La Guerra Santa contra los Gays

La derecha cristiana norteamericana tiene una nueva misión: conseguir que la homosexualidad vuelva a ser tabú. Aquí nos adentramos en los cuarteles de la intolerancia Evangélica.
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1 de abril de 1999  

Un dia frio y tormentoso, a mediados de enero de 1996, unos veinte líderes de la derecha cristiana se reunieron en el sótano de una iglesia bautista de Memphis, en los Estados Unidos. Representaban a grandes organizaciones: la Coalición Cristiana (del reverendo Pat Robertson), la Asociación Familiar Norteamericana (con sede en Mississippi) y Foco en la Familia (dirigida por James Dobson), y se juntaron para lanzar una red antihomosexual a la que dieron el nombre de Foro Nacional a Favor de la Familia. Los preocupaba, antes que ninguna otra cosa, la creciente aceptación que tenían en los Estados Unidos los casamientos entre gays y entre lesbianas.

Después de debatir ideas durante nueve horas, consiguieron dar forma a una estrategia nacional para combatir una tolerancia a la homosexualidad que los norteamericanos demuestran cada día más. Desde entonces, ese grupo en expansión viene coordinando una ofensiva poderosa contra el movimiento por los derechos de los homosexuales.

Semanas después de su reunión inaugural, el Foro Nacional a Favor de la Familia dejó plasmada su primera acción en la escena norteamericana durante las juntas políticas realizadas en febrero en Iowa: los activistas de la derecha cristiana invitaron a los candidatos republicanos a la presidencia a que se sumaran a un evento que se realizó en una iglesia de Des Moines, Iowa. Allí, delante de más de doscientos periodistas, cada candidato firmó una declaración en la que se oponía al casamiento entre homosexuales. "Hasta entonces, nadie le prestaba atención al tema", asegura Phil Burress, un activista de Cincinnati que organizó la reunión de Memphis. "¡Y, de repente, se empezó a discutir en todo el país!"

Las discusiones giraban en torno de la Ley de Defensa del Matrimonio, que, para el derecho norteamericano, define el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. El proyecto de ley comenzó a redactarse en Memphis, y en las semanas posteriores fue concluido por Robert Knight, director de estudios culturales del Consejo de Investigación Familiar.

La Ley de Defensa del Matrimonio surgió como respuesta a los tribunales hawaianos, que comenzaron a considerar los casamientos entre homosexuales. La ley procura evitar que la autoridad legal de tales uniones se extienda hacia el continente norteamericano; además, impide que las parejas formadas por dos personas del mismo sexo reciban los beneficios conyugales que otorga el gobierno de los Estados Unidos. El proyecto de ley arrasó en el Congreso tras recibir el impulso del diputado republicano Bob Barr. Inclusive se sumó el presidente Bill Clinton, aparentemente de muy mala gana.

Desde 1996, veintiocho Estados pusieron en vigencia leyes que los cubren de tener que reconocer los casamientos homosexuales aprobados por cualquier otro Estado.

La declaración de Iowa y la aprobación de la Ley de Defensa del Matrimonio fueron los primeros pasos de una campaña nacional –alimentada por la derecha cristiana– para dar por tierra con las conquistas que habían obtenido los activistas homosexuales desde los años 80. Los grupos derechistas cristianos conforman una fuerza política y religiosa formada por 30 millones de miembros, que creen fervientemente que la Biblia les exige condenar la homosexualidad. El movimiento trata de poner punto final a la incómoda, pero creciente, aceptación de los gays y las lesbianas en los Estados Unidos.

Los líderes de esta red predicen que la sociedad estallará si continúa el programa a favor de los derechos de los homosexuales. Los activistas contra la homosexualidad –sinceros, apasionados, implacables y, por momentos, bastante obsesivos– ven los derechos de los homosexuales como un cuchillo rosado que apunta al corazón de la familia norteamericana.

En enero de 1998, la derecha cristiana demostró su capacidad para lograr que sus feligreses concurrieran a votar. Debido a algo así como la tormenta del siglo, Maine estaba cubierta por una sábana de hielo y miles de personas quedaron atrapadas en sus casas; sin embargo, el 10 de febrero los votantes hicieron caso omiso de la pequeña catástrofe y salieron a definir unas elecciones especiales, alentados por la campaña cristiana: derogaron la Ley de Derechos Humanos de Maine, de 1997, por un margen del 4 por ciento. Aprobada menos de un año antes, la ley prohibía la discriminación por orientación sexual en los ámbitos del trabajo, la vivienda y los lugares públicos, y establecía que los gays debían tener las mismas oportunidades de recibir créditos bancarios.

