
Los shows de Pearl Jam en Ferro reavivaron la idea de la Argentina como el puerto favorito de los grupos rock. ¿Tenemos que creernos semejante cosa?
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No fue la primera vez, no será la última. Lo dijo Eddie Vedder, uno de los grandes del rock & roll, un ilustre en el Panteón de los 90: “Ustedes son el mejor público que tuvimos jamás”. Lo dijo así, de golpe y porrazo, medio entonado por el par de botellas de tinto que venía empinando durante el show en Ferro, tambaleándose del pedo y la emoción, secándose las lágrimas que le brotaron al ver la reacción intensa de los 20 mil presentes frente a su homenaje a los Ramones, conmovido por el recuerdo de su amigo Johnny. Estaba emocionado de verdad, Eddie, y parecía estar diciéndolo en serio. Los Ramones, precisamente, hubieran firmado al pie de esa declaración. El mejor público. Son tantos los que lo han dicho, de corazón o careteándola, que uno termina dudando si no será alguna especie de verdad.
Digamos que este año hubo un par de síntomas diferentes: uno de ellos fue el de Laura Down, la cantante que acompaña a Moby, que derramó lágrimas ante la ovación de la Rural. Después tuvimos al DJ manco de Dizzee Rascal (cómo olvidarlo) en el festival BUE, asegurando que ellos habían estado en muchas ciudades, pero que ninguna había demostrado tanta arenga hiphopera como la Reina del Plata. Sonaba un poco falso, eso sí, pero hay que tener cara para seguir el manual de la demogogia tan al pie de la letra. A esta altura…
Repasemos. Sabemos que éste es el país que despidió a los Ramones (una banda de culto en todo el mundo, pasión de multitudes por aquí), el que batió marcas de convocatoria de los Rolling Stones (¡cinco River!), el que los Die Toten Hosen señalan como su “segundo hogar”, el que hizo flashear a los Chemical Brothers... Pero, ¿cómo se mide algo tan ambiguo –abstracto y sensorial– como la temperatura de un público, si no es mediante los testimonios de los músicos que la gozaron? A falta de equipamiento más confiable, y teniendo en cuenta que nos interesa más la sintomatología del fenómeno que su constatación objetiva, nos preguntamos por qué será que el público latinoamericano en general y el argentino en particular tienen esa reputación planetaria (que, en algunos casos, responde más a un prejuicio antropológico –“el calor latino”– que a una certeza empírica).
Puede tener que ver, en principio, con una cuestión de vanidad y un irreprochable anhelo de protagonismo. Hay pocas áreas en las que los argentinos podemos considerarnos parte de alguna clase de Primer Mundo. Una de ellas es el fútbol, ahí sí que somos cabeza de serie. Por eso los medios buscan reafirmar diariamente ese orgullo a través de noticias (muchas veces infladas) de los argentinos que triunfan en ligas europeas (ahora también tenemos el básquet y el tenis, y funciona con idéntica lógica). En el rock, en cambio, no podemos vanagloriarnos de pertenecer al Primer Mundo; no, al menos, en términos de producción y exportación. La tradición argentina encabeza las páginas del rock en castellano, pero no asoma ni las narices al mercado anglo (casi impenetrable para cualquier foráneo no mimetizado, excepto para circuitos menores o listas de fin de año de críticos curiosos).
Ahora bien, hay un instante en que el rock argentino, o la Argentina, puede acariciar el sueño de un protagonismo mundial en ese territorio. Y es cuando su público logra conmover a una estrella, correrla de su rutina emocional y regalarle un inolvidable recuerdo de escenario. Y, de ser posible, que lo vaya a divulgar por su tierra. Es parte del mismo proceso por el cual el público de rock en la Argentina fue cobrando un mayor protagonismo en la última década y media. Una cuestión atravesada por el narcisismo, sí, pero también por la gratitud. Sería algo así: “Yo quiero que ese tipo que me emociona con sus canciones se emocione con mi fervor. Quiero que crea que soy lo mejor que le puede pasar arriba de un escenario, porque de ese modo estaré siendo una parte mucho más activa del espectáculo y de su vida”.
Si bien las analogías lineales entre el rock y el fútbol suelen pecar de simplonas y reduccionistas, en este caso se puede establecer una comparación con las hinchadas, que cada vez hacen más esfuerzos por deslumbrar al jugador y deslumbrarse a sí mismas. Los cánticos refieren más a las virtudes de los propios seguidores que a las cualidades del equipo. Hay una cuota creciente de autocelebración. Algo similar sucede en los conciertos de rock y, cada vez más, en los festivales de música electrónica. La demostración de afecto y de conocimiento de obra, cuanto más ruidosa y visible sea, mayor sentido terapéutico y catártico adquiere. Es el anhelo del amor correspondido, la celebración de un festín de ego colectivo, nacional. Y mientras esa vanidad sensitiva se mantenga en alto, la autenticidad o falsedad de la fascinación del artista seguirá siendo un enigma menor. Lo importante es que nos conozcan, que sepan quiénes somos, hacerlos llorar. Meternos en sus vidas de una vez y para siempre.




