La otra mirada de Hamlet

Alberto Catena
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14 de febrero de 2015  

La noche en que Fortimbrás se emborrachó / Autor: Janusz Glowacki / Dirección general y puesta en escena: Agustín Alezzo.elenco: Sebastián Baracco, Julián Caissón, Roberto Romano, Isidoro Tolcachir, Greta Guthauser, Francisco Prim y otros / Escenografía y vestuario: Marcelo Valiente / Iluminación: Chango Monti / Música original y diseño sonoro: Mirko Mescia / Traducción: Federico Tombetti y Elizabeth Ríos / Sala: Teatro Sarmiento / Duración: 80 minutos / Funciones: de jueves a sábados, a las 21; domingos, a las 20

Nuestra opinión: buena.

Como el Cid Campeador, también Hamlet sigue ganando batallas en la literatura y el teatro después de muerto. La potencia de su historia determina que, además de ser una de las obras más representadas y veneradas de la escena universal, cada tanto algunos de sus personajes escapen del propio texto y pasen a formar parte de una peripecia propia, separada de la que imaginó Shakespeare. En Rosencrantz y Guildenstern no han muerto, Tom Stoppard había independizado ya a esas dos figuras del libro original. Esto mismo hace el autor polaco Janusz Glowacki con Fortimbrás, el príncipe de Noruega que reclama derechos sobre el reino de Dinamarca.

Aunque escrita en 1985, la pieza mantiene plena actualidad porque habla de la falta absoluta de escrúpulos del poder a la hora de cumplir sus propósitos y, de una manera más puntual, de cómo los países más fuertes utilizan las guerras como pretexto para lograr objetivos de cohesión interna de la propia sociedad, temas sobre los que, está de más decir, encontraríamos más de un ejemplo en el pasado y el presente. El texto de Glowacki, bien traducido en la versión, es de una mordacidad intensa y el trazo de sus personajes a veces un poco grueso, aunque, suponemos, para acentuar cierta raposería en sus caracteres.

Fortimbrás, en ese sentido, aparenta ser apenas un borrachín impenitente, pero es al mismo tiempo una criatura astuta y de distintas dimensiones como personaje. Los episodios que se registran en Elsinor se ven a través de sus ojos y de lo que él pretende en su deseo de ampliar o consolidar su autoridad, secundado o anticipado por dos matarifes sin seso que, luego de la muerte del rey de Noruega, parecen tener más influencia sobre el príncipe de la que en realidad tienen. Todas las intrigas, trampas y muertes que se producen obedecen a ese plan de dominio, incluso varias de las que ocurren en Dinamarca.

La puesta general de Agustín Alezzo transmite una indiscutible sugestión visual y un muy buen criterio para la utilización de los espacios, empezando por ese bosque en el que ocurren todas las escenas y por los ingeniosos dispositivos en los que se muestra al rey muerto, en una suerte de sueño eterno, o los lugares usados para bañarse u otros objetivos. La iluminación es propia de la superior calidad de Chango Monti y hay una imagen de Fortimbrás recortada por la luz al fondo del bosque que es memorable. También el vestuario es resultado de un excelente trabajo y la música atractiva.

Lo más desparejo es la actuación. Acaso, un texto así hubiera requerido intérpretes de mayor volumen histriónico. Fortimbrás comienza como un borracho demasiado vacilante y va ganando luego en espesor, pero sin alcanzar nunca el gran nivel. Los dos lugartenientes (Ocho Ojos y Stenborg) componen con fuerza a sus criaturas, pero tienen a su favor que éstas son de arquitectura más lineal. Y Miss Ghost y Hamlet están entre lo más pobre del elenco. En cambio, es una sorpresa por demás agradable el Polonio de Isidoro Tolcachir. Tampoco entre los guardias y personajes de apoyo se encuentran hallazgos para destacar.

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