
Mientras les disputa el poder a Lady Gaga y Katy Perry, la cantante se proyecta como la estrella femenina número uno del rock 2014
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Hace tres años, Lana Del Rey salió del cascarón como una provocadora hecha y derecha: introdujo sabores inéditos en la música pop (su género lento y baladístico podría describirse como "la música de la publicidad de Eternity de Calvin Klein"); trabajó para llegar a ser una estrella del clip tan hábil como Lady Gaga y logró que esos cortos atrevidos y misteriosos sean una parte fundamental de su marca. Por su utilización de referencias vintage como si fueran un lápiz labial de oferta, la han calificado de idiota y también de sabia. El hecho de que nadie haya podido verificar a qué lado pertenece, más su enorme influencia en estrellas como Lorde y Miley Cyrus, la convierten en una de las artistas más atractivas de nuestro tiempo.
Born to Die, de 2012, el debut de Del Rey en un sello multinacional, es una colección mareada de canciones-sirenas que imitan el romanticismo diáfano de Peggy Lee vía Mazzy Star. Dos años después, Del Rey sigue triste. Ultraviolence es un paseo melancólico a través del romance destructivos, las adicciones incorregibles y los sueños americanos hechos trizas.
Lana retoma los guiños al hip-hop y consigue un arma nueva: Dan Auerbach de los Black Keys, que produjo casi todo el LP en su estudio de Nash-ville. Auerbach introduce pinceladas de blues jodido y guitarra psicodélica, pero Del Rey –que cocompuso todas las canciones, excepto el cover del final de "The Other Woman", el éxito de 1950 de Jessie Mae Robinson– se aferra a su estética coqueta y cinematográfica: el sentimentalismo épico de Ennio Morricone reflejado a través de la bruma de un millón de selfies dramáticas.
Chris Isaak, musa de Del Rey, nos dio "Wicked Game" en 1989; Lana responde con "Cruel World", en la que un riff lleno de reverberación acecha detrás de una letra seductora y quejosa sobre el amor y la locura. "Shades of Cool", un vals con el solo de guitarra abrasador de Auerbach, las cuerdas hinchadas y el soprano operístico de Del Rey, sería perfecto para una película de James Bond escrita y dirigida por Quentin Tarantino.
"Sad Girl", elegante y destacada, es el tema de Del Rey por antonomasia: "Soy una chica mala/ Soy una chica triste", anuncia con una voz que se transforma de susurro infantil en éxtasis sedado. Es verdad que gran parte de Ultraviolence, al igual que Born to Die, hace uso del mismo manual sónico una y otra vez. Pero Del Rey se permite que la convenzan para una desviación sorprendente en el single "West Coast": un groove profundo que la saca de su lugar de cantante y la pone como frontwoman durante un momento glorioso.
El álbum anuda deseo, violencia y tristeza con fuerza, pero a veces Del Rey no está muy segura de saber cómo desatarlos. El track del título, que cita al controvertido tema de The Crystals "He Hit Me (And It Felt Like a Kiss)" sobre los wah-wahs líquidos que expide la guitarra de Auerbach, describe, con una tranquilidad etérea, qué significa no poder salir de una relación abusiva. En "Old Money" promete: "Si me llamás/ Sabés que voy a ir corriendo". Del Rey ha dicho que el feminismo no le parece "un concepto interesante", pero juguetea con el poder sexual en "Fucked My Way Up to the Top".
La mayoría de los amantes de Del Rey son imposibles de amar, y sus batallas son imposibles de ganar. Por eso, cuando intenta intercambiar religión por dinero, poder y gloria en "Money Power Glory", un himno que está entre los highlights más rotundos del disco, se agarra fuerte y no se suelta más. Acá es donde el sueño americano de Del Rey es más honesto que nunca.
Por Caryn Ganz
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