzó con "Almorfando con la Chona", conducido por Haydée Padilla. Sin embargo, esa competencia, comparada con la actual, a la conductora hoy le parece un juego de niños. "La televisión se ha transformado en una cosa tan competitiva que es de una crueldad espantosa", asegura.
En la década del setenta las convulsiones no pasaban precisamente por el tema del rating.
-El libro "El presidente que no fue", de Miguel Bonasso, señala que usted invitó insistentemente al candidato Héctor Cámpora a su mesa y él no aceptó.
-Honestamente, no recuerdo ese episodio.
-De esa época, dijo que el deporte nacional era criticarla.
-( melancólica ) Sí. Era un deporte nacional.
-¿Esto todavía la entristece?
-No. Con estos almuerzos he pasado todos los gobiernos, por todas las opiniones, me han ridiculizado, han hablado mal de mí, me han frivolizado. Pero en el fondo los he vencido ( sonríe ) a través de los años.
En 1974, un comunicado anunció que el programa había sido levantado por "comprometer el proceso de unidad nacional".
"Tenía dificultades para trabajar. Me prohibieron en la época de Isabel Perón y López Rega. En ese momento pensé que las cosas se ponían muy duras y difíciles. Estaba en Canal 13 y me sacaron. Debe haber sido en 1974 o 75. Fui al canal y el mismo portero que todos los días me saludaba, me paró con una mano y me dijo: "Usted no puede entrar". Ahí fue cuando Isabel me concedió una entrevista en Casa de Gobierno y me dijo: "¿Por qué la sacaron, señora Legrand?". Y le respondí: "Creí que usted me iba a dar explicaciones, no que me las pediría. Honestamente no sé qué pasó". Creo que en ese momento había un secretario de Prensa y Difusión al que no le gustaba mi forma de ser o el programa."
La conductora tiene una explicación, que hace extensiva a todos los avatares del ciclo:"Este programa ha servido para todo. Para que lo censuraran, para que alguna gente dijera "no la queremos a la Legrand" o "si la gente no come, que no coma Mirtha Legrand en la televisión". Ha dado pasto y motivo para todo. Pero sigo mi derrotero (ríe). Esto ya es histórico. Romay también me prohibió en algún momento volver al canal".
-¿En qué circunstancias la prohibió Romay?
-Era un momento muy difícil de la Argentina. Estabamos en el estudio de calle Gelly, había una chilena como invitada que hizo una suerte de apología del gobierno de (Salvador) Allende. A Romay le molestó, entró al estudio y dijo que no se hablara de política en el programa. Siempre tenía cierto prurito en hablar de política o temor a comprometer al canal. Hubo un intercambio de palabras, le dije: "El programa lo conduzco yo y no me gusta que intervengan". Y al día siguiente no me dejaron entrar al canal.
-En 1976, regresó a la tevé con los canales ya intervenidos.
-Firmé un contrato con ATC en la época de los militares. Después vino el famoso tope. Le hice un juicio al canal, la única que le hice un juicio a los militares; lo gané, pero nunca me lo pagaron. Yo dije que todo el dinero que me correspondiera lo iba da donar. Y nunca me lo pagaron. Y lo dejé pasar. Pero son cosas que no he comentado nunca...
-De cualquier modo, no debía ser muy agradable trabajar en ATC en ese momento.
-No, también trabajé en la época de Isabel, que tampoco era muy agradable. Trabajé en la época de Cámpora, de Perón... La gente es muy tonta, entonces los dirigentes políticos o el gobierno se creen que influye mucho este tipo de programas y quieren todo a favor, y eso no sirve.
-¿Cuál es su límite?
-Los canales tenían interventores, había listas negras, grises, blancas y yo luché contra todas. Decidían "éste puede venir y éste no puede". Había un interventor y un periodista muy importante ahora, en un diario que es más bien de izquierda, que estaba como interventor en Canal 13. Todos los canales me querían tener. Yo estaba en el 13, bastante cómoda, pero la situación era complicada, difícil. Digitaban los invitados. Y cada día preguntaban "¿Y usted qué dijo? ¿Habló mal de tal cosa?" Y yo me mandaba a fondo, pero había riesgos y situaciones incómodas, desagradables, que honestamente no me daba cuenta de que eran censura o falta de libertad. Sentía como que me coaccionaban, que me impedían decir lo que yo quería, y con el correr de los años me di cuenta de que existía un control.
-¿No lo veía como censura?
-No, lo veía como una cosa normal, "pero estos militares qué raros que son, por qué no nos dejan trabajar tranquilos..." Honestamente, quiero decir que siempre he sido bastante valiente, porque aun en circunstancias adversas he llevado gente que molestaba a los gobiernos, pero en el fondo, de verdad, siempre he sido tratada con mucho respeto por todos los gobiernos, porque creo que se daban cuenta de que no podían conmigo.
La nueva Mirtha
La década del ochenta transcurrió sin que Mirtha estuviera en los canales abiertos. Mientras trabajaba en el cable, no dejaba de espiar qué ocurría en el medio. "Vi mucha televisión y me dije "voy a hacer lo que me gusta; yo voy a ser auténtica". Así me fui afirmando con el paso del tiempo y me siento más segura", comenta.
