
Las metáforas sobre la música y el amor
La aparición del disco, a comienzos del siglo pasado, cambió de raíz las prácticas de la audición musical. Como nunca antes, se podía escuchar música sin que hubiera músicos presentes. Así de sencillo. Si bien los medios de captura y registro de los sonidos y los aparatos de reproducción sonora no eran los ideales y había clarísimas diferencias a favor de la música en vivo, la industria discográfica fue avanzando y, muy prontamente, se posicionó como un factor más, y no precisamente menor, dentro del complejo mundo de la producción musical. Hasta tal punto que, bajo su influencia, las músicas, en plural, también comenzaron a cambiar. Los músicos de tango, por ejemplo, debían ir repitiendo las tres secciones de un tango como una cinta sin fin hasta completar los tres minutos del lado del disco que giraba a 78 RPM. Con el mismo objetivo, los empresarios discográficos compelían a los músicos clásicos a cambiar los tempi de una obra para que "entrara" en la placa. Pero el asunto era mucho más complejo con las obras de larga extensión, que, definitivamente, ocupaban varias caras de varios discos. En esos casos, los cortes, que eran inevitables, podían seguir un orden comprensible o, por el contrario, concluir en cualquier momento y de modo abrupto. Como fuere, la audición de una sinfonía o un concierto requería un tipo especial y fragmentado de atención que podía ser mejor o peor aceptado. Arturo Toscanini, por ejemplo, detestaba tener que escuchar en capítulos una obra larga. Y, con su peor humor, ese que le afloraba muy a menudo y en diferentes situaciones, harto de tener que suspender la escucha y esperar el cambio del disco 78, en una ocasión, filosofó: "Esto es como atender llamadas telefónicas a intervalos regulares mientras estás haciendo el amor"




