
Las mujeres de Mozart
Gozar con "El rapto en el serrallo" de Mozart, el "Singspiel" que ocupará el escenario del Colón a partir del próximo martes, significa desandar el tiempo de la mano de aquella institución que ha excitado la imaginación de los europeos, por tratarse de un lugar privilegiado de ficciones licenciosas.
Desde el siglo XVII los franceses se han aproximado de dos maneras a los turcos. Por una parte se suman los análisis seriamente encarados; pero a su lado ha florecido, y muy especialmente en el teatro ligero del XVIII, una "turquerie" de pacotilla, donde se podían cometer, sin que se ponga preso a nadie, las mayores incongruencias históricas y geográficas.
Al lado de anacronismos sin cuento, la mezcolanza oriental no tenía límites y lo mismo daba hablar de Persia como de China, de India, o de lo que fuere.
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Uno de los recursos más directos para hacer reír consiste en explotar los enfrentamientos culturales entre pueblos de modalidades diferentes. Lo hace el cine y la literatura, así como también la música.
Rossini -entre muchos otros compositores- nos divierte con las andanzas de "La italiana en Argel" o de "El turco en Italia", mientras Mozart lo hacía un cuarto de siglo antes. En "El rapto en el serrallo", el músico de Salzburgo contrapone al turco Osmin con dos parejas de enamorados europeos, todo ello en medio de sultanes y bajáes, de jenízaros (la flor y nata del ejército otomano) y eunucos, de turbantes, bóvedas y arcos, además, claro está, de las mujeres y concubinas (el serrallo en cuestión) del Pachá Selim, a quien se termina alabando por su clemencia.
Tanto como para que nadie pueda decir que las "turquerías" europeas del XVIII, con sus historias libertinas, encerraban formas perversas de discriminación. Es claro que la propuesta habría quedado incompleta de haber descuidado Mozart el "color local", aportado por los instrumentos típicos de las bandas turcas que recorrían Europa por entonces: flautín, platillos, triángulo y bombo.
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Es indudable que para Mozart el tema turco era menos exótico de lo que hoy podemos pensar. Porque la historia se encarga de recordar a los austríacos que más de una vez el imperio otomano se les vino encima. Pero en Mozart la historia no contaba. Lo que debió divertirle es el "lugar de obscenidades", impresionable como era, en sus veinticinco años, al atractivo de las mujeres y a las delicias del sexo.
La correspondencia con su prima y luego con su mujer, repleta de chistes groseramente escatológicos, lo muestran como un hombre de exacerbada sexualidad. Y su música no es sino una variación infinita de esa condición: a veces impúdicamente voluptuosa; otras, teñida de pasión, de melancolía, de ternura, de dulce comprensión. Cuando no dotada de esa ingenuidad animal que aproxima a Papageno y Papagena en "La flauta mágica".
En "El rapto en el serrallo", Mozart tiene la genial inspiración de oponer al desmesurado orgullo masculino del turco Osmin, el arrollador feminismo inglés de Blonda, venida de un país donde las mujeres se vanaglorian de haber vencido prejuicios falocráticos. Y Mozart, un "archiinglés", según se autodefine en una carta a su padre, vuelca en el personaje femenino torrentes de divertidas sonoridades, junto a un diálogo que deberían memorizar hoy las mujeres de maridos prepotentes y atrasados. Para las interesadas, atención al comienzo del segundo acto. Es para no perdérselo.