El resultado de la consulta representó un triunfo arrasador para organizaciones locales como la Coalición Cristiana y la Liga Cívica Cristiana, los dos grupos que habían pedido que se realizara el referéndum. La clase política de Maine y los grupos a favor de los derechos de los homosexuales de todo el país quedaron azorados. "La oposición no se dio cuenta del alcance de nuestro movimiento popular", explica Paul Volle, que hoy encabeza la Coalición Cristiana de la ciudad.

Desde la primavera [boreal] de 1997, cuando se designó embajador en Luxemburgo a James Hormel –un filántropo de San Francisco, homosexual declarado–, las fuerzas antihomosexuales no dejaron de protestar y de advertir que Hormel se convertiría en un vocero del "programa homosexual". A pesar de los temores manifestados por esos grupos, hace poco Hormel fue confirmado en su cargo.

Sin embargo, hasta mediados de 1998 la cruzada antihomosexual emprendida por la derecha cristiana fue apenas perceptible cuando estallaron grandes batallas políticas.

En julio de 1997, el tema había tomado estado público cuando el Foro Nacional a Favor de la Familia lanzó la campaña "Verdad en el Amor". La principal estrategia de esa iniciativa fue un bombardeo publicitario que copó los diarios proclamando que los homosexuales "pueden cambiar" y presentando "ex gays que dejaron la homosexualidad, para pasar al celibato sexual o incluso al matrimonio". La campaña fue auspiciada por grupos antihomosexuales y también por las iglesias cristianas que saben manejarse con los medios, tales como los Ministerios de Coral Ridge, de Fort Lauderdale. La respuesta de los activistas por los derechos de los homosexuales no demoró: acusaron a los responsables de la campaña de homofóbicos; los auspiciantes, enojados, negaron los cargos. Y los medios de comunicación, atraídos por el conflicto, dedicaron considerable tiempo y espacio a esas piezas comerciales. La revista Newsweek le consagró una nota de tapa.

En octubre, cuando la controversia alcanzó su punto máximo, un estudiante universitario homosexual llamado Matthew Shepard fue salvajemente golpeado y murió desangrado después de que lo ataran como un espantapájaros a un cerco que bordeaba un camino desierto. La muerte de Shepard horrorizó a los Estados Unidos y provocó nuevas presiones para que el gobierno dictase leyes contra los delitos sectarios. Por su parte, los activistas de la derecha cristiana también denunciaron el asesinato de Shepard; dado que difundían el evangelio de la antihomosexualidad, se los criticó porque sus declaraciones podían fomentar los ataques violentos contra los gays. "Las palabras traen consecuencias", advierte Wayne Besen, vocero de la Campaña por los Derechos Humanos, un grupo de Washington D.C. a favor de los derechos de los homosexuales. "Se nota en cualquier escuela del país."

El aborto y la homosexualidad son las mayores preocupaciones de gran parte de la derecha cristiana. De hecho, el tema de los derechos de los gays es una fuente importante de ingresos: para llevar adelante su cruzada, estos grupos piden contribuciones a adeptos cuidadosamente seleccionados.

Como si con eso no bastara, el mensaje que transmiten al público común –que ataca las conquistas de derechos para los homosexuales– se volvió más sofisticado y, de un modo perverso, políticamente correcto. Así, los avisos de "Verdad en el Amor" se expresan en términos del "amor" cristiano por los pecadores homosexuales.

Otra estrategia tuvo éxito en las batallas electorales de Maine, Oregon, Colorado y Ohio: la derecha cristiana describe la defensa de los gays como un intento por concederles "derechos especiales" que no tienen otros ciudadanos norteamericanos. "Todavía no encontramos una forma efectiva de contrarrestar esa idea", comenta Rebecca Isaacs, directora política de la Agrupación Nacional de Gays y Lesbianas.

