La obra final de Widerberg
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"La belleza de las cosas", la última y definitiva realización del sueco Bo Widerberg (falleció hace algo menos de un año, a los 67), comienza con un rótulo locativo: "Malmö, 1943".
La indicación geográfica señala un sitio de amable memoria para el público y los creadores del gran cine de los años 60. Cuántas películas de Ingmar Bergman consiguieron su fondo dramático en ese lugar nórdico, Malmö, que el famoso director de "El séptimo sello" empleó tanto como refugio para elaborar su escritura así como para esconder sus deslices y decepciones amorosas.
No obstante semejante correlación, el tema de esta nota no es Bergman sino uno de sus colegas y compatriotas, Bo Widerberg, por otro lado uno de los críticos más severos de la obra bergmaniana. Pasado el tiempo, con buena fama cada uno, Widerberg concede situar los hechos en el evocador paisaje de Malmö casi en la misma época en que Bergman comenzaba su acercamiento a la industria cinematográfica.
"La belleza de las cosas", que tuvo en 1996 una candidatura al Oscar a la mejor película en lenguaje extranjero, es una historia de amor -la iniciación sexual de un adolescente con una profesora del colegio, tema nada nuevo, ni en el cine ni en las noticias tribunalicias- con un fondo de decepción y suspicacia, en el tiempo (1943) del rebote de la guerra sobre los países nórdicos.
Realista de nueva ola
Widerberg le aportó al cine sueco una fundamentación realista, aun cuando su filiación hay que anudarla con la aparición de la Nouvelle Vague en Francia, cuyos fundamentos tuvo en cuenta en el momento de largarse a dirigir, en 1962, con "El coche del bebe". A su muerte, coincidente con el homenaje que Cannes le tributaba a Bergman, el realizador Jan Troell declaró que Widerberg "trajo la Nouvelle Vague al cine sueco y que su aparición aportó un viraje estilístico a una cinematografía que antes padecía sofocada por la transcripción analítica de la interioridad humana".
El título que mejor representa a Bo Widerberg es "Elvira Madigan", de 1967, ambientada en los turbulentos y finalmente trágicos amores entre una estrella danesa de circo y un militar de origen sueco. La memoria evoca otros títulos, tales como "El final del cuervo" (1963), "El juego blanco" (1968), "Adalen 31" (1971), "Mannen fran Mallorca" (1985) y "El camino de la serpiente" (1987), entre otros. "Elvira Madigan" puso de manifiesto la voluntad crítica del director al mismo tiempo que su vocación de autenticidad frente al objeto artístico. Muchos recuerdan el Concierto Nº 21 para Piano de Mozart, que abunda en el fondo de las imágenes de "Elvira Madigan", y tanto que el concierto se popularizó como Elvira Madigan de Mozart.
Con el tiempo, ese buen gusto se fue confundiendo con una sospechosa frivolidad: los artefactos artísticos en directa complacencia con el deseo esteticista del espectador. Como Widerberg no se priva de nada, exigió que las paredes de unos decorados de "La belleza de las cosas", que Líder estrena en estos días, soportaran varias pinturas de Renoir auténticas. Las había visto en casa de su productor, Per Holst, pero éste no pudo prestarlas por integrar una sucesión. El obstinado encanto de Widerberg por ellas hizo que el productor saliera a requerir obras de Renoir con pólizas de alto precio para que finalmente colgaran de los muros del espacio figurado de su película.
Johan, el heredero
Un dato curioso:Johan Widerberg, el hijo del director, un muchachito estrella de la televisión, es el protagonista adolescente que, entre chicos que descubren la sexualidad con cuentos y frases oídas, consigue seducir -¿o ser seducido?- a la profesora de lenguaje.
Como Widerberg quiere que la historia sentimental sea sólo el primer plano, detrás, en los hechos, dibuja el retrato del marido de la esposa, aferrado a Mahler, a Beethoven y a un trabajo que lo obliga a resignadas ausencias. También asoman los estertores de la guerra cada vez menos lejana, la insegura solidaridad del gobierno con el pueblo y las numerosas deficiencias de la educación familiar y escolar.
El apunte social, la observación realista y el espíritu crítico son los motivos que vuelven esencial el cine de Widerberg, así como la verticalidad interior de Ingmar Bergman hizo del alma humana un punto de encuentro entre el arte y la metafísica.
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