
La nueva batalla de un combatiente teatral
Ricardo Bartis pone en juego sus audaces ideas escénicas en "El pecado que no se puede nombrar", obra inspirada en "Los siete locos", de Arlt, que se estrena el mes próximo
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Casi como silenciosos conspiradores, los escasos invitados se fueron agrupando, minutos previos a la hora señalada, en la cocina de la vieja casona del barrio de Chacarita. Ningún objetivo siniestro o clandestino fue la consigna de esta atípica cita. Simplemente Ricardo Bartis, director y docente teatral, había convocado a un grupo de amigos para presenciar la primera pasada completa (para no llamarlo ensayo) de "El pecado que no se puede nombrar", obra inspirada en "Los siete locos" y "Los lanzallamas", de Roberto Arlt, en la que viene trabajando desde hace dos años y que se estrenará en agosto.
La noche estaba fría y el grupo Sportivo Teatral había previsto un convite de café, vino tinto o cognac, que los asistentes pudorosos rechazaron con gentileza, mientras observaban a los actores, con una mezcla de nerviosismo y excitación, entrar y salir por las diferentes habitaciones de la casa.
Fito Páez fue uno de los primeros en llegar en compañía de Cecilia Roth. Se supo casi inmediatamente que ya había visto una pasada de esta obra y, por este motivo, se convirtió en el centro de la curiosidad del resto de los presentes.
Poco dijo sobre el tema, más allá de la admiración que siente por la obra de Arlt y del acierto de Carmen Baliero (compositora de la obra) en escoger los temas y en asesorar a los actores, quienes, sin conocimientos musicales previos, ejecutan instrumentos (violín, chelo, percusión) en escena.
Esta audacia llamaría la atención si no se supiera que es Bartis el que está detrás de todo esto, un hombre inquieto y rebelde frente al teatro, innovador en la búsqueda de estéticas y que ahora, con el paso de los años, podría definirse como un combatiente.
"Ojalá. Me llenaría de orgullo poder sostener con cierta hidalguía esa condición. Lo digo con buen humor. A nosotros nos une una gran tristeza por la sensación de lo que ha sido nuestra historia. Yo pertenezco a una generación que ha intentado tener otras miradas sobre el país y sobre sus posibilidades y hemos visto año tras año y gobierno tras gobierno que siempre todo ha ido peor. Ha ido reduciéndose y convirtiéndose en este lodazal que es la vida pública".
El director considera que durante mucho tiempo imperó una etapa confusa por la discusión, estéril en los resultados, sobre lenguajes y estéticas, que ocultaron profundas diferencias ideológicas entre la gente de teatro.
"Hay un teatro representativo, cuyo eje es lo dramático, y los actores son capturados por esas formas morales que proponen los personajes; hay otro teatro que no representa, sino "presenta" a la actuación en sí misma como un valor poético y revolucionario. Me parece que para eso es necesario tener una actitud más bien radical, de confrontación con el sistema y con las formas tradicionales: la profesión en sí misma, los valores burgueses establecidos en relación a cómo se ensaya, se trabaja, se lee una obra, a los lugares que cada uno ocupa en un cartel, a quién gana más, a quién gana menos, a cómo se saluda. En la medida en que no se quiebre esto, y no se asuma el territorio de la marginalidad como un espacio propio de creación y de pertenencia y se siga menesterosamente mendigando al sistema para que nos dé migajas, las formas más interesantes o más atractivas del teatro alternativo irán sucumbiendo o serán deglutidas por la televisión y el sistema dominante".
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La llegada de Ricardo Piglia, muy puntual, marcó el comienzo de la pasada completa". En una improvisada "sala teatral", en una de las aulas del taller del Sportivo Teatral, una grada de tres grandes escalones alcanzó para que la docena de espectadores se acomodara frente a un espacio que sólo contenía cuatro sillas y una pequeña mesita con tubos y probetas de ensayo. Un acertado acercamiento al clima de Arlt.
Frente a esto, curiosamente, uno vuelve a preguntarse cuál es el atractivo específico de "Los siete locos" que moviliza las inquietudes estéticas de cineastas y directores de teatro.
Bartis se reconoce como un hombre profundamente interesado en toda la obra de este autor, tanto narrativa como dramática, por considerarlo un claro y valioso exponente de una literatura que va en contra de las modas y de la tradición literaria argentina. "Instala -dice el director- de una manera muy potente el fenómeno de la imaginación como un arma poderosa y determinante en el plano de las formas y también "tematiza" la forma. Se ve claramente que la textualidad no es solamente las situaciones o los personajes, sino que hay una escritura revolucionaria en su fraseo, en su musicalidad que lo torna singular a él, a Discépolo, a Marechal, a Lamborghini.."
