
Hace una década que los pobladores de la Villa Estación Ferroviaria de Puente Alto viven en el infierno. Sus casas, que están a sólo metros de un ex vertedero, se filtraron para el temporal de 1997. Luego, una enfermedad mortal llamada Guillain Barré comenzó a afectar a los vecinos. Ahora, la delincuencia los rodea por todos lados. Los pobladores creen que están presos en una maldición. ¿Y la verdad? Es difícil pensar que no.
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Felipe era seco. Seco para la pelota. Pichangeaba día y noche y estaba pintado para jugar en un equipo profesional. Vivió en Argentina hasta los 13 años. Allá aprendió a esquivar rivales, a pasarse a uno, dos, tres, tocarla rápido y correr hasta recibir la pared. Incluso jugó en las inferiores de River Plate hasta que se vino a Chile en 1996. Más específicamente a la Villa Estación Ferroviaria de Puente Alto, donde rápidamente se hizo conocido como el Chayanne, "el cabro bueno para el fútbol".No era raro verlo entrenar en la cancha que quedaba cerca de su casa, en esa sección de área verde situada justo sobre lo que hasta 1978 era La Cañamera, un vertedero donde se depositaba la basura de 5 comunas de Santiago.
Felipe dejó el fútbol el 2000, solo cuatro años después de haber llegado a Puente Alto. Una grave enfermedad lo dejó casi un año sobre una silla de ruedas. Y no fue el único. Poco después de él se enfermaron tres personas de la misma villa y una de la contigua. ¿El diagnóstico? Guillain Barré, una extraña enfermedad que involucra al sistema nervioso y que, estadísticamente, afecta a una persona cada 100 mil. En cualquier otro lugar el tema habría sorprendido, en la villa no: para ellos no es más que otro síntoma de una maldición que, aseguran, partió el invierno de 1997.
julio 1997. las gotas se sienten como puñaladas y la lluvia cae tan densa que Viviana Cisternas apenas puede ver la puerta de su casa. En sus brazos carga a Sergio, su hijo de tan solo siete años, que pese a su corta edad ya ha enfrentado varias bronconeumonias. Camina y ruega que el cambio de barrio no afecte al niño, ruega que su nueva casa, la que le acaban de entregar, aguante el temporal. El ruego es estéril, apenas cruza la puerta nota que su casa está inundada. Desesperada, deja a Sergio en una esquina, corre cómodas, pone trapos, estruja paños y seca el piso una y otra vez. Nada de eso sirve, solo un feo nylon que pasará a ser parte permanente de la fachada de la casa.
Carol Rojas también llegó a la villa el 1997. Finalmente, y después de años de ahorrar, llegaba a su propia casa. Fue tal su emoción que apenas notó los paneles de madera que rodeaban la villa y formaban ese cerco que veía desde el living. Ese fue su error. El error que ha debido pagar por casi diez años. Porque, detrás de su casa, a tan solo unos metros, está La Cañamera. Sí, la maldita Cañamera.
Tanto Vivian como Carol compraron sus casas como parte del Programa Especial para Trabajadores (PET) impulsado por el Gobierno. Pero lo cierto es que el temporal del ‘97 hizo, literalmente, agua sus inversiones de seis millones de pesos. "El ministro de Vivienda y Urbanismo de la época, Jaime Ravinet, nos dijo que habíamos sido pajarones por comprar estas casas y que por qué no le habíamos tirado agua con una manguera antes para ver si se pasaba. Fue un insulto", recuerda molesta Carol.
El Colegio de Arquitectos visitó la villa. En su informe constataron las deficiencias que los pobladores habían observado: falta de canaletas, mala impermeabilización y aislamiento, problemas de diseño y construcción. "La constructora Copeva hizo la conexión del baño, que queda en el segundo piso, hacia el lavaplatos, entonces cuando tú estás en el baño, cae todo hacia abajo. Tengo que esperar que todos se terminen de duchar para lavar la loza o cocinar", cuenta molesta Carol. "Esta población la construyeron al lote. Rompí una muralla para hacer unos trabajos de gasfitería y vi hasta cajas de vino adentro de los bloques. Además, esto fue todo un basural clandestino, no deberían haber construido aquí", cuenta otro vecino, Paoli Bondi.