Si el ejército de soldados cristianos que lucha en la guerra contra la homosexualidad tiene un general al mando, se llama Robert Knight, del Consejo de Investigación Familiar. En 1986, mientras era periodista de Los Angeles Times, Knight finalizó un extenso y gradual proceso de reflexión y meditación y, según dice, le entregó su vida a Jesucristo. Si bien continuó trabajando para el diario durante tres años más, ya entonces era un hombre nuevo que había decidido consagrarse al cristianismo. Después de participar brevemente en la Institución Hoover, de la Universidad de Stanford, y en la Fundación del Patrimonio, el órgano conservador más destacado de Washington, Knight pasó al Consejo de Investigación Familiar. "¡Con mirar el cuerpo humano alcanza!", explica. "No se puede engañar a la naturaleza. El recto no está hecho para la actividad sexual." Y, travieso, agrega: "Es una puerta de salida, no de entrada".

Knight, un hombre de 47 años con cara y aspecto de nene, es muy sincero: "Dejé que Jesucristo entrara en mi vida", asegura. "Cuando ves a Dios cara a cara, entendés qué lejos estás de cumplir las normas que El establece."

Cuando nos encontramos, me entrega un folleto titulado La Biblia y la homosexualidad, que cita pasajes del Génesis, el Levítico, el Libro de los Jueces, Samuel 1 y 2, Romanos, Timoteo 1 y Corintios 1. Los cristianos conservadores creen que en esas escrituras se reprueba la homosexualidad. La historia más famosa de todas es la de Lot en Sodoma (Génesis 19:1-29), que cuenta cómo un grupo indisciplinado de hombres exige que Lot les entregue unos hombres, o ángeles, "para que los conozcamos" (según la traducción del Consejo de Investigación Familiar: "para que tengamos relaciones sexuales con ellos"). Fue entonces cuando Dios destruyó Sodoma.

Para miles de cristianos, esos versículos y muchos otros son nada menos que la Ley de Dios, aunque existe un gran número de teólogos que discute el significado exacto y la relevancia de cada uno de estos pasajes. Mientras tanto, Knight advierte sin pestañear que la "cultura [de los Estados Unidos] centrada en el hombre" bien puede venirse abajo con el advenimiento de una revolución sexual llevada a adelante por los gays: "Cuando se reduzca la importancia del hombre, se va a armar la de San Quintín. Va a quebrarse la organización social y aumentarán el consumo de drogas, las enfermedades, los embarazos no deseados. Están incorporando la disfunción en la normalidad".

Al amparo de su eslogan "Familia, fe y libertad", el Consejo de Investigación Familiar maneja 14 millones de dólares por año. La entidad ejerce constantemente presiones sobre el Congreso y las legislaturas estatales, y escupe sin pausa libros, folletos y tratados sobre homosexualidad, pornografía y aborto. La edición mensual de Washington Watch, el periódico de la institución, llega a más de 400 mil hogares y sus transmisiones radiales se emiten diariamente por 400 radios de todo el país.

En un principio, el Consejo de Investigación Familiar formaba parte de Foco en la Familia, el imperio en expansión de James Dobson. Psicólogo infantil y autor de Dare to Discipline (Atreverse a disciplinar), un libro que apoya los castigos corporales a los niños, Dobson fundó en 1997 Foco en la Familia. La organización creció a pasos agigantados: hoy cosecha 109 millones de dólares por año y cuenta con 1.300 empleados que producen doce programas para radio y televisión, catorce publicaciones (entre ellas, la revista mensual Focus on the Family, con una tirada de 2,5 millones de ejemplares) y una amplia gama de películas y videos. Aunque la población prácticamente no lo conoce, Dobson goza de una enorme reputación entre sus millones de seguidores, que escuchan las transmisiones de Foco en la Familia todos los días por más de 1.900 emisoras.

En 1992, cuando el Consejo de Investigación Familiar decidió dedicarse a hacer lobby en el Congreso, Foco en la Familia se separó del Consejo y le dio la libertad de funcionar de manera independiente, aunque ambas organizaciones mantienen un estrecho contacto.

Bob Knight, al igual que muchos de sus aliados, sostiene que los homosexuales mueren antes, toman más drogas, asumen más riesgos y eligen conductas antisociales. Aventurándose en un terreno ampliamente controvertido, advierte que el "programa homosexual" apunta a los niños. "Induce a los chicos al comportamiento homosexual", asevera. En un discurso que pronunció en 1993, afirmó: "Hay una gran tendencia oculta a la pedofilia en la subcultura homosexual".

