Pasado, presente y futuro de un colombiano que se mudó a Europa para dejar su huella en los muros de París.
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Anochecia en el vecindario del XIXème arrondissement de París. Cruzando una calle se encontró una esquina en la que comenzaba la construcción de un centro comercial donde 6 paneles blancos inmaculados de 2x2 metros rodeaban la obra por seguridad. Al verlos sus ojos brillaron como los de un niño, agarró la mano de su amigo y lo llevó casi a rastras hasta la primera papelería que vieron donde compró una pintura negra cualquiera. La calle estaba vacía, el momento era perfecto. Sacó el aerosol, lo agitó con fuerza y el sonido de cascabeles se oyó por todo el barrio. Las figuras de tres gatos negros aparecían simultáneas al silbido del spray. Uno con seis patas y un solo ojo, otro de cuerpo y cola kilométricas y el último con un cachete inflamado sin motivo alguno. "Si en la noche los gatos son pardos, pues que salgan a despertar y sacudir la ciudad", escribió, y dio por terminado el primer graffiti de los miles que desde el 96 hasta ahora vendrían a colorear las calles de Europa y Colombia. Pintó sonriente todos los paneles, y firmó: "Chanoir".
A finales de los setenta la palabra graffiti comenzaba a cuajar un significado que cada vez se acercaba más al arte. Mensajes de protesta enfurecida fueron los primeros que se vieron en las paredes de los ghettos negros neoyorquinos. El estilo comenzó a pulirse y se evidenciaba en cada pieza que superaba a la otra en colores y diseño. Entrados los ochenta un par de jóvenes se hacían notar de los demás graffiteros. Las frases con feeling poético y desesperansador del haitiano-americano Jean Michel Basquiat aparecían por sorpresa en los vagones de metro y Keith Haring se apoderaba de las paredes con siluetas de un solo color en viñetas tipo cómic. Los galeristas no aguantaron las ganas de apadrinarlos y pronto Basquiat y Haring se agarraban de Andy Warhol con un brazo mientras sostenían una botella de champaña con el otro. El cemento y la calle fueron reemplazados por el lienzo y los museos.
Le Chanoir [abreviación de chat noir], el gato negro de los muros parisinos, nació en Colombia pero se crió en la capital francesa desde los cinco años. Creció en medio de pinceles, olor a trementina y la bohemia que se respiraba en la comunidad artística que lo rodeaba. Su padre Gustavo Vejarano hacía parte de la celebrada Plaga Maravillosa del arte colombiano, a la cual también pertenecían Alberto Sojo y Gabriel Silva entre otros. Al ganar una beca para estudiar en París, Gustavo deja Colombia junto con su esposa y sus cuatro hijos. Sin embargo en la cabeza del joven gatito rondaban planes diferentes. Medicina y etnología fueron las primeras opciones para escoger como futuro, pero genéticamente llevaba el color por las venas. Los cuadernos de las aburridas clases de colegio se llenaban de garabatos. Pronto se inscribió para cursos de dibujo en diferentes academias donde la influencia del comic predominaba en su naciente estilo.
Finalmente ocupó una silla en el famoso Parsons School of Design de París, pero los cuadernos continuaban llenándose de siluetas que poco tenían que ver con lo que aprendía. No era buen dibujante pero le gustaba hacer gatos. Por misteriosos, juguetones y perezosos. Se parecían a él. El espíritu de los jóvenes artistas y estudiantes de La Escuela Nacional Superior de Bellas Artes lo enamoró por sorpresa cuando caminaba por el barrio Saint Germain des Prés, el más cool y chic, similar al Soho neoyorquino. La vida que llevaba Chanoir estaba lejos de la que veía en los universitarios, los parques y el melting pot de barrio con diferentes razas era su realidad. El examen para aspirantes a la escuela era duro, sólo el 10% pasa y en el primer intento Chanoir no estuvo entre ellos. Para la segunda oportunidad un dossier con retratos de amigos y las imágenes de más de 150 graffitis suyos fueron decisivos y lo aceptaron.
Hace diez años tres gatos negros despertaban París instalándose en unos paneles blancos, pero las ganas de Chanoir por intervenir pintando paredes venían desde el 94. Por esa época el graffiti había pasado de moda, pocos graffiteaban y muchas de las piezas que se hacían eran tapadas inmediatamente. A Cha le gustaban un par de graffiteros que se diferenciaban del resto por dibujar de forma idéntica un ícono con el que se representaban como Zeus, quien siempre pintaba un rayo. Sabía que lo suyo era el gato, pero quería que cada vez fuera diferente. La influencia del hip hop fue cercana debido al gran movimiento que se tomó a Francia en los noventa y aunque se hizo buen amigo del rapero Sebastián Rocca [Tres Coronas] su trabajo como graffitero fue marginal al no estar vinculado –como era usual– a ese movimiento. No encajaba en ningún estilo por lo que su reconocimiento fue demorado. Su cabeza andaba al ritmo de acetatos viejos llenos de new wave ochentero: la frescura de agrupaciones como Yazoo y Visage aún son banda sonora e influencia de los colores fluorescentes y gatos juguetones que plasma en los muros, así logra un espacio en el grupo de graffiteros 1980 crew.