Después de constatar los daños, la empresa constructora, Copeva, tuvo que impermeabilizar de nuevo las casas. "Me empastaron afuera, me estucaron, pero ese estuco fue como de dos milímetros, se caía solo", muestra Carol. En el año 2001 las familias de la villa decidieron interponer una demanda civil en contra del Estado, del Serviu y de la Municipalidad de Puenta Alto por el diseño y la calidad de las viviendas. "Aquí no se controló nada. Los permisos fueron entregados casi simultáneamente con la recepción final en la que, se supone, debe ser fiscalizada la calidad de las construcciones", alega Eduardo Cabrera, abogado de las 760 familias que esperan recibir una indemnización de 4 millones de pesos. El juicio tiene para rato. "Estas casas fueron construidas igual, con los mismos materiales que los departamentos del Serviu. A ellos les han dado múltiples soluciones y a nosotros absolutamente nada, supuestamente por estar en un estatus económico un poquito más alto", alega Carol.
El invierno se fue. Pero luego, sin dar tiempo para el descanso, vinieron los olores, los hoyos y las irregularidades del terreno. Las casas habían sido construidas a metros de un ex vertedero, cuando la OMS recomienda una distancia de 2 kilómetros. "Hicimos una serie de excavaciones en el suelo que se llaman calicatas y lo que pudimos determinar es que efectivamente parte de las Estaciones Ferroviarias fueron construidas en zonas donde todavía hay un segmento menor de basura, principalmente orgánica, en un rango de 10 a 30 centímetros", señala el director del Serviu Metropolitano, Ricardo Trincado. Los vecinos veían con sorpresa como cada vez que hacían un hoyo en el patio, no encontraban tierra sino basura. "Yo puse cerámica afuera y cuando hice el hoyo no podía encontrar sólido para compactar, pura basura. Que neumáticos, que palos, que zapatillas, que cuestiones plásticas", relata Paoli Bondi. "Hay incluso casas que están ladeadas. Las calles tienen hoyos, hay desniveles, el suelo es blando", agrega Felipe Mella.
Pero el hecho es que las casas se construyeron ahí, donde nunca tuvieron que estar. "El plano regulador metropolitano lo hace el Ministerio de Vivienda y ahí se definían estos límites, que no da los márgenes de espacio necesarios. El municipio lo único que puede hacer es aplicar el plano regulador vigente", dice el alcalde de Puente Alto. "Lo que pasó es que en la época se redefinieron los límites urbanos y el problema surge a la hora de determinar los límites del antiguo vertedero", señala el director del Serviu Metropolitano.
felipe mella fue el primero. el caso era extraño, trágico y para nada fácil. Era un enfermo y, se suponía estadísticamente, el único que podía haber entre cien mil personas. Por eso, más allá de la pena y la solidaridad propia de los vecinos, el caso de Felipe no llamó particularmente la atención. Eso, hasta que otro niño se enfermó con Guillain Barré. Y ni hablar cuando, tres años después, se presentaron tres nuevos casos de la extraña enfermedad (uno era uno de los mejores amigos de Felipe y su compañero de fútbol en La Cañamera).
Se consumaban 5 casos entre 8 mil personas. Un imposible estadístico.
Alarmados. Los vecinos comenzaron entonces una lucha frenética para develar el misterio y exigir soluciones. Más reuniones, papeleos y cartas al Presidente. Los pobladores comenzaron a informarse, a preguntar. Se enteraron que el Guillain Barré es una degeneración del sistema nervioso periférico cuyas causas más frecuentes son infecciones por virus, bacterias o la exposición a sustancias químicas. "Cuando hay sospecha de una causa de origen químico, hay que estudiar el entorno dentro del hogar y fuera", explica la toxicóloga Laura Börgel.