Y agrega sobre Arlt: "Escribe en un permanente presente, sus textos tienen una voluntad de porvenir enorme. Siempre que uno lee a Arlt parece que hablara del "ahora" argentino. Esto es de una singularidad muy extrema".
A este "ahora" argentino, Bartis llega a partir del propio imaginario concebido por el autor, puntualmente, en las novelas escogidas.
"Arlt toma los núcleos de comportamiento básicos nacionales y no coyunturales y descubre que las relaciones entre poder y ficción, política y locura, sexo y dinero, esas raras combinaciones y vinculaciones, lo tornan un material presente. Eso es muy raro porque tiene una estructura clásica, con un tratamiento de una temporalidad antigua, y por otro lado está toda la idea del travestismo político, la visión paranoica de la política, el discurso psicótico del poder. Esto lo convierte en un texto contemporáneo", explica.
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Una sensación muy curiosa embargó a casi todos al finalizar "El pecado que no se puede nombrar" y que Ricardo Piglia logró expresar asombrado: "Son las palabras de Arlt". El asombro estaba justificado porque la obra no es una adaptación escénica de "Los siete locos" y "Los lanzallamas", ni siquiera es una versión, ni se nombran a los personajes. Es otra obra, pero que curiosamente mantiene las palabras del autor.
Bartis, quien estuvo durante la representación detrás de la consola de luces y haciendo marcaciones a los actores con la mano o con palabras susurradas, sonríe a pesar del cansancio y reconoce la no importancia de su autoría en esta propuesta: "Pienso que es un material autónomo", señala.
Y luego de pensar un momento reflexiona sobre su participación creativa en este espectáculo, mientras los demás, ahora sí, beben vino y cognac.
"Lo que hice es tener relación con el texto, que funciona como una malla. Si no hubiera Arlt no existiría este espectáculo. Todo lo que decimos son textos tomados literalmente de la novela. Eso funcionó como un límite muy complejo y muy difícil de resolver".
A su juicio, es más simple hacer una adaptación, una versión. "Acá -señala- el nivel de complejidad es independiente del valor estético. Es tratar de desarrollar procedimientos y situaciones escénicas, y además dotarlas de un vínculo con un texto preexistente que está concebido para otras situaciones, otras escenas y con personajes. En esta obra, los textos están licuados, no están los personajes de las novelas, sino los discursos de las novelas".
Este es un procedimiento que Ricardo Bartis ya ha demostrado en otros espectáculos: "Yo solamente dirijo y el escasísimo público que está interesado en el teatro que yo hago conoce mi forma de trabajar. Con "El pecado que no se puede nombrar", sabe que va a haber un material autónomo y, por otro lado, que va a ver a Roberto Arlt".
Por un nuevo espacio
A este estreno le sigue otra novedad. Bartís y otros integrantes del grupo Sportivo Teatral, compraron una casa en Thames al 1400, donde instalarán la nueva sede del taller que además tendrá una sala de teatro, que se piensa inaugurar con "El pecado que no se puede nombrar".
El predio es una casa que no tiene energía eléctrica, con un galpón en el fondo, de 20 por 10, muy amplio y alto, con muchas posibilidades, "donde podemos montar un lugar para hacer nuestros espectáculos", agrega el director. "Es muy difícil conseguir salas. Por otro lado, las salas alternativas tienen programaciones numerosas , donde el espacio es compartido y no se puede dejar el escenario armado".
El espectáculo, a principios de agosto, se ofrecerá en el taller ("serán doce funciones clandestinas", señala Bartís) y a fines de agosto estrenarán oficialmente en el Teatro San Martín. Posteriormente, el grupo tiene programado la participación en dos festivales españoles:el de Cádiz y el de Otoño de Madrid, y, a su regreso, la repondrán en el nuevo Sportivo Teatral.
"Espero que esté habilitado -proclama Bartís-. Si no igual lo vamos a hacer. No clandestinamente, sino como una forma de acción. Creo que nos hemos sometido mucho a estas disposiciones. He ido tres veces a pedir la luz a Edesur para la casa nueva y tengo que presentar planos y mil cosas más. ¿Por qué todo se torna tan complejo? Basta con que uno haga un espectáculo y convoque gente para que empiecen a caer los inspectores municipales o de Argentores para cobrar el 10 por ciento. Uno se entrega muy mansamente a esas leyes, cuando básicamente son mecanismos perversos. Se sabe que el juez Oyarbide iba a Spartacus, que era un lugar habilitado como jardín de infantes. De esto se tienen que hacer cargo los funcionarios. Por lo demás, en las formas vinculadas con la cultura y con el arte, veo que estamos en una etapa terminal".





