
La fiesta inolvidable
La Nación presenció en la Quebrada de Humahuaca una nueva edición de esta colorida cita de artistas y de músicos de la Puna, que se realiza desde 1975.
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HUMAHUACA.- La Luna está haciendo equilibrio sobre una línea de cerros ocres y amarillos que dividen Jujuy de Salta. Todavía es de día. La luz natural ilumina la quebrada y el anfiteatro hecho de piedra y barro. La figura de Jaime Torres se recorta sobre ese paisaje multicolor que parece dibujado por la mano de Medardo Pantoja, el artista plástico más representativo de la región.
El charanguista está cerrando la 24º edición del Tantanakuy, en la pequeña ciudadela cultural, levantada en Huamahuaca el año último. Es la primera vez que el encuentro de músicos locales, que se realiza con el impulso de instrumentistas regionales, tiene una sede fija y se hace en pleno invierno. El origen espontáneo de la primera época, cuando Jaime Dávalos todavía se cruzaba con poetas como Domingo Zerpa, cambió a una fisonomía más institucional.
En la casa del Tantanakuy, que ocupa casi una manzana y tardó tres años en levantarse, los paisanos celebran la música de sus artistas locales, comen locro, beben la chicha y el vino, conversan, reinvindican la lengua quechua, coquean para dormir el hambre, riegan la tierra reseca en tributo a la Pachamama y se encuentran con parte de sus costumbres más ancestrales.
La árida vida de los habitantes de la Puna tiene un breve descanso. Las tardes se llenan de coplas y se rompe el silencio sagrado de la Quebrada. Dos días antes, los lugareños estaban perturbados por una noticia fatídica: se anunciaba el fin del mundo. Nadie sabe cómo, pero el rumor se instaló de tal manera que las capillas se llenaron y los curas no daban abasto confesando a creyentes y agnósticos. Los únicos por las calles eran los turistas europeos, que seguían cansando a las artesanas collas con sus regateos.
La naturaleza, que domina todo por esta región, tanto como la pobreza, les había jugado una mala pasada. "El clima cambiaba abruptamente y hasta se anunciaba que iba a nevar. Lo mismo había pasado con un temblor hace muchos años y la gente tenía miedo, se aprovisionó y se sentó a esperar el Apocalipsis. Pero al final llegó el día y no pasó nada, ¿vio?", cuenta una humahuaqueña, entrada en años, que ahora disfruta del encuentro musical.
La convocatoria no fue multitudinaria como en antiguas ediciones. Pero alcanzó para movilizar al hombre común de la Puna, ponerlo en contacto con sus músicos y difundir este espacio que pretenderá funcionar todo el año con talleres de música para chicos y adultos. "Es una manera de que la gente de acá vuelva a revalorizar una cultura india que a veces ocultan, porque fueron muchos años de humillación y discriminación hacia el colla y sus costumbres", explica Torres.
El primer día, el mal tiempo obligó a que el encuentro de niños-músicos se realizara en una de las tres salas principales. Guiados por sus maestras de escuela y tímidamente, los pequeños herederos de una tradición ancestral traspasada por sus mayores de generación en generación entregaron bailes, coplas, sikureadas y poesías, convertidos en protagonistas de su propio arte colectivo.
"La gente de esta zona lleva el arte por dentro. Le viene heredado culturalmente de sus mayores y muchas veces se lo guarda para él, no lo saca. Por eso, es necesario que los chicos se expresen y continúen con esta tradición para que nuestra cultura andina no se pierda", dice Leocadio Toconás, artesano y profesor en la escuela de arte de esta localidad, a la que concurren más de 200 alumnos. Muchas de las delegaciones habían llegado especialmente desde la capital jujeña y pueblos cercanos como Tilcara, a una hora de distancia en ómnibus, luego de trepar cerros y llegar al barrio Santa Bárbara. El mismo trayecto que tuvo que desandar la delegación porteña, compuesta por los integrantes del circo criollo (que le dieron un toque distinto al cierre) sonidistas y músicos.