El doctor Enrique Paris estaba en un programa de TV cuando recibió una llamada desesperada de una vecina informándole del caso: "Me llamó la atención y entramos a la discusión con mucha fuerza, pensando que realmente había alguna relación entre la construcción de la población sobre un vertedero y propusimos al área de salud sur oriente hacer un estudio para buscar metales pesados".
Se realizaron exámenes de orina y sangre en la población. Se buscaba la presencia de plomo, arsénico, mercurio y talio, entre otros: "Lo que se detectó de manera más elevada fue arsénico, pero éste aparece de manera importante cuando una persona consume pescados y mariscos y se dio la coincidencia de que la gente que se había hecho el examen los había consumido. Tuvimos que repetir el estudio y se demostró que los niveles habían bajado hasta estar casi normales", señala Paris, director del Centro de Información Toxicológica y de Medicamentos (CITUC).
Paralelamente, el Sesma (Servicio de Salud Metropolitano del Ambiente) realizó estudios de suelo, agua, alcantarillado y monitoreo de gases. Un estudio de la Universidad Católica de Valparaíso estableció la presencia de residuos domiciliarios, de construcción, industriales, farmacéuticos y hospitalarios en La Cañamera. El vecino Paoli Bondi fue jefe de obra en la construcción de un pequeño parque que ahora está a un costado del ex vertedero y confirma lo establecido en el estudio: "Encontrábamos hoyos con productos químicos, bolsa con jeringas, tónicos descompuestos. Habían unos líquidos de un olor inaguantable y los mismos maestros que se metían a los hoyos se desmayaban".
Al final, tras el análisis de suelo y gases, fue imposible establecer una asociación directa entre el ex vertedero y las enfermedades. Pero aún así la autoridad sanitaria de la época, el Sesma, consideró a La Cañamera como un foco de riesgo sanitario y ambiental. Mandó a cercar el sector y ordenó un plan de cierre a los dueños de los lotes: la municipalidad, el Serviu y privados. Tiempo después, el Serviu presentaba su propuesta que incluía la construcción de un parque y la municipalidad se comprometía a la mantención y la iluminación de la futura área verde. Nada de lo cual se ha cumplido.
Lentamente los peritos se empezaron a retirar del lugar. Pero los vecinos no quedaron tranquilos. Seguían desconfiando de La Cañamera. El gran peladero a esa altura ya era como un gran ojo maligno que no los dejaba dormir tranquilos.
andrecito se cree hombre araña. se cae y se para, como impulsado por unas redes mágicas. Es su mundo: corre más fuerte que el viento y tiene súper poderes. Su mamá, Rebeca, lo mira atenta en su odisea. En realidad, se queda atrás del grupo, se cansa luego y le duelen las piernas cuando trota mucho. Hoy tiene nueve años. Y esos son los síntomas que le dejó el Guillain Barré, que le dio cuando tenía tres años y seis meses.
Andrés vivía junto a su mamá, papá, abuelos y tíos al frente de La Cañamera. Su papá, Paoli Bondi, fue jefe de obras en la construcción de la plaza que ahora queda a unos pasos de su casa. Al niño le gustaba acompañar a su padre para subirse a las máquinas: "Máquera, máquera", apuntaba. Allá arriba debe haberse sentido como un verdadero súper hombre. Igual que ahora, cuando se ríe con esos dientes medio chuecos que tiene y se sube a la bicicleta que su papá le regaló para la navidad. Parece un niño sano a pesar de los síntomas que describe su madre. "Todavía en la noche grita `mamá, mamá’ y hay que sobarle las piernas porque se le agarrotan, como que se le arman nudos. Vive con esos calambres", dice Rebeca.
