La idea romántica, que todavía tiene cierta vigencia, según la cual en el arte, valga la redundancia, no hay cabida para las malas artes, ha chocado en innumerables oportunidades con hechos indignos, desde apenas risueños o solamente reprochables hasta otros vituperables o escandalosamente fraudulentos. Dentro de los engaños pasibles de ser hallados en el mundo de los sonidos, no debe pensarse exclusivamente en aquellos cometidos por los involucrados en la industria de la música –managers, publicistas, editores, discográficas, entre otros–, sino también en los que son provocados por los propios artistas. A fin de cuentas, no existe actividad en la cual no se detecten las mejores virtudes y los peores defectos de la especie humana. Entre los "crímenes" menores de los artistas está la costumbre de dilatar currículas con datos falsos. Charles Stanford, en su diario, trae a colación la historia de una pianista joven que se autopromocionaba como "alumna de Liszt". La señorita debe de haber sufrido un ataque de pánico cuando se enteró de que, efectivamente, Liszt, ya retirado de la actividad concertística, había llegado a la ciudad. Entre el arrepentimiento y los temores, decidió acercarse al gran pianista para confesarle su pecado y solicitar su indulgencia. Fue hasta el hotel donde se alojaba, le contó lo sucedido y Liszt, que ese día estaba de muy buen ánimo, la invitó a tocar algo de lo que iba a interpretar en su recital. El maestro le encontró verdaderas condiciones musicales y decidió aportarle algunas indicaciones que fueron muy agradecidas por la joven. Por último, entendiendo que no era hora de hacer tronar ningún escarmiento, la palmeó cariñosamente en las mejillas y, despidiéndola, le dijo: "Ahora, mi querida, usted puede decir que es alumna de Liszt".