
La vanguardia renovadora
"Picado fino" llega tras recibir numerosos elogios.
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"Picado fino" (Argentina, 1994), presentada por Producción 5600 Film. Fotografía: Víctor Gonzales. Música: Francisco Sicilia. Diseño de producción: Jorge Selazco. Intérpretes: Facundo Luengo, Belén Blanco, Marcela Guerty, Miguel Angel Solá, Juan Leyrado, Ana María Giunta, Ricardo Merkin, Sandro Nunciatta. Guión y dirección: Esteban Sapir. 85 minutos.
Nuestra opinión: buena.
Tantos elogios acompañan a "Picado fino" desde que se vio en muestras especiales y en festivales del exterior, que su realizador, Esteban Sapir -hoy un importante director de fotografía de films de otros realizadores- decidió acceder a las presiones "culturales" del estreno.
En blanco y negro, ampliada de 16 mm a 35 mm, la película se impone por un interesante y extraño acceso a la realidad. Sapir nos sumerge en un universo de significantes fragmentados en el que también la historia marcha, entre línea y línea, hacia la desintegración.
En la intuitiva trama, hay unos padres indiferentes, dormidos en un lecho cruzado por un canal de silencio, una abuela meditativa hundida en sus lecturas en hebreo y despojos -o fragmentos- de la relación (un chico y una chica) a la que hay que armar pacientemente, surcando los bordes.
La mirada de Sapir, sarcástica, poética y desembarazada de ataduras a los modelos, supera la narración y se convierte en un fuerte y asombroso discurso enunciador, a veces demasiado cercano a la obcecación de registro de un fotógrafo de foto fija cuya voluntad es gozar de la "contradictoria" movilidad interior del cuadro. Tomas cenitales y primerísimos planos cuya excusa es recortar el rostro humano son algunos de los dispositivos para ceñirse a la casi inmovilidad de la toma. El cambio de posición de la cámara destituye su cualidad básica: el movimiento.
Ha señalado Sapir que le gustaría tener que ver con la generación del sesenta. Aquel grupo que se inmortalizó con "Los jóvenes viejos" (Rodolfo Kuhn), "Tres veces Ana" (David J. Kohon) y "La cifra impar" (Manuel Antín). A su manera lo consigue: tanta es la soledad que destilan las imágenes entrecortadas como un llanto y tan elocuente es la incomunicación entre los chicos de la historia de "Picado fino", acentuada por la casi imposibilidad angustiosa de compartir el mismo plano. Como entre los del 60, el casi excluyente universo urbano oprime y contractura sin escape.
La danza de las imágenes no oculta la profundidad dramática de la historia de amor juvenil ni el rompecabezas del relato deja perder en un vacío irremediable la cuestión de la incomprensión familiar y la búsqueda, tras dejar de ser adolescente, de un espacio de pertenencia donde alcanzar metas y "poder ser". El film termina con la imagen de un bebe, un renuncio hacia la emotividad fácil, el único recurso complaciente y poco solidario con la aspereza del resto, demasiado empalagoso y sólo aprovechado en empresas menos exigentes y renovadoras que la de "Picado fino".
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