Es el regalón en la casa de su abuela. Vivió ahí hasta que se fue lejos de la Cañamera, junto a su madre. Ahora visita cada quince días a sus abuelos y tíos. Se tira encima de todos, abraza a medio mundo. Es el rey de la casa.
La Lela, como le dice a su abuela Clara, baila con él las coreografías de reggeaton que salen en la tele. Pero se pone firme cuando el Andrés escupe para el lado: "Eso lo hacen los chigúas, vai a ver no más". Él se ríe de nuevo achinando sus ojos negros. Esa mirada le hace recordar a Clara cuando el niño se tenía que arrastrar como una culebrita porque no se podía la parte inferior de su cuerpo. "Me decía: Yo puedo, Lela, yo puedo, y trataba con sus coditos de subir las escalera. Era chiquitito, yo lo miraba y me ponía a llorar", recuerda. Andrés escucha a su Lela y parece recordar: "Ah, sí yo subía así, afirmándome", muestra. Su mamá lo mira con cara de incredulidad.
Andrés fue el segundo caso de la villa. El diagnóstico tampoco fue rápido. Los médicos pensaron que se trataba de desnutrición, hasta hablaron de un tumor cerebral. Pero finalmente vino la palabra lapidaria: Guillain Barré. Al poco tiempo la mamá de Felipe Mella fue hablar con Rebeca para tranquilizarla y orientarla. Pero nada calmaba a la madre. Ella pensaba que su "guacho" se iba a morir. Pasaba todo el día en los hospitales. Le partía el alma ver a su pequeño lleno de máquinas.
Andrés tardó meses en recuperarse pero los síntomas regresaron dos años después. El hombre araña se volvía a caer de su red. "Yo confío en el de arriba que nunca más le vuelva a dar", ruega su madre. Lo ve subirse arriba de la bici plateada y poner cara de esfuerzo cuando pedalea: "Ahora que va creciendo, le afecta. Juega y se cansa. Es más lentito que el resto aunque es como fantasioso. Para él, baila mejor que nadie y corre más fuerte. Es perseverante desde chiquitito, como cuando se arrastraba por la escalera. Lo fome es que los niños son crueles. Cuando era obligación saltar la cuerda para delante y para atrás, él no quería ir al colegio. Tuve que hablar con el profe de educación física". Andrés sigue intentando pedalear mientras su cara se pone más y más roja. Así, con su rostro del color de una manzana, se parece cada vez más a como se ve en sus fantasías: poderoso, fuerte, esforzado. Sí. El andrecito se cree hombre araña.
hace calor, mucho calor. la brisa que corre de vez en cuando en la villa apacigua un poco el efecto del sol intenso del verano. El temor de los pobladores no se espanta así de rápido. Responden seguros cuándo se les pregunta por la causa de las enfermedades. "Todos sacamos conclusiones de que era por el basural que había aquí", contesta rápidamente Clara Rojas. "Nos dijeron que no había nada, que el basural no tenía que ver con las enfermedades pero eso no me tranquilizó. De dónde vienen entonces. Tantas personas enfermas en un solo sector no es coincidencia, pienso yo", responde Felipe Mella. "Tres casos de Guillain Barré vinieron de La Cañamera porque esos tres niños iban a jugar a ese parque", afirma Carol Rojas.
El doctor Enrique Paris fue personalmente a comunicarles en aquel tiempo a los pobladores el resultado de los exámenes, pero la gente no le creyó. "Hay que reforzar que se hizo un estudio que costó millones de pesos porque la finalidad era darle solución al problema. Desgraciadamente no se pudo establecer una relación directa entre las enfermedades y el vertedero, pero hay que tranquilizar a la población", enfatiza el director del Cituc.
