
La entrada del arroyito
De Luis XV al zen, la vida estilo bonsái liberado de Yamauchi
1 minuto de lectura'
Nieto de japoneses, Toshiro Yamauchi ha recorrido un largo camino antes de ordenarse sacerdote zen. Su vida tiene más que ver con un bonsái liberado que con un sereno haiku.
A los siete años, Yamauchi san estaba cansado de que en el colegio sus compañeros lo llamaran "japonés", y se lo contó a su abuelo (de nacionalidad japonesa), que al poco tiempo llevó a toda la familia a... Japón, para que conocieran su modo de vida tradicional.
"Me impresionó. En Japón estaban 50 años adelantados. Era 1974, y yo ya estaba viendo televisión color. Me mostraron el país de una manera fantástica. Y cuando volví a la Argentina, en lugar de responder con una piña a los que me llamaban japonés, empecé a contestar que con mucha honra", cuenta Yamauchi, que nunca olvidará haber conocido el templo de Rio Hanji, rodeado de sus famosos jardines zen de piedras y arena rastrillada.
Zen y el arte de comer arroz
Su padre le hablaba de budismo y le alcanzaba textos del maestro Suzuki, y en la casa se lograba un verdadero mix entre Oriente y Occidente. Que también se reflejaba en la cocina: asado con arroz (a veces, con palitos) y milanesas con salsa de soja.
Pero también tuvo sus días rebeldes; entre 1976 y 1983 canalizó sus energías en su propia banda, organizada en el garaje de la casa paterna. Terminó el secundario y marchó rumbo a las islas Malvinas, en el Regimiento de Infantería III. "A los 15 días de darme de baja del servicio militar, me subieron a un colectivo 55, después en un avión, teóricamente rumbo a Tucumán, y cuando bajamos estábamos frente al cartel de Puerto Stanley", sigue Yamauchi, sonriente como una media luna.
Setenta días después de haber arribado a las Malvinas, volvió a Puerto Madryn como prisionero de guerra en el barco británico Camberra. "Recibimos un trato muy cordial, nos dieron de comer y nos dejaron descansar. Yo tenía 19 años y ellos 30. Creo que les dábamos lástima. A mi regreso, mi cabeza no fue la misma y le pedí a mi padre que me costeara un tratamiento psicoterapéutico. Tras cinco años de terapia pude hacer que mis heridas internas cicatrizaran, apoyado por un especialista ayudante de Lacan en la Sorbonne, Guillermo Maci."
También se dispuso a estudiar filosofía, mientras trabajaba como empleado administrativo en una proveeduría bancaria, estudiaba teatro en el Teatro Escuela de San Telmo e integraba... Luis XV, la banda que en 1987 sonó por todas partes con el hit Me enamoré de una morocha .
"Nos fue muy bien, nos pasaban mucho en la radio y estuvimos varias veces en el programa de Marcelo Tinelli, también habíamos viajado a Nantes, Francia, representando a Buenos Aires, con músicos como Charly García y La Portuaria. Al show le sumábamos escenificaciones y efectos visuales, a veces nos acompañaba un grupo de bailarinas a go go, o si no una bailarina clásica. Pero por cuestiones contractuales dejamos de grabar y, cuando volvimos al mercado del espectáculo, todo había cambiado: estaba invadido por la cumbia y la bailanta."
Maestro y discípulo
Y fue después de su show en Francia cuando se enteró que en Brenn, Alemania, había un maestro zen de la corriente de otro maestro que Yamauchi admiraba: Deshimaru. Y aunque el resto de Luis XV siguió rumbo a Londres, él prefirió encontrarse con el maestro, que le definió el mundo zen en un breve diálogo:
–Maestro, ¿qué es el zen?
–El ciprés del patio.
–Maestro, ¿qué es el zen?
( ¡Paf!, cachetazo por respuesta del maestro al protodiscípulo.)
–Maestro, ¿qué es el zen?
–¡Escuchas el arroyito que pasa por ahí?
–Sí, sí.
–Por ahí es la puerta de entrada.
Con el tiempo, Yamauchi aprendió de él la postura de Buda cuando obtuvo la iluminación, y también el despertar y la concentración en la respiración.
De regreso en la Argentina, Yamauchi y otros monjes zen empezaron a organizar retiros espirituales de verano.
"Volvemos al mundo para ayudar a otros seres, hacemos votos ante el Maestro y tenemos un ritual", señala Yamauchi, que pronto volverá a Shobogen Ji, templo situado en una de las faldas del cerro Uritorco, Córdoba.
En tanto, en Buenos Aires funciona además un dojo , donde la meditación zen se practica todos los días, a las 7 y a las 19. Se autofinancia con una cuota mensual, aunque también reciben donaciones.
"Es muy fácil comprobar que no somos una secta, basta saber toda la gente que se ha ido", explica riendo, porque son más los que se van que los que permanecen practicando. "Es también casi una tradición que se rechace, al menos tres veces, a cada aspirante. Tampoco es fácil ni atractivo pasarse meditando frente a una pared más de una hora."