Si Knight es el general del movimiento, su teniente es Pete LaBarbera, de la organización Norteamericanos por la Verdad sobre la Homosexualidad. Con 36 años, enérgico y verborrágico, a principios de los 80 LaBarbera fue un activista liberal de la Asociación de Organizaciones de la Comunidad por la Reforma Ya. Ferviente anticomunista, apoyó la invasión a Granada ordenada por el entonces presidente Ronald Reagan, en 1983, y fue desplazándose hacia la derecha mientras estudiaba en la Universidad de Michigan. "Vio la luz" hace trece años, cuando conoció a una mujer –"una misionera", aclara– que lo ayudó a crear una "relación personal con Dios". A medida que se intensificó el fervor religioso de LaBarbera, creció su asco por la homosexualidad.

Desde 1993, LaBarbera edita El Informe Lambda, que se dedica exclusivamente a publicar noticias sobre el mundo gay, lesbiano, bisexual y transexual desde la óptica de un activista cristiano. Aunque su tirada es de apenas 3.000 ejemplares, según su editor la publicación se destaca por desnudar las impropias y a veces espeluznantes actividades que van de la mano del "estilo de vida homosexual". LaBarbera suele ingresar de incógnito en reuniones por los derechos de los homosexuales, en bares para gays y en otros lugares frecuentados por los miembros de la comunidad, para después relatar con detalles casi pornográficos los episodios de fellatio, masturbación y sadomasoquismo que asegura presenciar. ("Advertencia: contiene descripciones gráficas", dice el subtítulo de un Informe Lambda reciente, "exclusivo", acerca de una "fiesta en un calabozo".)

La derecha cristiana tiene éxito porque aprovecha la profunda ambivalencia de los norteamericanos en relación con la homosexualidad. Las encuestas suelen revelar una actitud esquizofrénica: la población parece apoyar firmemente las medidas antidiscriminatorias que protegen a los gays y a las lesbianas –así como también otros tipo de defensa de los derechos civiles– pero, al mismo tiempo, tiene una opinión negativa sobre la homosexualidad, tolerándola con cierto desagrado. Un estudio realizado en agosto del año pasado en todo el territorio de los Estados Unidos, publicado por The Washington Post, revela que el 57 por ciento de los norteamericanos consultados considera que la homosexualidad es inaceptable. Cuando se les preguntó acerca de las relaciones sexuales entre los gays, el rechazo trepó al 72 por ciento. Sin embargo, según esa misma encuesta, el 87 por ciento de la gente cree que los homosexuales deben gozar de igualdad de derechos en el campo laboral.

Aun así, la cada vez más extendida tolerancia de los norteamericanos frustra a la derecha cristiana, que de todos modos equilibra esa tendencia con el considerable peso político que ejerce. En el Congreso, un bloque fundamental de diputados y senadores debe su lealtad –si no sus cargos políticos– a la Coalición Cristiana y sus aliados: estos grupos poseen un aparato popular poderosísimo, además de una amplia red de emisoras de radio y televisión a las que recurren millones de cristianos que buscan fuentes alternativas de información y de opinión. Tal es su alcance, que la mayoría obtenida por el Partido Republicano en las elecciones de 1994 fue atribuida al poder de la derecha cristiana.

Muchos de los representantes que ese año fueron elegidos por primera vez reforzaron el denominado "escuadrón de Dios" –que por entonces estaba apenas organizado– para tratar temas como la homosexualidad, el aborto y la obligatoriedad del rezo en las escuelas. Uno de esos parlamentarios, el diputado republicano Randy Tate, que perdió la oportunidad de ser reelecto en 1996, ahora lidera la Coalición Cristiana.

La derecha cristiana tiene un poder decisivo en el Congreso. En las internas del partido, a las que concurre una cantidad relativamente baja de votantes, grupos como la Coalición Cristiana y Foco en la Familia tienen la capacidad de movilizar a muchos electores militantes y comprometidos. Trent Lott, líder de los republicanos en el Senado, se ganó la simpatía de la derecha cristiana cuando el año pasado comparó la homosexualidad con trastornos tales como el alcoholismo y la cleptomanía. Muchos otros políticos notorios hicieron declaraciones públicas en las que menospreciaron a los gays.

Sin embargo, a muchos integrantes de la derecha cristiana les molesta que el Partido Republicano no se dedique aun más a los temas que plantean. En 1997, por ejemplo, Dobson amenazó con romper definitivamente con el partido porque consideraba que los líderes nacionales no prestaban suficiente atención a las demandas de la derecha cristiana. Dobson y otros activistas se reunieron en mayo pasado con los líderes republicanos, quienes les prometieron ocuparse del programa social conservador. Así, en julio, los republicanos elevaron una propuesta en el Congreso sugiriendo que se negaran los fondos nacionales para las viviendas a aquellas comunidades que otorgasen beneficios a las parejas que viven en concubinato; además, otra propuesta intenta obstaculizar los esfuerzos del presidente Clinton para impedir la discriminación laboral contra los empleados públicos homosexuales.