La doctora Laura Börgel también se involucró en los estudios. "Hay que explicarles a las personas que si esta no es la causa, entonces cuál es. De otro modo quedan con sensación de angustia", relata. Eso es lo que pasa hoy en Puente Alto. "En esa época habían un montón de trabajos en la zona, la tierra se removía por todos lados. Al frente se construyó el parque y nosotros en la casa pusimos las baldosas y el niño estaba expuesto a todo eso. Me imagino que los bichos andaban en el aire. En resumidas cuentas, hay algo aquí.", dice Paoli Bondi.
El doctor Paris intenta buscar la razón de por qué tanta desconfianza. Explica que hubo disonancia entre los resultados de laboratorio que el Cituc encargó a la Asociación Chilena de Seguridad y los realizados por la doctora Börgel: "Ocurrió que en los exámenes que hizo la doctora en su laboratorio encontró de todo, hasta monóxido de carbono. Entonces la gente se asustó porque había alguien que les decía que había pillerías. Si los exámenes demuestran que no hay nada y otra persona les dice que sí, obviamente que la pobre gente va a estar dudosa".
La doctora Börgel insiste en que hay un factor clave que no se ha estudiado: el viento. Esta tesis se basa en que cerca de la zona existen extracciones de árido. "Habría que ver el comportamiento de vientos locales, esa brisa que se ve muy inofensiva y que te deposita cositas arriba de las mesas, lo que nosotros llamamos polvo ambiental", explica. A su juicio, este estudio sería pertinente para descartar el riesgo de una intoxicación crónica que podría traducirse en posibles cánceres y daños en el área cognitiva. "Las únicas intoxicaciones a largo plazo que producen daños en la parte cognitiva son generalmente por Plomo. Plomo no se encontró, por lo que está absolutamente descartado", responde enfático el doctor Paris.
El alcalde Manuel José Ossandón descarta que la municipalidad de Puente Alto financie futuros estudios. "Los problemas de salud son de responsabilidad del Ministerio de Salud, por lo que todos los estudios que se hagan tienen que hacerlo ellos". Para la autoridad sanitaria, el caso de La Cañamera está cerrado. No para los vecinos. "Yo tengo miedo. Los años siguen pasando y la gente sigue enferma y nosotros no tenemos cómo defendernos, nadie nos cree", cuenta Carol Rojas.
30 grados de calor en santiago. melodías cruzadas de reggeaton se filtran por las ventanas, mientras los niños corren en traje de baño por los pasajes. El hijo de Carol Rojas juega al computador en su pieza. Su mamá le tiene prohibido ir a la plaza que queda arriba de la Cañamera. Le da miedo que le pase lo mismo que a Felipe, lo mismo que a Andrés. Son las cinco de la tarde y la plaza está vacía.
No es a lo único que teme. Le han entrado a robar tres veces a la casa. A los hijos de su vecina Viviana los han asaltado en innumerables ocasiones: "Al Luis Esteban el otro día le pusieron una pistola en la cabeza para quitarle la bicicleta, al menor lo han asaltado no sé cuántas veces en la micro. Yo casi me he muerto de todos los sustos que hemos pasado".
Se sienten rodeados. El otro día Clara iba caminando a su casa y salió un tipo con una escopeta dando tiros al aire. Algunas vecinas se pusieron a correr. Ella no. Ya está acostumbrada. "Lo que pasó acá es que se formó un gran ghetto de pobreza. Hace años atrás se hablaba abiertamente de que este sector era un vertedero humano. No hay espacios para servicios ni para áreas verdes. Esta gente necesita algo de urgencia", enfatiza el alcalde. Ricardo Trincado, director del Serviu, concuerda con él. Afirma que están gestionando los recursos necesarios para construir un gran parque arriba de La Cañamera que contará con todas los resguardos técnicos, como la construcción de chimeneas y el manejo de aguas lluvias. "Nosotros aspiramos a que este año podamos desarrollar sino la totalidad de las 12 hectáreas, por lo menos un buen porcentaje".
