La herencia de Marion Cotillard
La actriz, que se crió en los escenarios, hoy brilla en Dos días y una noche
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Más que una actriz versátil que puede abordar todo tipo de personajes, Marion Cotillard se funde con ellos, los encarna, los personifica. Bastó para comprobarlo la extraordinaria metamorfosis que la convirtió en Édith Piaf en La vie en rose, que no sólo le proporcionó un merecidísimo Oscar (el segundo para una actriz francesa después del de Simone Signoret en 1959 por Almas en subasta), sino que le dio categoría de estrella internacional. Probablemente muy a su pesar, porque cuando de chica soñaba con ser actriz no pensaba en premios ni en glamour o alfombras rojas: quería "contar historias y profundizar en la psicología humana". Un interés que si no la llevó a la antropología, fue porque el mundo de la expresión artística era su ámbito natural. "Que yo recuerde, siempre quise ser actriz", reconoce.
Volvió a estar meses atrás cerca del Oscar gracias a la verdad que le confirió a la atribulada Sandra de Dos días y una noche, el film de los hermanos Dardenne que se estrenó el jueves pasado.
Para ella, se trata de una heroína real: una mujer cuya permanencia en el empleo que ocupa depende de la "democrática" elección entre sus compañeros de trabajo establecida por la empresa, y se ve obligada a visitarlos uno por uno para pedirles el voto favorable.
A Marion, que acaba de cumplir 40 años, la vocación, por decirlo de alguna manera, le viene de familia. Su padre, Jean-Claude Cotillard, es actor y director, y su madre, Niseema Theillaud, también actriz y profesora de arte dramático. De modo que casi podría decir que creció sobre escenarios. Cuando hacía falta un bebé o un chico en alguna representación de su madre, ahí estaba ella: no exagera cuando dice que en su formación profesional la primera gran influencia fue, precisamente, Niseema. Y guarda en la memoria lo que ella calcula que debe de haber sido su muy temprano debut: "Tendría 4 o 5 años y mi madre estaba representando una pieza, cuando de pronto el director me pidió que hiciera o dijera algo. No recuerdo qué, pero sí tengo clara la imagen: la sala del teatro, la escenografía; había un gran piano y una mujer tendida en el piso, y se suponía que ella era mi madre. Pero mi madre real también estaba en la escena. Recuerdo la confusión. No entendía muy bien por qué decían esas cosas incongruentes simulando que mi madre era la que estaba en el piso cuando al mismo tiempo mi verdadera madre estaba parada ahí. Esa es la que recuerdo como mi primera escena; un juego divertido y loco".
Ella estaba acostumbrada a circular entre actores. Eran amigos de sus padres. Algunas veces, cuando la niñera no podía ir a quedarse con ella, su mamá la llevaba al teatro a ver unas largas historias de tres horas en lo que podía ser una Grecia antigua o algo parecido, donde esos señores que ella conocía bien y eran tipos normales aparecían arriba de la escena envueltos en túnicas y disfraces. Era como un juego que le parecía fascinante.
Se comprende que guarde muy buenos recuerdos de la infancia, fue una etapa de gran libertad. La educación que le dieron sus padres no se basaba únicamente en la cultura que le transmitieron ni en las películas, la música y la literatura que frecuentaban. También los estimulaban (a ella y a sus dos hermanos mellizos dos años menores, hoy también actores) a valorar la espontaneidad: "Vivíamos -suele recordar- en un departamento chico, en el que se decidió que todas las paredes nos pertenecían, así que podíamos dibujar lo que quisiéramos y nuestros amigos venían para pintarlas".
El sueño de cualquier actriz
Se entiende que uno de los aspectos que más disfruta de su carrera es la posibilidad de variar frecuentemente de personajes. Cuanto más diferentes, mejor. El cine, que para ella tiene algo del orden de los juegos infantiles ("lo que no quiere decir que no lo tome en serio: los chicos juegan muy seriamente"), le ha dado esa posibilidad. Ya había sumado a su formación "familiar" y a la académica algunas intervenciones en la TV y hasta había ganado el primer premio de arte dramático en el Conservatorio de Orléans, cuando a los 19 años hizo sus primeras experiencias en el cine. L'histoire du garçon qui voulait qu'on l'embrasse fue sólo el primer título. En aquella época no era extraño verla presentarse con una enorme voluntad a docenas de castings. Audrey Dana, compañera de profesión y de estudios (uno de cuyos films, Ellas saben lo que quieren, acaba también de estrenarse), la recuerda como una joven bella, extremadamente ambiciosa y segura de sus posibilidades.
De sus primeras trece películas, todas francesas, sólo se conoció aquí Taxi (1998), de Gérard Pirès, primera de una serie de tres grandes éxitos en su país que aceleraron su carrera. En 2003 le llegó la oportunidad de trabajar para una producción norteamericana: El gran pez, de Tim Burton. Y tras ella y Un buen año, de Ridley Scott, entre otros títulos que confirmaron que no presumía cuando decía que no le interesa Hollywood sino los directores, llegó la decisiva La vie en rose, después de la cual se ha vuelto una de las actrices francesas más requeridas y ha filmado a un lado y otro del Atlántico, en francés o en inglés.
Algunos títulos: Enemigos públicos, de Michael Mann; El origen y Batman: el caballero de la noche asciende, de Christopher Nolan; Contagio, de Steven Soderbergh; Medianoche en París, de Woody Allen, y ahora Dos días y una noche, de los hermanos Dardenne. Toda la variedad que buscaba y sostenida por nombres que serían el sueño de cualquier actriz. Se sorprende todavía de que la requieran para trabajar, aunque no es difícil entender por qué. No tiene un método específico ni secretos para abordar sus personajes. Es cuestión de sentir sus emociones como propias y cada papel impone su propio acercamiento, dice.
¿Qué hizo para meterse en la piel de Sandra? "Ella es una trabajadora aquejada de depresión cuyo puesto depende de la solidaridad de sus compañeros. No tuve que hacer una investigación en profundidad, porque soy consciente del mundo que me rodea y de los problemas que nuestra sociedad ha creado al no ser capaz de situar al ser humano en el centro", dijo. Pero sí la sorprendió que los Dardenne, que no suelen contar con actores muy conocidos ("salvo, quizá, Cécile de France -aclara-, pero esa elección fue más comprensible porque ella es, como estos admirables realizadores, belga"), la llamaran.
Marion ha calificado la experiencia como "una de las más extraordinarias que he vivido como actriz. Siempre quise sentir esta ósmosis con el director. En el pasado pensé que así iba a suceder, pero luego me sentí decepcionada. Sin embargo, con los Dardenne he podido profundizar en los detalles tanto como he querido. Trabajan mucho para alcanzar la autenticidad".
Y como reconoce que muchos personajes que asume se prestan a la "performance", subraya que siempre intenta que ese juego no se vea. "No se trata de representar sino de ser", dice. Y lo consigue.