Soy una prueba viviente de que la verdad puede liberarte, reza el título del aviso a página entera publicado en varios periódicos de circulación nacional. La imagen que ilustra el aviso muestra a una morocha atractiva y sonriente que, con la mano izquierda en alto, ostenta un anillo de casada. El epígrafe dice: "Anne Paulk: esposa, madre, ex lesbiana". También aparecen integrantes de Exodo Internacional, una red mundial de ministerios cristianos que se dedica a ayudar a los gays y a las lesbianas a "enfrentarse a la verdad de su pecado sexual".

La campaña publicitaria de "Verdad en el Amor" surgió en el campus de 40 mil metros cuadrados que tienen los ministerios de Coral Ridge en Fort Lauderdale.

Coral Ridge alberga al dinámico reverendo D. James Kennedy, que predica en Florida desde los años 50. Si bien la congregación de más de 9.000 integrantes que reúne Kennedy muchas veces recibe aún más devotos de todo el país, es gracias al programa La hora de Coral Ridge que Kennedy llega a unos 3,5 millones de personas cada semana, a través de 1.200 emisoras de radio y televisión y de dos redes de cable. Kennedy, un hombre claro, decoroso y paternal, afirma abiertamente que hay que transformar a los Estados Unidos en una "república cristiana".

Janet Folger, ex activista contra el aborto, dirige el Centro para la Recuperación de los Estados Unidos, brazo político del ministerio. Como muchos otros activistas cristianos, Folger exhibe una imagen de persona dañada y atacada: argumenta que las verdaderas víctimas de la discriminación son los cristianos que creen en la Biblia, no los homosexuales. La organización La Otra Cara de la Tolerancia: Víctimas del Activismo Homosexual –perteneciente al Consejo de Investigación Familiar– asegura que "muchos hombres y mujeres de fe (...) se quedaron sin trabajo o recibieron castigos por oponerse al programa homosexual". Es una cantilena recurrente: "Nos cercaron", acusa Folger. "Dicen que nuestra postura es extrema, que somos extremistas religiosos y políticos."

Esa sensación se sumó a la molestia y al enojo que se sintió Folger cuando Trent Lott recibió protestas por haber comparado a los homosexuales con los alcohólicos. Folger propuso al Foro Nacional a Favor de la Familia que realizaran una campaña publicitaria: "Queríamos dar un mensaje de esperanza. Queríamos decirles a los homosexuales que se puede cambiar".

Coral Ridge hace grandes contribuciones de dinero en apoyo de las medidas electorales contra los derechos de los homosexuales. Por otra parte, la gran penetración del ministerio en los medios de prensa permitió que la campaña publicitaria se armara muy fácilmente; así, en un abrir y cerrar de ojos, la foto de Anne Paulk apareció en los diarios de todo el país. Anne y su esposo, el ex gay John Paulk, se convirtieron en voceros del movimiento de homosexuales conversos. Ella asegura que, rindiéndose ante Dios, logró abandonar su vida como lesbiana para convertirse en heterosexual: "Finalmente pude darle todas mis relaciones a Dios y empezar la verdadera recuperación".

Su marido, quien había sido travesti y se había prostituido, actualmente preside Exodo Internacional, la organización fundada en 1976 en Anaheim, California, que hoy comprende 97 ministerios afiliados. Exodo recibe entre 400 y 600 consultas mensuales de homosexuales y sus familiares. Cuenta con un gran equipo estable de terapeutas y consejeros –en muchos casos afiliados a la Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de los Homosexuales–, que ayudan a los gays a despojarse de su identidad homosexual.