Mientras, los vecinos esperan amenazados por un nuevo síntoma de esta nueva maldición: el fuego nocturno. "Acá se escuchan balazos todos los días en la noche", cuenta con desesperación Viviana. Ya no sabe qué hacer. Primero las lluvias, después las enfermedades, luego la delincuencia. En sus ojos hay de todo un poco: mezcla de rabia, de impotencia, de resignación y de tristeza. Infinita tristeza: "Yo no entiendo. No creo en los derechos humanos, por lo menos acá no existen. Tenemos derecho a ser personas, a que nos escuchen, a que nos crean Me siento viviendo como cualquier cosa. Por mí, que mis hijos terminen luego el colegio para irme luego de aquí".
Muchos vecinos ya han tomado la determinación de marcharse y hay muchos que lo están haciendo, los que pueden, claro. Hay otros que sólo les resta esperar. Esperar que la maldición les de tregua por un rato. "Yo daría mi vida por irme de aquí, ahora más que nunca", dice con rabia Carol. No quiere nada más con su casa: la odia. La felicidad del primer día que llegó parece ahora un recuerdo lejano, un sueño de otro tiempo: "Esto nos ha acarreado enfermedades, problemas, humillaciones, vergüenzas. A mí, cuando me preguntan a dónde vivo, me da lata decir que en las casas Copeva, es un estigma".
La rabia traspasa generaciones. Felipe tiene hoy 22 años, vivió en carne propia la enfermedad y guarda algo más que las secuelas: "Da rabia pensar por qué no hacen las cosas bien. Está bien que uno tenga menos plata, pero por qué exponer a la gente pobre. Ellos ganan su dinero, viven su vida de reyes y se van lejos, bien lejos. Nunca más se acuerdan. No les importa nada"
Clara Rojas, la abuela de Andrés, también respira con resignación. Ese suspiro parece ser el resumen perfecto, la sinopsis cotidiana de la mala década que les ha tocado vivir. Parece como si el agua, la tierra, el viento y el fuego los atacaran. Los cuatro elementos contra un puñado de hombres y mujeres que se vieron inmersos en una batalla que nunca pidieron: "Qué le vamos a hacer. Se nos juntó todo. Es como una maldición".
Vivir con Guillain Barré
Felipe Mella despierta. Un extraño cansancio le recorre el cuerpo. Debe ser la semana de campeonato, el correr de una cancha a otra, el desgaste de no parar nunca de pelotear… Le duelen las piernas y los brazos. Ayer, en la hora de once, hasta se le cayó la taza de té de las manos. Ahora es lo mismo. No tiene fuerzas.
Igual se levanta. Se viste y sale a jugar, por supuesto. No puede estar ningún día sin la pelota entre los pies. Apenas alcanza a caminar dos pasajes y se devuelve. No soporta el dolor en las piernas y tiene que acostarse. Mientras intenta quedarse dormido desea que esa mañana sea parte de un mal sueño.
A las seis de la tarde abre los ojos y la sensación de la mañana se mantiene. Peor. Trata de levantarse y no puede. No puede mover ni la punta de los dedos. Felipe está tirado en su cama, sin poder moverse. En ese momento se da cuenta que lo que le sucede no es simplemente cansancio. Algo le pasa. Algo le recorre el cuerpo. Sus piernas no se mueven. No se mueven.
Felipe empieza a desesperarse. Ese día tenía que dejar los papeles para jugar en la U. Lo primero que se le viene a la mente es que no va a poder entrenar esa semana y que el sueño que ha tenido desde chico de convertirse en jugador profesional de fútbol se estanque, como sus piernas. No soporta la idea. Grita, y mientras lo hace el susto crece. Vuelve a gritar. Su mamá corre y lo levanta. Felipe se cae como si fuera de papel. Su madre lo para de nuevo, se cae otra vez. "No me creía, pensaba que estaba exagerando", recuerda. Pero su debilidad no era parte de ningún show. Era real. Muy real.
