Las vueltas de la vida
Recuerdos, sueños y sensaciones de calesiteros porteños
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Juan Luis Rodríguez tenía cuatro meses cuando, en 1920, su padre se quedó sin trabajo y, con la ayuda de algunos amigos, compró una calesita. Esta adquisición fue determinante para la vida de aquel bebe, que hoy tiene 83 años: su calesita se ha transformado en un verdadero símbolo del barrio de Liniers.
“Empecé a trabajar con mi padre cuando terminé el colegio, a los 14 años. En esa época éramos ambulantes, nos instalábamos en un lugar unas semanas y luego nos trasladábamos. Durante el verano íbamos de pueblo en pueblo y mandábamos la calesita en tren o en camión”, recuerda don Luis.
Hace 37 años, Rodríguez dejó los caminos e instaló la calesita en el patio de su casa, en la esquina de Ramón Falcón y Miralla, donde aún funciona. El aparato tiene alrededor de 100 años y fue uno de los primeros fabricados en la Argentina. Conserva los caballitos originales, en tanto que los otros juegos –dos camellos, un carro y varios aviones– fueron construidos por el mismo Luis, que aún hoy se encarga de la atención, el mantenimiento, los reajustes y la pintura.
“Hasta 1935, un caballo la hacía girar mientras un organito ejecutaba la música. El animal estaba entrenado: cuando sonaba el instrumento comenzaba a caminar y se detenía al terminar la pieza. Llegó el motor (primero naftero y luego eléctrico), y el órgano fue reemplazado por discos y cassettes”, relata el calesitero, que escribió dos libros con sus experiencias. Pero la evolución no terminó allí: un siglo después de su construcción, la calesita tiene su propia página web, en el sitio del Rotary Club de Liniers ( www.rotarydeliniers.com.ar/calesita/index.htm ).
Ansiada sortija
Grita la calesita su larga cuita maleva..., describe el tango La calesita, de Cátulo Castillo y Mariano Mores. Aunque las costumbres cambiaron, en los espacios públicos de la ciudad de Buenos Aires sobreviven 26 calesitas. “El mayor atractivo para los chicos es la sortija, la magia del juego”, coinciden Jorge Severino y Darío Rositto, del carrusel de Parque Avellaneda.
Los fines de semana, con mayor afluencia de público, no es raro ver cómo más de un padre entusiasta se une a sus hijos en la lucha por el premio que les permitirá obtener una vuelta gratis. Severino es un verdadero virtuoso que ofrece y escamotea la sortija con gran destreza: “Les hacemos creer a los chicos que ellos la sacan, pero la verdad es que uno decide a quién se la entrega”, relata el calesitero, que intenta ser ecuánime. Rositto, por su parte, sigue la tradición familiar: su padre y su abuelo fueron calesiteros.
Cuando Agustín Ravelo (h.) era un niño, su padre cambió los caballos de carne y hueso por los de madera: dejó el oficio de jockey y se inició en el de pintor de calesitas. Esta circunstancia marcó su infancia: “Me fascinaba, yo le robaba pintura y me escapaba hasta una calesita que había en un baldío cerca de casa, en avenida Castañares, para colorear los juegos”, recuerda.
Padre e hijo compartían no sólo el mismo nombre, sino también el mismo apodo: Tatín. En 1960, Tatín padre ganó una licitación para instalar una calesita en Parque Chacabuco y Tatín hijo, que entonces tenía 20 años, dejó su trabajo –era ordenanza en el diario LA NACION– para acompañarlo en el emprendimiento.
“La fabricó íntegramente mi papá. En esa época los caballitos se hacían de madera, pero él comenzó a utilizar la fibra de vidrio. Al principio era muy modesta, pero poco a poco le construyó nuevos componentes, hasta que alcanzó a ser lo que es en la actualidad”, evoca Tatín (h.). En efecto, el carrusel se distingue por la belleza de sus juegos, más grandes y realistas que los convencionales: un tren con locomotora y varios vagones, un módulo espacial y una lancha donde cabe una docena de chicos, y mucho más.
Tatín (h.) concibió una iniciativa digna de elogio: en un espacio de sus instalaciones armó una biblioteca circulante para los chicos. El proyecto estuvo al borde del fracaso ya que la colección fue robada dos veces. Sin embargo, el calesitero, con la ayuda de los vecinos, volvió a reunir los libros y espera tiempos propicios para reinaugurarla. Pero ésta no es su única iniciativa solidaria: ante la crisis económica, las escuelas del barrio –previa coordinación– concurren a la calesita de manera gratuita.
El mundo afectivo de Ravelo tiene una fuerte ligazón con su carrusel: “Me gusta la posibilidad de darles una alegría a los chicos. Este es un lugar que quiero. Aquí enterré las cenizas de mis padres y espero reposar junto a ellos el día que muera”, concluye.
Gabriel M. Wainstein





