
La TV y la vida ajena
El interés por la intimidad en un mundo individualista
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Mitad por el efecto de la globalización, mitad por la escasez de ideas originales, la TV del nuevo milenio amenaza con transformarse en un paisaje homogéneo, una pantalla con pocos relieves nacionales en una geografía dominada por productos que atraviesan fronteras con la naturalidad propia de los viajeros avezados. Ya no se trata de la clásica exportación de telenovelas o de documentales sobre la vida de las ballenas o las monerías de los osos panda, vendidos como productos terminados. Lo que cotiza ahora en el mercado internacional son los formatos capaces de conquistar grandes audiencias. Allí donde surge una propuesta que demuestra ser capaz de atrapar multitudes de televidentes, aparecen compradores internacionales deseosos de adquirir la semilla para hacerla germinar en el propio suelo.
Marcelo Tinelli probó en la Argentina que se puede seducir a millones con la fórmula de un conductor simpático hasta la exageración, una estética de barra bullanguera y la picardía de hacer caer en la trampa de la broma más o menos elaborada y respetuosa a famosos y desconocidos. Y fue así como el muchacho de aire campechano y risa desinhibida se convirtió en un empresario for export que cosecha compradores en España. Mario Pergolini supo ser un chico capaz de sacarle punta a una buena idea: apelar al humor para poner al descubierto las pequeñas miserias cotidianas de los políticos. Ahora es otro empresario que coloca sus inventos en las pantallas de extramuros.
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Pero, obviamente, el camino hacia la TV globalizada no es sólo un viaje de ida. Y fruto de esa tendencia a intercambiar ideas televisivas como figuritas, llega mañana a la Argentina "Expedición Robinson". El ciclo que Canal 13 pondrá al aire a las 23, es la versión local de "Survivor", una idea parida en Inglaterra que vio la luz en Suecia y que se reprodujo en países tan disímiles como Brasil y los Estados Unidos, donde alcanzó la friolera de 51 millones de espectadores y que pronto llegará a Francia. Con alguna que otra diferencia local, el principio es el mismo: poner a dieciséis personas desconocidas y sin vínculo alguno entre ellas a sobrevivir en una isla donde deben afrontar una serie de pruebas y tener la buena suerte de no ser eliminados del juego por la votación del propio grupo para poder convertirse en el último sobreviviente y así llevarse el botín.
También de procedencia importada-esta vez, de Holanda-, el año próximo Telefé realizará una versión argentina de "Big Brother", poniendo a convivir a un grupo de desconocidos a los que la cámara vigila durante las veinticuatro horas.
En su edición del 17 de septiembre último, Libération le dedicó una producción especial al fenómeno de esta TV globalizada que parece haber encontrado la gallina de los huevos de oro, con un principio básico: tomar personas anónimas, circunscribirlos en un lugar cerrado y filmar. Es lo que Scott Sassa, directivo de la cadena norteamericana NBC, llama "reality programming". En opinión de Sassa, este tipo de TV no será una moda pasajera, sino una tendencia que seguirá dando que hablar. En esa creencia, la NBC ha puesto manos a la obra de producir "Chains of love", que consiste en encadenar a un ser humano a otros cuatro del sexo opuesto durante seis días y seis noches. Sólo se les permitirá separarse para ir al baño.
Según Sophie Lebarbier, miembro de Nota (New on the air) -una consultora dedicada a analizar los contenidos y la audiencia de todas las nuevas emisiones de TV difundidas en ocho países- la tendencia a hacer de la gente común estrellas televisivas, ya puede dividirse en dos subgéneros: "ratas de laboratorio", en el caso de "Big brother" y sus secuelas , e "Indiana Jones", en propuestas como "Survivor". Pero, independientemente de las diferencias de forma, todos esos ciclos parten de una misma premisa: "Hoy día, lo que parece gustar es el realismo", resume Lebarbier.
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"El resorte es la proximidad -dice la especialista en estudiar al mismo tiempo la conducta de los programadores de TV y la respuesta del público-. Cada vez vemos más gente anónima en la pantalla. El desafío para los canales consiste en devenir en el canal del telespectador, hablándole de él, mostrándole que lo conoce".
El éxito de estos ciclos donde la receta es invitar a mirar cómo vive y qué le sucede al vecino, se da aparentemente de patadas con la idea de que en estos tiempos cada uno está centrado en su propio ombligo. En un mundo donde el individualismo crece como maleza fértil cabe preguntarse cómo se explica este interés planetario por sentarse a contemplar la vida ajena, la de un grupo de gente que ni siquiera goza del atractivo de pertenecer al universo de las celebridades.
Sucede que por más que se apueste al realismo, en ciclos como "Survivor" o sus parientes cercanos no es precisamente el otro como ser de carne y hueso el que despierta interés. En todo caso, es el otro en una situación espectacular; el otro en un marco especialmente pensado para TV. El otro del que, a pesar de los esfuerzos de proximidad que implica el género, nos separa la pantalla del televisor. El otro virtual. El que nos despierta las emociones más diversas, pero sin exigirnos que nos levantemos del sillón para transformar los sentimientos en actos. El otro que podrá sufrir el encierro, las dificultades de la naturaleza o las peripecias que fueran. El otro que, al fin y al cabo, está allí comiendo ratas o confinado a una prisión, para llevarse una tajada en efectivo.
La fascinación por la llamada real TV no es puro interés por el prójimo. Se diría que lo que despierta es una fuerte atracción por aquellos que se parecen a los que tenemos al lado pero a los que gracias a la magia de la televisión, podemos acercar o alejar de nuestras vidas a control remoto.
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