Lo llevan a la posta. Los diagnósticos son contradictorios: lumbagos, contracturas, gripe. Lo inyectan, le dan calmantes, nadie comprende nada. Él menos. Lo trasladan de un lado a otro: "Los doctores me miraban, me paraba y yo me caía. Un médico no me quiso recoger. Me dejó tirado, ahí en el suelo. Yo trataba de pararme pero las piernas no me respondían. El señor del aseo me recogió y llamó a mis papás. Me sentía como un estropajo".
Su cuerpo no le responde y su cabeza no para de dar vueltas para intentar comprender qué le pasa, qué diablos le pasa a su cuerpo que no quiere moverse. Le dice a su mamá que pase lo que tenga que pasar. Que esto, sea lo que sea, siga avanzando y lo nuble. Lo nuble para siempre.
Lo llevan a otro doctor más. A otro y a otro. El tiempo se vuelve confuso y lento, muy lento y pesado. Lo internan en el Sótero del Río. Allí, a lo lejos, escucha que un médico les dice a sus papás que en cualquier momento le puede dar un paro cardíaco o un paro respiratorio. Y una palabra suena y retumba en las paredes del hospital: Guillain Barré. Nunca más se le borra de la cabeza.
Después de dos meses Felipe comienza a ir a la Teletón: "Ahí me puse terco porque me daba rabia verme caminando con un aparato, si yo era normal". De a poco avanza. Practica echando lentejitas a un agujero para recuperar la movilidad del brazo. Se alegra. Ahora puede moverse por sí mismo en la silla de ruedas.
Felipe se va a vivir con unos tíos porque desde su casa el trayecto es muy largo. "Además está el maldito basural", dice con voz segura y grave. En la noche, los calambres no lo dejan dormir. Aprovechaba entonces de mover las piernas con sus manos para ejercitarlas de a poco e intentar volver a ser como era antes. Y así amanece. Entre pensamientos, masajes y dolores repentinos.
Va sólo los fines de semana para su casa. Ahí lo sacan a pasear en silla de ruedas. Todo el mundo lo mira. "No entendían cómo yo, que siempre andaba con una pelota en los pies, corriendo de un lado a otro, ahora estuviera así, postrado en una silla", recuerda.
En total, estuvo seis meses sin poder caminar. Dos meses y medio en el hospital, tres meses en la Teletón y uno en la casa. A esa altura ya sabía que nunca iba a poder ser futbolista profesional. Ni siquiera tenía claro si alguna vez iba a poder jugar de nuevo. Aún recuerda el primer día en que pudo caminar otra vez. Con la boca se desamarró las hebillas de los aparatos: "Me afirmé con los codos en los fierros y me levanté. Al tercer paso me caían las lágrimas de alegría. Estaba caminando de nuevo. Fue como volver a ser niño".
Como al año y medio ya se veía normal. O casi. Hasta el día de hoy siente calambres en las piernas y tiene las manos tiritonas. Salta al dormir y al comer y quedó flaco, muy flaco: "Perdí todos mis músculos y nunca pude volver a jugar como antes. Ahora me llega un pelotazo y me caigo. No pude volver a entrenar".
Han pasado seis años desde entonces. Esa mañana en que no podía mover sus piernas parece hoy un mal sueño, tal y como lo deseaba antes. Pero el recuerdo deja heridas que aún no sanan. No pudo dedicarse al fútbol, su sueño desde pequeño. Quedó hasta primero medio, porque era imposible ir al colegio durante la rehabilitación y después tuvo que trabajar, para ayudar en algo en la casa. Aún no sabe por qué le pasó lo que le pasó. "Pienso que es por el basural. Me da miedo por los otros niños. Van a jugar a la pelota allá y todo está igual que antes, incluso todavía tiran basura allá atrás. Pienso que lo que me pasó, también les puede pasar a ellos. Y yo no quiero. Lo que viví, no se lo doy a nadie. A nadie".






