
La magia de Jamiroquai
SAN PABLO.- Lo más esperado del festival Free Jazz llegó poco antes de la medianoche del sábado. Jamiroquai finalmente, conquistó al público paulista con un show impactante, a pura energía y calidad.
Con mucho funk, un poco de hip hop, algo de acid jazz y un toque de dance, la banda liderada por el inglés Jason Kay no dio respiro en un show muy caliente, justo una semana antes de actuar en nuestro país en el estadio de Ferro.
El alma máter de Jamiroquai es un showman impactante. Y aquí, antes de ganarse al público por medio de la música, se lo ganó con un gesto que exige mucho menos y da buenos resultados: salió con la camiseta del seleccionado local (¿en Buenos Aires se pondrá la albiceleste?) y uno de esos extravagantes sombreros de piel que le ayudó a sudar aun más en un recinto que, por la temperatura ambiente, era lo más parecido al infierno que uno puede imaginar.
El Palace tiene capacidad para tres mil personas, pero el sábado la cifra se estiró en, por lo menos, quinientos cuerpos más que bailaron, tomaron y sudaron a raudales. Es que el movimiento es inevitable, la banda ajustadísima y el cantante inagotable, aunque la temperatura esté cerca de los mil grados.
Sin dudas, el espectáculo era el más esperado del festival. Agotó las localidades en 48 horas aunque los precios no eran de los más accesibles (40 y 100 dólares). Pero no dejó ni un real de deuda. Música hecha con gran calidad y un sonido a la altura de las circunstancias, algo que parece un poco más aventurado en Ferro, al aire libre, donde habrá que rogar que no haya mucho viento.
También en palabras
Jason Kay no sólo canta. También habla, y lo hace muy cordialmente. Tanto con los periodistas (en una conferencia de prensa que tuvo los más diversos matices) como con quienes se le acercan en el lujoso hotel Maksoud Plaza.
El encuentro de la prensa también fue un show. Quisieron que dijera algo de la maconha (marihuana) y habló: "Me parece que fumar aquí no es tan normal como en los Estados Unidos o Europa", afirmó, y deslizó que "hasta ahora no conseguí nada, así que me pueden traer".
También habló de los contrastes que vio en el primer país sudamericano que visita: "Sé que en este continente las contradicciones son muy grandes y hay mucha corrupción y los gobiernos se ocupan de atender a los más poderosos. No sé bien qué, pero creo que algo hay que hacer antes de que todo estalle".
Antes de responder lo que sea, el cantante se toma un tiempo para elaborar la respuesta. Hasta cuando le preguntan si es verdad que sólo toma café en tazas de porcelana china: "¿Cómo alguien puede creer semejante ridiculez?" Pero, por suerte, también habló de música. Primero, sobre sus influencias: "Son varias decenas de músicos. Desde Chopin a Steve Wonder, de Miles Davis a Marvin Gaye. Todos aportan algo, aunque algunas veces eso no se note directamente en lo que hacemos".
Hay algo, en cambio, que no le gusta: que le pregunten sobre su música como dance, aunque el sentido que se le quiera dar sea no el de la nueva tendencia europea sino el más clásico de música para bailar. Aquí, imita con sonidos guturales las monótonas máquinas de ritmo y afirma "yo no hago eso", y tiene razón, aunque su propuesta sea, en definitiva, una buena excusa para bailar. Y agrega: "Esa música es otra cosa. Nosotros apuntamos a la experimentación aunque partamos de alguna rítmica heredera del funk".
No hay forma de agarrar desprevenido a Jason Kay. Siempre, a cualquier hora que se lo cruce en el lobby del hotel, está acompañado por una poderosa rubia y, unos pasos detrás, una inmensa mole que no necesita hablar para dar a entender que es su guardaespaldas.
Por suerte, su ángel de la guarda no sube al escenario y esa figura delgada, de 29 años, se convierte en un huracán que atrae para sí todas las voces, todos los aplausos. Es cierto. No hay forma de agarrar desprevenido a Jason Kay. También se lo ve, todo el tiempo, con su cabellera tapada con una gorra, siempre la misma, y muchos dudan que se la quite bajo la ducha.







