Mel Gibson
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Las últimas horas de Jesús, en registro híper violento
El proposito rector del film, su única idea, ha sido enfatizar que Cristo sufrió muchísimo para expiar los pecados de la Humanidad. En consecuencia Gibson tomó la decisión de mostrar ese sacrificio de la manera más explícita y detallada posible, desde los golpes y latigazos hasta la corona de espinas y la crucifixión, pasando por el correspondiente vía crucis. No podía esperarse que Mel Gibson se hiciera eco de los ya largos debates éticos sobre la representación de la violencia en la pantalla, que otros realizadores han asumido con mayor o menor éxito a los largo de las décadas. La reiteración siempre deriva en el vacío de sentido y, en este caso, ese vacío se proyecta hasta el infinito por el solo hecho de utilizar un lenguaje formal rigurosamente convencional para narrar la historia más contada de la Occidente.
En su afán de exponer el sufrimiento de su Protagonista, Gibson no sólo muestra todo lo que las escrituras describen, sino que también se permite algunas licencias poéticas, como arrojarlo boca abajo una vez clavado en la cruz o hacerlo caer no tres sino veinte veces durante el vía crucis. Si los anacronismos no entrasen en contradicción con la particular concepción que Gibson tiene del realismo (y que lo ha llevado a realizar grandes esfuerzos para que sus intérpretes se expresen en arameo y latín), es seguro que también hubiera hecho que los romanos Le aplicaran la picana y le pasaran por arriba con una topadora.
Suena grotesco, pero esa es la más sostenida impresión que produce esta Pasión gore, que podría estar firmada por Darío Argento si no tuviera tan poca inspiración formal. Porque el problema de fondo es que esta superficie de horror no esconde ninguna perspectiva artística original que justifique su existencia. La mayor audacia formal de Gibson es la de atreverse a representar al Demonio en tres o cuatro ocasiones fugaces que resultan lo más recordable del film. Pero en su mayor parte sólo destaca por resultar convencional hasta el ridículo, como pasa con las escenas de Pilatos ante el pueblo, que no sólo recuerdan a decenas de versiones previas sino también -y en este caso nunca puede ser una buena señal- a La vida de Brian (1979) de los Monty Python. La escena final, en cambio, muestra a Jesús recién resucitado que se yergue desnudo como una versión con estigmas de Terminator.
Entre viejos aficionados al cine circulaba una frase recurrente, muy utilizada para descalificar determinados films: "Más mala que La Pasión", en referencia a una de las primeras versiones del tema, realizada hacia 1903, cuya exhibición reiterada en todas las fechas religiosas tenía hartos a los muchachos de las décadas del 40 y 50. Algunas veces esa misma Pasión se proyectaba en copias pintadas a mano, lo que derivó en la variante: "Más mala que La Pasión en colores". La última película de Mel Gibson proporciona nueva y triste vigencia a ambas expresiones.
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