
La sensibilidad electrónica
Cuando creemos estar curados de espanto, aparecen las Spice Girls y ganan por knock-out. No hay caso. O somos demasiado inocentes o nos encanta consumir paquetes de nada. Después del shock, decimos "ya está, ¿qué más pueden inventar?" Entonces, llega Hanson. Otra vez, la víctima es el público menudo. Los niños y pre- adolescentes no paran de comprar, además de discos, pósters, revistas, ropa interior, pins... todo lo que ofrece el mercado con las figuritas de turno.
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Es cuestión de costumbre. Y nos acostumbramos a todo. Podemos cenar viendo en el noticiero a los niños que mueren de hambre en Somalia o el rostro inmutable de Astiz, y seguimos masticando como si nada. Pero un día una figura aparentemente torpe y primitiva, y con vida electrónica, trastrocó la sensibilidad de grandes y chicos. El Tamagotchi, un supuesto entretenimiento inventado en Japón, conquistó rápidamente el mundo. Llamativamente, estos "seres" electrónicos consiguieron de los "humanos" más que las víctimas del hambre o de la guerra. Es tan así que esta cosa se despierta a la madrugada para comer o bailar o jugar o... para que le den una inyección. Y, como si fuera poco, en Estocolmo, ¿será el Primer Mundo?, abrieron un cementerio para estas cajitas con pila. Esto no tiene mucho que ver con la música, hasta ahora, porque acaba de editarse "Tamagotchi music". Sí, sí. Es verdad. Y si bien todavía tenemos capacidad de asombro, seguimos sin curarnos del espanto.
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Ironías del animal humano, las canciones (de las cuales figuran sus autores, pero no los intérpretes) están cantadas en español, inglés y portugués, y dan consejos para tener al Tamagotchi como un amigo junto al cual llegar a una relación fraternal. Vayamos a los ejemplos: "No quiero comer para engordar/ que la línea no se pierda/ sólo quiero mucha juerga", "Nunca me regañes por favor/ no me pongas vitaminas/ yo no quiero disciplina", "Hay (sic) qué agonía/ qué hambre la mía/ si no me lleno te juro que me muero", "Ahora lo sé, sola no voy a estar/ hoy te he podido encontrar", "La amistad contigo me hace muy feliz/ te amo mucho tamagotchi// Cuidaremos tú de mí y yo de ti/ no nos vamos a aburrir".
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Entre la inocencia y el mensaje subliminal, o entre la música (o lo que parece serlo) y la inteligencia, este aparatito diminuto y de apariencia inofensiva parece apuntar a lo único que nos queda más o menos a salvo: la sensibilidad. Y lo del doble mensaje no es una pavada: "Voy a ponerte una inyección/ porque te estás poniendo malo/ voy a dejarte el corazón/ completamente entusiasmado", o "Estaré tranquilo/ con esta inyección estás genial". El mensaje es para los chicos. ¿Es tan fácil manipular la sensibilidad?