Hoy Chanoir ha sido entrevistado y reseñado por expertos en el campo del graffiti y el arte convencional, revistas, páginas web y libros lo incluyen en la lista los mejores en el mundo al intervenir el espacio público. La fama es una droga para el ego de un graffitero y, aunque actualmente la usa cada vez menos, al comiezo era ingrediente clave junto con la adrenalina que se experimenta al sellar con una firma el trabajo ilegal de una o varias noches huyéndole a la policía, a los dueños inconformes de la propiedad alterada o incluso a la salud. Hace unos años Chanoir tuvo que trasladar su hogar a la sala de un hospital por largos meses donde fue diagnosticado con hepatitis tóxica. Los químicos de las latas de pintura, en especial las de Montana [pintura preferida entre graffiteros] le destruían el hígado. La advertencia de los médicos fue clara y él mismo había visto las consecuencias en otros colegas, pero liberar su espíritu y el de los muros es a veces más importante. Cha salió del hospital a las calles con una máscara en la cara, guantes en sus manos y latas entre los bolsillos.
Para Chanoir el graffiti comienza por el amor a primera vista de un sitio especial. No utiliza bocetos, por lo general improvisa en el acto y a veces visualiza el diseño con minutos de anterioridad, lo cual puede hacerle desistir de realizarlo. Reconoce que es egoísta al alterar con lo que él quiere algo que no propiamente le pertenece, pero acepta que le llena de energía el saber que su trabajo puede ser visto por 100, 500 o hasta mil personas. Comenzó pintando su barrio, el cual no estaba acostumbrado a los graffitis. Al ver la aceptación se extendió por el resto de París comprendiendo que hacía parte de la ciudad y la cultura urbana, pero llegó la hora de elegir entre las calles y la pintura artística. Como cualquier graffitero trasladó el muro al lienzo hasta que su mentor e inspiración, el gran pintor Jean Michel Alberola le hizo entender que se estaba limitando al trabajo de un artesano y le recomendó que pintara de verdad. Chanoir encontró en el arte Pop lo más cercano al graffiti y se dejó llevar a su modo por la estética comercial a lo Warhol.
Cha se dedica a la pintura y abandona por un tiempo al gato debido a los usuales problemas con la policía y otros grupos graffiteros en diferentes ciudades de Europa. El último arresto de su vida se dio hace un mes en la circunvalar bogotana cuando junto a Tot –amigo y colega del graffiti bogotano– pintaban un puente.
"En Bogotá la gente siente el graffiti como una marca de despecho hacia la ciudad. Y el graffitero de cierta forma también. Experimenta culpa. Como si le estuviera haciendo daño a la ciudad", opina Chanoir. En Bogotá prevalece el punto de vista político al darle un significado a la palabra graffiti y muchos fruncen el seño al imaginar el sonido del spray. Miss Van es una chica que graffitea en el grupo de Chanoir; su trabajo es muy femenino, toma mucho tiempo y casi siempre lo hace de día. La gente la respeta más al percibirla menos agresiva por usar pincel y no latas.
Uno de los precios de ser graffitero es el de cultivar tanto amigos como enemigos. Al terminar la carrera de Bellas Artes, Chanoir gana una beca y durante cinco años recorre Europa filmando un documental en el que los mejores graffiteros del mundo –amigos y no tan amigos– hablan de su trabajo. "Chanoir es uno de los mejores graffiteros que conozco, es una gran persona, está un poco loco. Su estilo es muy especial y único. En una visita de un mes a Barcelona hizo más de 20 piezas por la ciudad", comenta Pez, graffitero catalán. "Trabajar con Cha hace que te sientas jugando como cuando eras niño. Su obra tiene un aire inocente pero electrificante y lleno de buena vibra" añade Pure Evil de Londres.
En la tranquilidad de su taller ubicado en pleno centro de Bogotá, Chanoir termina su obra próxima a ser expuesta: Las Promesas del Mundo Sin Fin. Habituado a los pinceles y al olor a trementina, a las latas y a su ahora inseparable máscara protectora, se le ve pintar y al fondo se oyen los Fine Young Cannibals. Siempre cerca su padre, la gata Charlotte y su hermano y manager Christopher. Sí su concentración se altera o se aburre, nuevamente se oyen agitar latas con sonido de cascabeles, y en la noche vuelven a aparecer gatos de colores. Los años han pasado pero él conserva los ojos de un niño en la forma que percibe el mundo. Su trabajo es una fuerte dosis de azúcar que sacude y despierta, como hace diez años lo hicieron tres gatos pardos que una noche parisina aparecieron en gigantes paneles blancos y aún rondan por las calles.
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