
La música de Victor Hugo
Fue un referente para la nueva generación romántica de compositores, por sus escritos y por sus ideas
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Para los adictos a los manjares de la música clásica, Victor Hugo es un condimento de sabor familiar. Su obra y su estilo resultan tan conocidos, que eso de celebrar el segundo centenario de su nacimiento parece una enormidad.
Sin embargo, las cifras son exactas. Nació el 26 de febrero de 1802 en Besançon y no hay vuelta que darle. Estamos a dos siglos del día en que llegó al mundo, dispuesto a ser lo que fue. A los catorce años pronunció aquella célebre frase: "Quiero ser Chateaubriand o nada". Su vocación quedaba sellada.
Lo que llama poderosamente la atención es la rapidez con que la música fue asociándose a las obras de este poeta, novelista y dramaturgo, político ardiente y símbolo del alma republicana francesa. Porque a partir de la batalla de "Hernani" (1830) en la Comédie Française, la nueva generación romántica de compositores ya tuvo su referente.
Apenas tres años después, Gaetano Donizetti estrenaba en el Teatro alla Scala de Milán, el 26 de diciembre de 1833, su ópera "Lucrezia Borgia", basada en el tremendo drama que Hugo había dado a conocer meses atrás en París
De todas maneras, el influjo de este líder de la escuela literaria francesa no peregrinó solamente por los senderos de sus poemas o dramas sino, fundamentalmente, de sus ideas y propuestas, que aseguraron un sesgo propio al romanticismo francés.
Fue en el Prefacio de "Cromwell", drama en cinco actos, de 1827, donde Hugo dio piedra libre a las formas artísticas al rechazar tanto los artificiosos límites de las "unidades" clásicas como las antiguas distinciones de géneros. Era natural que los músicos, apartándose de las ciudadelas del teatro clásico francés, se abrazaran a su causa, destinada a mostrar la obcecada distinción de tragedia, comedia y drama, encarcelados entre barrotes que ya Shakespeare, dos siglos atrás, había arrasado.
Y ese guante lo recogió, primero entre todos, Hector Berlioz, cuyas obras escapan a cualquier encuadre de géneros preexistentes. Porque si su "Sinfonía fantástica", de 1830, llama a nuevas estructuras y maneras de manejar las formas, no por la vía del desarrollo de la sinfonía clásica germana, sino de la metamorfosis temática, "La condenación de Fausto" proclama el género totalmente abierto de la "opéra de concert", un género que cabalga entre la cantata y la ópera y que originalmente no debía contar con representación. De ahí que, aunque Berlioz recurra en escasas ocasiones a textos de Hugo, como en "Sara la bañista" o en "La cautiva", su estilo entero se nutre del Prefacio de Hugo.
Los reflejos del poeta
Dentro de los géneros -puntualmente diferenciados por los franceses- de la "romance" y la "mélodie" para voz y piano, surgidas en el siglo XIX, no fue Hugo, sin embargo, el más celebrado de entre los poetas. Serán los parnasianos y simbolistas, de Gautier y Baudelaire a Verlaine y Mallarmé, los que provoquen la inspiración de los compositores en su etapa de mayor pujanza y madurez y lleven la "mélodie" a su nivel espiritual y sonoro más elevado.
Con todo, casi todos los músicos empezaron por Hugo, creando bellas páginas de juventud sobre la base de versos extraídos de su privilegiado manantial poético, como "Odas y baladas", "Las orientales", "Hojas de otoño", "Voces interiores" o "Los rayos y las sombras", entre varias más. De alguna manera, ya tempranamente se ejercitaban con las audaces metáforas de Hugo y con la furia sin precedentes de sus palabras, antes de aventurarse en el mundo parnasiano y aún surrealista.
No es casual que haya sido Franz Liszt uno de los más iluminados por los versos de Hugo. Nacido en Hungría en 1811, pasó una turbulenta adolescencia y primera juventud en París, donde la revolución de julio de 1830 dio salida a sus arrebatos políticos y sociales. Esto significa que la formación cultural y espiritual de Liszt se moldeó en el fuego de las ideas de Victor Hugo, pero también en los ideales religiosos de Chateaubriand y aun del contestatario y excomulgado abate Lammenais. Liszt compuso ocho melodías extraídas de diversas colecciones de Hugo, la última de las cuales, "El crucifijo", de 1884, ratifica aquella confesión del compositor a Nietzsche: "Mi alma quedó firmemente ligada al Gólgota".