Con la seguridad del navegante que pudo capear todas las tormentas, Legrand dice: "La verdad es que no tengo miedo". A partir de esa seguridad, y decididamente instalada en su remozada imagen, a partir de 1990, cuando volvió a la pantalla, hizo cada vez más evidente un estilo que su audiencia celebra y no pocos invitados temen padecer. "Con la mejor de las sonrisas, Mirtha es capaz de preguntar sobre lo peor", dicen sus allegados y quienes la siguen del otro lado de la pantalla. Como respuesta, ella esboza su reconocible sonrisa.
-¿Cuál es el límite en una pregunta dura o comprometida?
-Todo pasa por el tonito con que se pregunta. Y después decir: "No quise ofenderlo".
-¿Esa forma de preguntar no tiene que ver con que, además, está en un lugar de poder?
-La televisión da poder, para lo bueno y para lo malo.
-¿Usted lo utiliza?
-No soy muy consciente de ese poder. Pero lo soy para ciertas cosas.
-¿Cuáles, concretamente?
-Cuando una persona nos envía una carta porque necesita algo, llamo al ministro que corresponda y le explico la situación y el pedido. Debo decir que acceden a satisfacerlo de una manera sorprendente. Uso ese poder para favorecer a cierta gente, nunca para mi propio beneficio. Y después lo agradezco en televisión. En ese sentido, el canal es muy generoso al permitírmelo.
-Al preguntar utilizando cierto tono o esbozando una sonrisa, ¿seduce a los hombres?
-No hago nada para seducir...
-¿Acaso ésa no es una técnica para entrevistar?
-En el fondo todos seducimos. Y seríamos más felices si sedujéramos más. Yo intento seducir.
Está claro que el recurso le da buenos resultados a la animadora. Al fin y al cabo, ése fue su fuerte desde que ingresó en el medio artístico.
Es bien conocida la historia del impacto que causó con su primera aparición en la pantalla grande. ¿Por qué habría de resultar menos seductora desde la televisión? Con la mejor sonrisa, pero sin titubeos, condimenta algunos platos de su menú con tanta pimienta como le permite el oficio adquirido haciéndole frente a las cámaras.
"Soy la primera que le pregunta a Menem si está enamorado, si le gustan las mujeres, cómo es su relación con Zulema (Yoma) y cosas que la gente no se atreve a preguntar", dice quien ha almorzado con el primer mandatario a solas -y frente a millones de televidentes- en más de una ocasión.
"Al Presidente me encanta tenerlo como invitado. Siempre está muy dispuesto y en los cortes me pregunta si todo va bien. Llega, saluda a todo el mundo, va a la cocina; no sé si es demagógico, pero cae muy bien, a mí me gusta", comenta descubriendo la trastienda de las visitas presidenciales al programa de Canal 9.
Pero no todo ha sido un lecho de rosas en la relación con los comensales que Legrand convocó a su mesa.
"El personaje más difícil de llevar fue Ornella Mutti -recuerda-. No por mala voluntad, sino porque no hablaba. Pero, en general, logro sacarle cosas a los invitados."
-¿Hay algún personaje que no consigue sentar a su mesa?
-De la Argentina, ninguno. No voy a nombrar a Rodolfo Bebán, porque han pasado muchos años y no le voy a dar más prensa. En general, todos quieren venir y lo hacen de buen humor. Hace poco logré tener juntos a Hugo y Gerardo Sofovich.
-¿Quién le ocasiona más nervios la noche previa al programa?
-El Presidente. Es un programa delicado, muy difícil. Hay que saber preguntar y, además, sobre lo que la gente quiere saber.
-¿El trigésimo aniversario es un buen momento para despedirse de los almuerzos o para seguir?
-Es un buen momento para despedirse. No es fácil hacer televisión todos los días.
-¿No está planteando el juego de siempre: "vuelvo, no vuelvo"?
-No. Quiero hacer un programa a la noche, captar otro público y, a lo mejor, dejar los mediodías. Me gusta la televisión más intimista, de primeros planos y de algunos silencios. Pero la competencia no lo permite. Yo invitaría a desconocidos.
En tren de soltarse, Mirtha Legrand puede pasar algunas facturas frente a cámara, de las que no se salvan ni los nuevos dueños de Canal 9. "Estoy contenta en este canal, porque hago lo que me gusta y con total libertad. Pero noto algunos cambios y no sé quién es el dueño. Sé que los australianos tienen la mayoría de las acciones, pero creo que ellos no dirigen, sino otra gente", se queja.
"Ahora hay cosas que no me gustan, como empezar el programa antes del horario que marcan las promociones", reprocha. Pero equilibra la balanza: "Cuando hacen publicidad del programa en los diarios, se los agradezco frente a cámaras".
El tiempo le brindó a Mirtha la posibilidad de aggiornarse. "La TV ha cambiado mucho. Yo misma he cambiado. Me noto más desinhibida, digo cosas que antes no me atrevía. ( Sonríe ) Menos mi edad, lo digo todo".