Milagro en el Norte
Fruto de la rica expresión popular, los más chicos mantuvieron el espíritu que emana en los ritos populares. La mayoría no superaba los diez años y es un "milagro" de las escuelas rurales y talleres musicales, que funcionan sin ser bendecidos por el federalismo cultural, a 2000 kilómetros de la Capital Federal.
Desde el canto de coplas improvisado hasta la representación de una fábula con personajes típicos, tuvieron presencia en el Tantanakuy infantil. Los únicos que rompieron las reglas del día fueron los recitales del "Coya" Mercado, histórico difusor de los autores puneños y autor de clásicos como "Soy de la puna", que dio la vuelta al mundo, y el compositor tilcareño Ricardo Vilca (53 años), que acompañó a sus hijos en el tema "Rey mago de las nubes", con música suya y letra de León Gieco.
La secretaria de Cultura provincial, Victoria San Román, deambulaba por el lugar enfundada en un trajecito marrón, que contrastaba con la ropa multicolor de las coyas y la sencillez de los paisanos. La funcionaria se dedicó a repartir sonrisas y saludos como en una campaña electoral, mientras preguntaba: "¿A ver cómo es la chicha?".
La reunión no fue sólo musical. El intercambio de las diferentes realidades, entre la gente de la zona y los visitantes de Buenos Aires sirvió para repensar el estado de las cosas en estos pueblos andinos sólo palpable a través de sus canciones, de los rostros curtidos de su gente, del olvido que sufren y la lentitud con la que transcurre el tiempo.
El viento centrifugado arremolina los ponchos colorados de las copleras. Ellas cantan erguidas, como si hubieran estado ahí toda la vida. Tienen siglos en su voz y en el sonido de sus cajas. Llevan atesorado el secreto de una buena chicha tanto como el de una copla anónima. Los trazos en sus rostros les vienen de tiempos inmemoriales, cuando el cacique Viltipoco levantó a su pueblo en contra de los invasores españoles.
La gente de la zona se acerca recelosamente al centro cultural. Mira a las bagualeras un poco extrañada, como si las cantoras y el resto de los artistas locales que pasarán durante cinco horas, (muchos, de un nivel increíble) se hubieran equivocado de época. La música es para las fiestas religiosas y populares, saben los paisanos. Y aunque el folklore es parte de la Puna, el sonido más cotidiano es la música tropical. "La gente aún no sabe bien lo que tiene. ¿Qué tiene que ver la cumbia con nosotros", se queja Don Mariscal, que tiene el cuero tostado por el sol maimareño.
El encuentro sirve para que la gente escuche durante dos días huaynos, carnavalitos, vidalas, takiraris, zambas y hasta alguna chacarera que reverbera en los cerros. Así hasta que cae la noche. La gente se refugia en uno de los salones principales para mirar un documental en tributo a uno de sus mayores poetas, Domingo Zerpa. Afuera se queda un chango cantando con su guitarra: "El rico vive del pobre, y el pobre de su pobreza, lo único que yo tengo este dolor de cabeza/ Ay, la muerte nos iguala, en el alma y pensamiento, y esta vida nos separa por malos entendimientos...".
Después del locro que calienta los huesos, ya no queda casi nadie. El Tantankuy llegó a su fin. Sólo un hombre y una mujer se trenzan en un contrapunto de bagualas, que parece interminable hasta que la tilcareña sentencia: "Se acabó la chicha, se acabó la copla".
Casa nueva
El Tantanakuy, que en quechua significa"encuentro de unos con otros", se realizó este año en un lugar cedido por la intendencia de Humahuaca. Las obras comenzaron hace tres años, con el aporte inicial de Mario Medjeral, un empresario argentino que reside en Singapur. Y se terminaron, en octubre de 1998, gracias a la ayuda de la ex ministra de Educación Susana Decibe.






