
Liv UllmannConfesiones de un genio
Basada en un guión en el que Bergman admite un affaire, la actriz dialogó con La Nación sobre "Infidéle", film en el que revaloriza la fidelidad conyugal
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CANNES.- Liv Ullmann trajo en la valija una lección moral que lleva por título "Infidéle" y que cuenta con un guionista de lujo: Ingmar Bergman. En su condición de realizadora, la actriz fetiche del director sueco está aquí defendiendo no sólo la película que compite por la Palma de Oro sino un modo de ver la vida. A contracorriente de las posturas que preconizan el ocaso de las exigencias éticas y el vale todo como modo de relación, Ullmann levanta las banderas de un discurso que advierte sobre la necesidad de recuperar los valores perdidos, entre ellos el de la fidelidad conyugal. Sucede que el film, basado en un episodio real de la vida de Ingmar Bergman, narra la historia de Marianne (Lena Endre, cuyo nombre es uno de los que suenan con fuerza para la Palma a la mejor actriz), felizmente casada con Markus, un director de orquesta. Pero el destino la lleva a jugar el juego de la infidelidad convirtiéndose en la amante de David (Krister Henriksson), el mejor amigo de su esposo. Lo que empieza como un simple deseo de nuevas experiencias acaba en tragedia. Sobre todo porque Marianne y Markus son padres de una niña de nueve años, que resulta dañada por ese juego de adultos.
Un episodio semejante, vivido por Bergman durante sus años de juventud, quedó en la conciencia del realizador como un fantasma que le generaba constantes sentimientos de culpa. Tanto hacía sufrir a Bergman aquella antigua historia que recién logró ponerla por escrito después de haber cumplido las ocho décadas de vida. Pero no pudo juntar fuerzas para seguir peleando con sus remordimientos en el set y entonces delegó en Liv Ullmann la dirección cinematográfica del guión que parte, justamente, de la situación de un escritor llamado Bergman (interpretado por Erland Josephson), que para exorcizar aquella pasión dolorosa le pide la voz a una actriz para que le narre lo que él no consigue poner en palabras.
La película toma posición frente al tema de la infidelidad y, por si quedaran dudas, Ullmann escribe en el dossier de prensa del film una declaración de principios sobre el riesgo de que los adultos empeñados en borrar los conceptos del Bien y el Mal dañen a los niños, que resultan rehenes de esos amores difíciles (ver recuadro). En estos tiempos de moral relajada, donde las exigencias éticas parecen desvanecerse, Liv Ullmann se instala en la Croissette y profetiza sobre la necesidad de aferrarse a la tabla de los valores para evitar el naufragio. Menuda valentía. En una entrevista compartida con cuatro periodistas extranjeros, La Nación le pregunta si en ningún momento temió que la acusaran de estar caminando a contramarcha de la permisividad contemporánea; si no cree que algunos la acusarán de jugarla de profesora de ética. "Sé que eso es así; sé que puedo ser blanco de esas críticas -admite-, pero no me afectan porque estoy convencida de que debemos tener valores. Pienso también que debemos creer en un poder superior, lo llamemos Dios o como sea. Creer en Dios nos permite entender que hay algo más importante que nosotros mismos y que en consecuencia hay una causa para que estemos en la Tierra. Dios no se desvanece por el hecho de que nosotros no creamos en él. Pero nosotros nos desvaneceremos si no creemos en nada. Si dejamos de creer, sufriremos."
-¿Desde qué punto de vista trabajó con el guión que le entregó Bergman?
-Para mí en "Infidéle" hay dos películas. Una de ellas es sobre el modo de crear una película; sobre la dificultad que tuvo Bergman para narrar esta historia, hasta el punto que una vez que escribió el guión decidió que fuera yo quien la filmara. En la película, el personaje de Bergman sólo puede empezar a escribir cuando consigue ponerles a sus recuerdos la voz de una mujer, que le ofrezca lo que no puede darle su evocación masculina del episodio vivido en la juventud y recordado en la vejez con un fuerte remordimiento. No creo que haya sido fruto de la casualidad el hecho de que Ingmar me pidiera a mí que rodara el film, después de haber tratado durante años de decidirse a filmarlo. Sencillamente, él no podía hacerlo porque necesitaba una visión femenina del asunto. El me conoce tanto y yo lo conozco tanto, que seguramente adivinó lo que yo podía encontrar en ese guión que a él se le escaparía.
-¿Y qué es lo que usted encontró, que Bergman no haya podido ver en su propia historia?
-La presencia y el dolor de la niña que está atrapada en el juego de infidelidad que juegan los adultos. Ingmar nunca pudo advertir ni la existencia ni el daño que se le hacía a esa criatura. En el guión, la niña estaba allí como una referencia, pero el espectador no la veía; simplemente era un componente más del relato. Cuando vio la importancia que yo le había dado a la niña en la película, Ingmar me dijo: "Dios mío, nunca había visto esa cara del problema". Hasta entonces, para él la única víctima de la historia era la mujer, Marianne. Incluso en sus recuerdos del episodio real, lo único que Bergman se reprochaba a sí mismo era el daño que le había causado a su amante. No tenía, en cambio, un sentimiento de culpa respecto de la criatura. En mi opinión, si por algo debía estar arrepentido, era por el modo en que esos tres adultos lastimaron a la niña. Una experiencia parecida me sucede con la gente que ha visto la película. Si se trata de mujeres o de hombres jóvenes, advierten inmediatamente que la víctima es la niña. Pero, los hombres de la edad de Bergman, en general, consideran que quien ha salido más lastimada de esa historia es la mujer.
-¿No podrían haberla filmado juntos?
