
La gran Anna Magnani
"Nunca he podido abstenerme de poner un signo de admiración a continuación de su nombre", confesaba Luchino Visconti cuando le hablaban de Anna Magnani. Sintetizaba así, con rara precisión, el sentimiento que despertaba en él ese fenómeno de la naturaleza, esa actriz de voz nasal y explosiva franqueza cuyas pantomimas burlescas y patéticas había celebrado cien veces, frenéticamente y a telón abierto, en los espectáculos de revistas, y cuya sobrecogedora potencia dramática lo había hecho estallar en aplausos cuando la vio desmoronarse bajo las balas nazis en una de las primeras proyecciones privadas de "Roma ciudad abierta". Cuando ella no era aún el rostro mismo del cine italiano, la había querido como protagonista de su primera película, "Obsesión" (1942), papel que Anna debió resignar por causa de su embarazo; tampoco pudo dirigirla en "La carroza de oro" (1952), en este caso porque fue él quien se alejó del proyecto por discrepancias con los productores. Pero sí pudo dejarla crear a su antojo cuando le consagró "Bellísima" (1950), un film "cuyo verdadero tema es precisamente la Magnani", según solía reconocer. Y ella le retribuyó el homenaje con uno de esos arranques intuitivos y geniales con los que inesperadamente sabía desnudar el sentimiento más íntimo de sus personajes. Es en el final de "Bellísima", la historia de una madre enceguecida por el amor a su hija, a quien quiere convertir a toda costa en estrella de cine, y cuyas ilusiones se derrumban tras una prueba que sólo motiva las risas burlonas del equipo de filmación. Allí, como un animal herido pero todavía fiero, la chica dormida en sus brazos, la expresión del desconsuelo descomponiéndole el rostro, esa suerte de Madonna doliente susurra casi para sí misma un pedido de ayuda. "Esa palabra (aiuto) no figuraba en ningún libreto -se exaltaba Visconti al recordarlo- fue una invención suya, la expresión incontrolada de un sentimiento que vivía como propio. Y, por supuesto, la mejor escena de la película."
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No sólo se beneficiaron de esas luminosas improvisaciones los films que hizo con Visconti -rodó después con él un episodio de "Nosotras las mujeres" ("Siamo donne", 1953), una serie de retratos al natural destinada a desmitificar a estrellas de la época como Ingrid Bergman, Alida Valli o Isa Miranda, mostrándolas en su vida cotidiana-. Siempre es posible percibir esos sorpresivos hallazgos en casi todos sus trabajos cinematográficos, desde la desenfadada y casi caricaturesca "Teresa Venerdi" que le confió De Sica, a la amante abandonada que pronuncia en el teléfono el apasionado y angustioso soliloquio de "La voz humana" creado por Cocteau y trasladado a la pantalla por Rossellini; de los films que rodó en inglés sobre textos de su amigo y admirador Tennessee Williams ("La rosa tatuada", "El hombre en la piel de víbora") a la trágica "Mamma Roma", de Pier Paolo Pasolini; de las comedias que interpretó para la televisión en sus últimos años (murió en Roma en 1973) a lo que fue su despedida del cine, la escena en que se ríe de Fellini sobre el final de "Roma".
Ninguna palabra alcanza a definir el fenómeno Magnani. Es uno de esos raros prodigios que atraviesan muy de vez en cuando el arte de la representación y que resultan siempre únicos, irrepetibles. Privilegiados fueron los que pudieron disfrutar en vivo de sus cantos, sus picardías y sus contagiosas risotadas en los tiempos en que, al lado de otro gigante, Totó, se convirtió en la amada Nanarella de los romanos; privilegiados también los que pudieron comprobar su grandeza trágica en el teatro, más allá de las inseguridades que a veces le generaban compromisos como el de una "Medea" representada en un anfiteatro: "No van a oírme", maliciaba hablando con Eduardo De Filippo. Y el viejo hombre de teatro, que sabía bien de su potencia expresiva, le retrucaba: "Para qué te hace falta voz, con esas manos..." Por fortuna quedan las imágenes del cine, algunas de las cuales vuelven a proyectarse los jueves en un ciclo del Instituto Italiano de Cultura. Es sólo un puñado de títulos -seguimos a la espera de una muestra retrospectiva más completa-, pero alcanzan para comprobar que siempre es posible sorprenderse con algo más cuando es la enorme, inolvidable Anna, quien ocupa la imagen.





