
1 minuto de lectura'
Todas las canciones del primer disco en ocho años con material nuevo de Leonard Cohen transcurren a altas horas de la madrugada. Los tempos reptan lentamente como serpientes reales, y el sonido está lleno de caricias, variaciones sobre las elegantes pero turbias canciones de cabaret que Cohen alguna vez definió como "el blues europeo". Las voces y la música avanzan susurrantes, y cada canción aguarda trémula el amanecer, sin garantías de que esta vez la oscuridad no sea permanente.
Las primeras palabras están puestas en boca del mismísimo Dios, que quiere tener una charla con Leonard, ese "bastardo perezoso que vive de traje". Al parecer, Cohen ha estado ocupado tratando de componer sus canciones de amor y sus manuales para convivir con la derrota, en vez de comunicar el mensaje de Dios, que es para lo que este hombre de 77 años ha venido a la tierra, y que consiste en lo siguiente: es hora de irte a casa, un viaje que hiciste desnudo y sin equipaje, hacia un lugar mejor que éste.
Y eso es todo, amigos. En tres minutos y cincuenta segundos, la canción titulada "Going Home" [volver a casa], resume la historia que Cohen se ha dedicado a contar desde que dejó la poesía para consagrarse a la música en 1967 (después de ser por once años el poeta más famoso de Canadá, a los 33 años pensó que ganaría más dinero). Al titular a este disco Old Ideas [ideas viejas], no sólo quiere decir que éstos sean los pensamientos de un septuagenario, sino que ha venido dándoles vuelta por un largo tiempo: el sexo, el amor, Dios, y la forma en que pueden combinarse estos tres elementos para aliviar el dolor de la existencia. Cohen, un judío que subió solo a la cima de una montaña para reflexionar acerca de unos koanes del budismo zen, ha buscado el éxtasis en todas partes donde pudiera encontrarlo (desde las oraciones hasta el lsd y los muslos de una mujer), y ha intentado unir lo espiritual a lo físico desde que causó sensación con una canción acerca de una chica llamada Suzanne, que toca tu cuerpo perfecto con su mente.
Dylan soñó que había visto a San Agustín. Cohen ha recorrido la tierra intentando ser San Agustín. Nunca ha fingido que estas confesiones fueran algo más que experiencias personales: en efecto, existió una Suzanne, como también hubo una Marianne. Pero, con el tiempo, Cohen se ha despojado del ornamento en su lenguaje para pasar de lo personal a lo universal. Las letras de Old Ideas buscan la austera potencia de las oraciones, los himnos y los enigmas religiosos. La música es igualmente básica: un teclado o una guitarra rompen la quietud; un baterista trata de simular una máquina de ritmos Casio; unas coristas les ofrecen consuelo a los débiles; un instrumento de cuerdas otorga una bendición final.
Los títulos de las canciones proponen una cartografía de la historia que vendrá: "Going Home", "Amen", "Darkness" [oscuridad], "Crazy to Love You" [loco por amarte], "Come Healing" [vení a curarme]. Con su bajo profundo cascado por la fragilidad y por la sabiduría de sus años, Cohen monologa sobre las fuerzas del amor y del perdón, tanto como sobre las del odio y de la oscuridad. Es obvio cuáles ganarán. De todos modos, queda aún por verse qué cosa significa todo eso. En un disco casi desprovisto de imágenes, se destaca el momento en que, hacia el final, Cohen habla de "un banjo roto meciéndose en el mar oscuro e infestado". Lo transportan las olas: quizá se haya escapado de los brazos de alguien, quizá de una tumba. A lo lejos, se escuchan unos vientos que son la marca de fábrica de Nueva Orleáns, ni tristes ni festivos. Sólo están ahí. Como si dijeran: la vida o la muerte. Vos decidís. La música sigue.
Por Joe Levy