En cuanto a los avisos publicitarios, tuvieron bastante repercusión. Para la mayoría de los expertos médicos –incluidos algunos miembros de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana–, los especialistas que se dedican a la denominada "terapia reparadora", destinada a cambiar la orientación sexual de los pacientes homosexuales, están a un paso de la mala praxis. Tanto es así que, el 14 de diciembre, la Asociación Psiquiátrica Norteamericana deslizó la siguiente advertencia: "Los riesgos potenciales de la terapia reparadora son enormes e incluyen la depresión, la ansiedad y la conducta autodestructiva (...). La Asociación Psiquiátrica Norteamericana se opone a cualquier tratamiento psiquiátrico, como la terapia reparadora o «de conversión», que se base en el supuesto de que la homosexualidad en sí es un trastorno mental o (...) de que el/la paciente debe cambiar su orientación sexual". Más aún: desde comienzos de los años 70, prácticamente todos los médicos hicieron un giro en favor de la aceptación de la homosexualidad.

Sin embargo, todo esto no representa ningún obstáculo para el movimiento antihomosexual, que ha señalado que la Asociación Psiquiátrica Norteamericana –al igual que la Asociación Psicológica Norteamericana y otras organizaciones– se somete a la presión y a las tácticas intimidatorias que desarrollan los activistas por los derechos de los homosexuales. Actualmente está en preparación una campaña publicitaria que promueve la filosofía de los homosexuales conversos.

La mayoria de los cristianos conservadores que apoyan la terapia reparadora dicen estar movilizados por su compasión por los homosexuales que sufren, pero no todos los soldados de la cruzada antihomosexual invocan los mismos motivos. Los más extremistas llegan inclusive a defender la pena de muerte para los gays, basándose en una interpretación radical de la Biblia. El activista antihomosexual más notorio es el reverendo Fred Phelps, pastor de la Iglesia Bautista de Westboro, Kansas, cuya dirección en Internet es godhatesfags.com ("diosodiaalosmaricones.com"). Los principales grupos de la derecha cristiana protestaron contra Phelps, quien a su vez acusó a los integrantes del movimiento de "cobardes tibios". Los seguidores de Phelps se dedican a hacer piquetes en los entierros de homosexuales: "Llevamos carteles grandes y de colores que tienen escritas palabras y expresiones de la Biblia", cuenta Phelps. Por ejemplo, el sida cura a los maricones o gracias a dios por el sida. Además, Phelps cita "estadísticas" como ésta: "Un maricón tipo practica 106 fellatios, traga 50 expulsiones de semen, tiene 72 penetraciones penianas del ano e ingiere las heces de 23 hombres distintos cada año".

Si algo tienen en común Phelps y el Consejo de Investigación Familiar, la Coalición Cristiana y los ministerios de ex homosexuales –Exodo y otros– es que todos hacen referencia al trabajo del doctor Paul Cameron, fundador del Instituto de Investigación Familiar y del Instituto para la Investigación Científica de la Sexualidad.

Cameron, de 59 años, quien se desempeñó como psicólogo en Colorado Springs, arroja una serie de datos que los activistas antihomosexuales aprovechan con frecuencia: que los gays tienen más tendencia a abusar de los niños y a cometer delitos mundanos, como la evasión impositiva o el hurto.

Cameron –quien en los 80 pidió que se pusiera a los gays en cuarentena para que no se propagase el sida– piensa que, si no se la controla, la homosexualidad destruirá los Estados Unidos tal como Dios destruyó Sodoma. "La homosexualidad desenfrenada puede tomar el poder y destruir un sistema social", advierte. "Si uno aísla la sexualidad como algo exclusivo para el entretenimiento personal, y lo único que quiere es el orgasmo más satisfactorio posible –porque eso aparenta ser la homosexualidad–, entonces parece imposible resistirse a la homosexualidad. Los datos confirman que los hombres saben mejor qué hacer con los hombres y las mujeres con las mujeres, si lo que uno busca es el orgasmo."

Según Cameron, tan poderosa es la atracción que ejerce la homosexualidad que, si la sociedad aceptara a los gays, cada vez más heterosexuales caerían inevitablemente en las garras de la homosexualidad. "Estoy convencido de que las lesbianas en particular son especialistas en el acto de seducir", continúa Cameron. "Las personas homosexuales son increíblemente evangélicas", agrega, también con tono evangélico. "Es sexualidad pura. Es casi como la heroína pura. Es un placer muy intenso. Están encomendados de una forma casi religiosa. Y corren riesgos enormes; hacen lo que sea."

Cameron asevera, además, que el sexo gay podría resultar irresistible para las personas casadas. "El sexo matrimonial tiende a hacerse aburrido", señala. "En general no produce el puro placer sexual que brinda el sexo homosexual." Por lo tanto, sostiene, dentro de algunas generaciones la homosexualidad se convertiría en la forma dominante de la conducta sexual.

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