Una de las más famosas páginas del poeta francés, "Si mis versos tuvieran alas... como los pájaros, como el espíritu... como el amor", encontró asimismo en Reynaldo Hahn a uno de sus más felices traductores musicales, mientras Gabriel Fauré, lejos de estereotipos y de toda retórica, creaba refinadas melodías sobre los versos del juglar de la libertad.
Dentro de la creación francesa, brillan asimismo las canciones de Lalo, Bizet, Gounod, D´Indy, Franck, Chabrier ("Ruy Blas") y Saint-Sa‘ns, entre varios más.
Las obras orquestales
También la música sinfónica encontró más de una vez motivos de inspiración en la obra de Victor Hugo. Con toda probabilidad, Felix Mendelssohn se contó, cronológicamente, entre los primeros, al componer su obertura "Ruy Blas" en 1839, apenas unos meses después del estreno del drama en París. La composición respondía a un urgente encargo de un teatro de Leipzig, que había proyectado representar la obra del dramaturgo francés, haciéndola preceder, como era común en la época, por una obertura.
Pero, dentro de la creación orquestal, nadie se iluminó tanto de la llama romántica de Hugo como, otra vez, Franz Liszt, el creador del poema sinfónico, donde la música busca describir, a través de sus propios recursos sonoros, el contenido de un texto.
Es el caso de "Lo que se escucha en la montaña", donde sugiere musicalmente una idea de Hugo extraída de la colección "Hojas de otoño", donde poeta y músico oponen la voz alegre y beatífica de la naturaleza a los llantos de una humanidad convulsionada y despavorida.
También recurre el compositor húngaro a "Mazeppa", historia de un héroe del siglo XVII tomada de "Las orientales", de la que ofrece una versión orquestal a partir de uno sus magistrales estudios de ejecución trascendental para piano, que lleva el mismo título. También para el teclado es su fantasía "Después de una lectura de Dante", idea tomada de un poema del autor francés.
Dramas para la ópera
Pero es en el terreno de la ópera romántica donde los temas de Hugo se movieron como peces en el agua. Como se vio, "Lucrezia Borgia" iniciaba, en la década de 1830, gracias a Gaetano Donizetti y su libretista Felice Romani, la galería de personajes líricos salidos de la turbulenta imaginación del autor de "Los miserables". Que una mujer envenene, sin reconocerlo, a su propio hijo y que éste, sobre el filo de la muerte, le clave un puñal antes de tener la revelación de que es su propia madre es un asunto demasiado tremendo, con su clima de pesadilla y obsesión, como para no impresionar a un operista italiano del primer Ochocientos.
Con posterioridad, autores más modestos (Poniatowski, Marchetti, Chiaramonte, Lenger y Godard) realizarían óperas sobre "Ruy Blas", personaje que, según Hugo, encarna "la ruina de la monarquía española y la extinción de la monarquía austríaca a fines del siglo XVII".
Otros títulos atrajeron a los compositores, como es el caso de "María Tudor" o de "Nuestra Señora de París", sobre la que concibieron óperas, entre otros, el ruso Aleksandr Dargomijski, con el título de "Esmeralda". También "Marion Delorme", drama de arrolladoras pasiones que Hugo estrenó en París en 1831, fue llevado a la escena lírica por Bottessini, Pedrotti y, el más importante, Amilcare Ponchielli, que estrenó su ópera en Milán en 1885. A su vez, Saverio Mercadante extrajo de "Angelo, tirano de Padua" el libreto para su ópera "Il giuramento", que tuvo una fantástica acogida en Milán en 1837.
Pero por encima de todos estos títulos y otros más, dos se han ganado la gloria eterna, gracias al genio de Giuseppe Verdi. Uno es "Hernani", obra de un Verdi todavía en formación; el otro es "Rigoletto", basado en "Le roi s´amuse" (El rey se divierte).
Aquélla ("Ernani" en italiano) es la respuesta del músico a sus ardores patrióticos, en ideal acuerdo con quien, como Victor Hugo, ardió en el anhelo de lograr la libertad personal y social.
La otra, "Rigoletto", se hunde en la tragedia más atroz, con criaturas inmorales a las que desnuda psicológicamente con una fuerza inédita en el teatro musical. Del complejo y artificioso drama de Hugo Verdi logra una de las más geniales creaciones de la fantasía humana.
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