
La seducción y la destreza de "Don Quijote"
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" Don Quijote ", por el Ballet Estable del Teatro Colón, con Paloma Herrera y Marcelo Gomes como figuras invitadas. Solistas: Miriam Coelho, Dalmiro Astesiano, Analía Sosa Guerrero, Cecilia Mengelle, Silvina Vacarelli, Laura Beccaceci. Coreografía: Zarko Prebil, sobre Petipa/Gorsky. Música: León Minkus. Dirección del Ballet: Marta García. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, con dirección de Carlos Calleja. Teatro Colón. Ultima función: mañana, a las 20.30.
Los avatares legendarios de este ballet desbordan la importancia intrínseca que, para la danza, inviste realmente la obra. A no ser, claro, por sus exigencias y desafíos técnicos, para que grandes intérpretes de todas las épocas ejerciten allí algunas de las más espectaculares destrezas de la historia del ballet. De ahí que el mayor atractivo de esta reposición de la versión que hizo el croata Zarko Prebil de "Don Quijote" resida en la reaparición de la notable étoile de origen argentino -radicada en Nueva York- Paloma Herrera, acompañada por el eficaz bailarín brasileño Marcelo Gomes.
También se ha discurrido mucho sobre el asunto de la obra, presuntamente vinculado con el más excelso texto de la lengua castellana. El ballet, es cierto, toma algunos personajes y una situación mínima del capítulo XXI de la segunda parte de "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", pero los usa como un fondo pintoresco, con tan poco que ver con la obra de Cervantes como en teatro tuvo -por ejemplo- "Rosenkrantz y Guildenstern han muerto", de Tom Stoppard, respecto del "Hamlet" shakespeareano. Es que la base fue musical, ya que Minkus había compuesto una obra sin pensar en la escena; después, Marius Petipa esbozó un ballet alegre, movido, que apuntaba a un colorido cuadro de trajes, castañuelas y costumbres hispánicas. En 1900, Gorsky le dio una carnadura más creíblemente teatral y, finalmente, Prebil lo actualizó. La partitura de Minkus, siempre restallante en sus seductores ritmos, fue conducida sin dificultad por el maestro Carlos Calleja, al frente de la Filarmónica.
El centro de esta pieza que sigue desafiando a virtuosos es el romance de Basilio y Kitri (Quiteria, en el texto de Cervantes) y sus trampitas para superar la oposición del padre de ella, que quiere casarla con el rico Camacho, hasta que el propio Don Quijote interviene para consumar la unión de los jóvenes. Ha quedado mucho de teatro mimado en esta decantada versión de Prebil, en la que se mantienen roles de acción, sin danza (Don Quijote, Sancho, el padre de Kitri, el Tabernero), pero, de todas maneras, siempre hay un pretexto argumental para solos, dúos o tríos con un color distintivo, como, por ejemplo, la Danza Española, en la que Myriam Barroso, Virginia Licitra y Claudia Pereyra despliegan sensualidad y estilo a discreción. No obstante, hay resabios de macchiettas teatrales: se dice que Gorsky, en Moscú, había cotidianizado las partes mimadas de Petipa con las técnicas de "verdad" de Stanislavski, pero algunos bailarines de carácter de esta puesta no parecen haberse enterado.
En los papeles del Torero y la Mujer de la Calle, Dalmiro Astesiano y Miriam Coelho sortearon con mucha presencia y brío el cuadro colectivo de la plaza, uno de los tramos en los que la obra cifra su condición de divertimento escénico con gran despliegue de elenco. Cecilia Mengelle adaptó su balanchiniana figura a una apasionada composición de la Gitana que despertó muchas ovaciones.
Cabe de todo en la sagaz concepción de este ballet, incluido un "injerto" lírico que parece una cita de "El lago de los cisnes" por la alineación coreográfica del cuadro "blanco" (el delirio de Don Quijote), en el que Analía Sosa Guerrero exhibe su refinadísima Reina de las Dríades, mientras que Silvina Vacarelli arranca aplausos con su chispeante Cupido.
Paloma Herrera volvió a poner a prueba su prodigiosa fluidez en los vertiginosos giros de la diagonal del primer acto y en la perfección de sus penchés, que despertaron tempranas ovaciones. Marcelo Gomes la siguió bien y la respaldó como partenaire, sobre todo a nivel de piso, aunque se mostró algo inseguro en los portés más comprometidos.
Paloma logra una Kitri vivaz, no exenta de la proverbial picardía que el personaje exige. Sin embargo, el centro de nuestra admiración recae más en su desempeño lírico en Dulcinea, como ballerina clásica, rango para el que parece más dotada que para el carácter. No obstante, hay que reconocer que el Grand pas de deux del último acto fue una fiesta: limpidez en los grands jetés en manège de Gomes y en los impecables fouettés de Paloma. El Ballet Estable, en una obra que convoca al grueso de la compañía, mostró -salvo algunas debilidades crónicas del sector masculino- la eficiencia conductora de Marta García, en el que será su último compromiso con el Ballet que dirigió durante varios años y al que no le vendría mal -concursos mediante- una pronta renovación.



