
La importancia de sentirse paquete
En vías de extinción o no, historias de familia y más de un tic
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"La paquetería se extinguió", admite Juan Carlos Colombres, el humorista Landrú. "Por determinados gobiernos, por la economía y porque la gente como uno los fines de semana se va al country. Soy socio del Jockey Club, voy a comer sábado por medio y cada vez veo menos gente. Quizá nuevas generaciones reinicien el ciclo, pero hoy no tendría sentido sacar un ranking de paquetes. Quedan apenas ocho", enumera el autor de Gente paqueta –editado en los años 70 por Poldy Bird– y creador de cantidad de personajes por el estilo que saludaban desde la revista Tía Vicenta, como Felicitas, María Alejandra, Chonchon, los Aristovalle del Bulo. Entre las damas a las que hoy se pueden llamar paquetas ubica rápidamente a Daisy Krieger Vasena de Chopitea.
Coincide, un poco indignado, Luis Lynch Garay, licenciado en Relaciones Públicas y profesor de la Universidad de Palermo: "Los argentinos vivimos en la era de la vulgaridad, donde la gente que estaba acostumbrada a convivir con una serie de pautas y normas que hacen a la buena educación se encuentra ante un mundo que considera esas formas algo superfluo y antiguo. Lo vemos reflejado en la ropa, la decoración y el comportamiento. La televisión es el enemigo número uno de un estilo de vida que ya no existe. Eso terminó con la paquetería".
Y es que han pasado muchas lunas desde que las familias argentinas viajaban a Europa con la vaca en la bodega y los niños bien argentinos se divertían arrojando manteca al techo para observar luego, divertidos, cómo resbalaban los camareros por el piso de los sitios más sofisticados de París.
Sin embargo, como sostiene el licenciado en psicología Miguel Angel Espeche, perduran subespecies paquetas diseminadas por distintos lugares. "En la Capital están en Barrio Norte y Palermo Chico; en el Gran Buenos Aires están los prolíficos paquetes de Bella Vista, los distintos de San Isidro, los paquetes de Pilar; los que se deslizan por los clubes de rugby y de polo. También, los grupos cerrados de CUBA, los serios del SIC, los de los colegios Cardenal Newman y San Juan el Precursor. Y los salteños, que se consideran los más high de todos los paquetes."
Necesario, pero no suficiente
"Jorge Luis Borges –recuerda su amigo Grillo Della Paollera– decía que la Argentina, y en especial Buenos Aires, era un gran incesto: todo el mundo está emparentado." Y para Espeche, la paquetería no significa tener dinero, sino más bien capital social en término de relaciones. "Las sangres patricias se han mezclado con las provenientes de industriosos inmigrantes que hicieron plata. A su vez, hay algunas cosas que se hacen para ser paquete, necesarias pero no suficientes para serlo: por ejemplo, llevar los chicos a ciertos colegios, vivir en ciertos barrios, evitar palabras como rojo, pieza, piscina, tela."
Y sigue: "En términos psicológicos, sentirse paquete es un reaseguro de la autoestima. La patología principal en la que caen habitualmente algunos es olvidarse de crecer en otros dones que no sean los heredados, ya sea la prosapia –en el caso de los patricios o neopatricios– o el dinero, en el caso de los poderosos".
Por algo, desde hace 40 años existe la Guía Social, también llamado el Libro Azul. Popi Aparicio Argüello está cerrando la vigésima edición a fines de noviembre, y cuenta que en sus 500 y pico de páginas registra a 8900 familias argentinas. "La paquetería existe desde siempre", asegura Aparicio Argüello, y la define: "Es lo que todo el mundo quiere llegar a tener, ser o –sobre todo– parecer. Los círculos cerrados siguen vigentes."
Dan prueba de eso instituciones como el Jockey Club, el Círculo de Armas y el Club Francés. "Pertenecer –concluye Espeche– tiene sus privilegios, se trata de lugares con códigos propios que facilitan negocios y alianzas. Hay un deseo inconsciente de pertenecer, aun por parte de quienes execran verbalmente las paqueterías y demás. El síndrome Galimberti sería una trágica versión de lo que menciono".
Razones de ser
Enseguida, Aparicio Argüello despliega una clasificación ágil del rubro: "Se es paquete por herencia, educación, esnobismo; por lo que se frecuenta y lo que no se frecuenta. Existe el paquete interno y el externo. El interno se reúne en su casa solamente con otros paquetes. El externo es el que se exhibe, el fashion. También está el paquete venido a menos, que con cierto aire démodé se pasea por la vida con la tristeza en los ojos por todo lo que tuvo y que se ha resignado a perder".
Para ella, experta en la materia, la personificación de la paquetería femenina fue Dulce Liberal de Martínez de Hoz. Entre los varones, menciona a Constancio Larguía, Charly Menditeguy, Mariano Grondona, Rolo Argañaraz y Carlos Pedro Blaquier.
"Pero lo que atenta hoy contra la paquetería son las casas chicas, muy incómodas para recibir", se despide.
De himnos y deslices
* Hace 20 años, en una imponente casona de Belgrano sobre la calle Conde, en una reunión organizada por Jessie Monrad Frías de Lotti estaban Miguel Canale Demaría –antes de convertirse en director de Cartas de lectores de LA NACION–, Roberto Pochat –director de la revista La Voz Libre de Barrio Norte–, Uki Goñi –que lideraba la banda pop Los Helicópteros–, la profesora de lambada Julieta Lotti, Carlos Sáenz –director del corto Reflex– y el músico Claudio Gabis –que tocaba en Manal–. Todos se agruparon cerca de Luis Emilio Mitre, que acompañado por una guitarra entonó una especie de himno paquete de su autoría: Típico de Daisy.
* Años después, Cacho Alvarez, ex empleado de Harrod’s, abrió Cirus, un negocio de ropa tradicional masculina en las Cinco Esquinas, Juncal y Libertad. Las palabras finales de Alvarez cuando tomó las medidas de un traje por última vez fueron: "Le queda bien cajetilla".
* Un caso destacado de desgracia paqueta lo protagonizó un argentino de origen vasco, de una familia tradicional de San Isidro. Cuando vivía en España habló con el cónsul argentino para explicarle que su documento estaba adulterado por él mismo. Es que le pesaba llamarse Rubén Oscar. El cónsul, hombre accesible, disimuló este desliz, a veces no tan extraño en el mundillo paquetón.
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