-No, jamás. Porque él es un genio. Es un ser muy fuerte y no podría haber compartido la dirección de la película. Llegado un punto, me dio el guión, me dijo que era mío y que lo trabajara como quisiera.
-¿Qué opinó Bergman cuando vio la película terminada?
-Estamos en Cannes y él está feliz por eso. Le preocupaba mucho la recepción que tuviéramos en aquí y tenía mucho miedo de que la gente pudiera tener una reacción adversa respecto de la película. Si hubiera sido así, creo que se habría apresurado a decir que el film no se correspondía con lo que él había escrito.
-¿Y por qué se podía esperar que a la gente no le gustara la película?
-Porque la recepción de las películas es algo subjetivo. Yo puedo estar contando algo, y usted puede entenderlo de una manera completamente distinta de la que lo veo yo, porque la percepción tiene que ver con el modo en que cada quien concibe la vida. Y eso es lo más maravilloso del cine: que vemos en él lo que mayor importancia tiene para nosotros mismos.
-A juzgar por el guión, para Bergman sigue siendo importante el tema de la traición y el del amor.
-Bergman ya ha pasado los ochenta años y sin embargo sigue embarcado en los mismos temas de siempre: el amor, el abandono, las pasiones. Es notable, Bergman vivió la historia que narra el film siendo joven y recién pudo enfrentarse con la culpa que le había quedado a los ochenta y dos años. Es una lástima. Tarde o temprano, todos tenemos que enfrentarnos con lo que somos y con lo que hicimos, pero si uno recién lo hace a los ochenta años, la experiencia es más dolorosa porque, ¿qué se puede cambiar a esa edad? Si uno se enfrenta con uno mismo a los cuarenta años y se siente culpable de haberle generado un dolor a alguien, al menos puede prometerse no volver a repetir una conducta semejante. A los cuarenta años ese propósito de enmienda tiene sentido porque uno seguramente podrá tener cuarenta años por delante para vivir la vida de otro modo.
-¿Cómo la hizo sentir la entrevista televisiva en la que Bergman declaró, en abril último, que estaba cansado de la vida y que consideraba seriamente la posibilidad de suicidarse?
-Yo odié esa entrevista. Realmente la odié porque si uno ha aprendido algo en la vida, no se sienta frente a una cámara a hablar del propio suicidio teniendo hijos. Eso es parte de la responsabilidad de traer hijos al mundo. En ese caso uno debe decirse: "Está bien, la idea del suicidio ronda por mi cabeza, pero jamás la voy a contar y mucho menos públicamente porque hay seres que me quieren y a los que puedo causarles un dolor infinito con esas declaraciones". Cuando salió esa entrevista por TV, tuve el impulso de llamarlo y decirle: "No tenías derecho a hacer eso". Después no lo hice porque temí que mi reproche lo llevara al suicidio.
-¿Pero acaso no puede ser un modo de exorcizar la idea del suicidio el hecho de decirlo en televisión y de advertirle al mundo, como hizo Bergman, que "envejecer es muy doloroso"?
-Puede que lo sea. Pero, voy a decirle una cosa: conozco gente que está en situaciones mucho peores que la de Ingmar. Conozco gente de la edad de él que no tiene amigos, que no tiene dinero, que no tiene nadie que se ocupe de ellos, que no pueden levantarse de la cama porque han perdido la capacidad de movilizarse... Conozco gente que tarda larguísimo tiempo en mover una pierna y larguísimo tiempo en mover la otra, y que en vez de quejarse, cuando consiguen dar un paso, sonríen y dicen: "Hoy lo he logrado". Me gustaría más escuchar a Bergman diciendo algo semejante. O en todo caso, me gustaría escucharlo decir que teme haber dejado de ser un genio, que teme que la gente lo olvide. Eso podría aceptarlo, pero no acepto que haga declaraciones sobre el suicidio porque cuando habla de suicidio lo que busca es que todos nos sintamos responsables de lo que a él le ocurre o de lo que pueda llegar a ocurrirle. Aquí, en Cannes, he tenido la experiencia de lo que eso genera. Muchos de ustedes, los periodistas, que están aquí para escribir de una película y para hacer una entrevista, confiesan que no pueden dejar de contemplar, antes de escribir, la posibilidad del suicidio de Bergman. Eso es lo que busca: que todos nos sintamos responsables cada vez que él hace algo. Eso no es bueno para nadie.
-¿En qué medida se parece usted al personaje de Marianne?
-Mucho. He amado y he perdido; me han dejado y he dejado a otros. Pero creo que no repetí esas experiencias tantas veces como Ingmar. Entre otras cosas, porque yo he tenido que afrontar la vida cotidiana, he tenido que criar una hija, he tenido que alimentarla y mandarla a la escuela. Los genios, en cambio, nunca tienen que ocuparse de esas cosas y entonces tienen más tiempo para enredarse en situaciones de ese tipo. Pero de todos modos reconozco en el personaje de Marianne muchos rasgos míos, y los utilicé para la película porque quería que este film fuera esperanzador y que le sirviera a Bergman para perdonarse a sí mismo. Yo no quería que Ingmar siguiera viviendo el resto de sus días con el peso de esa culpa. Por eso, a medida que relata la historia, la actriz le dice al escritor llamado Bergman: "Y entonces entramos en una etapa de mayor paz; y entonces las cosas parecían arreglarse... Y entonces". Pero él la interrumpe y vuelve a recordarle: "Pero, entonces apareció la demanda judicial; pero entonces estuviste a punto de perder a tu hija... pero entonces", y no deja que la mujer se separe del drama. Creo que justamente por eso, Bergman me pidió a mí que la filmara, porque sabía que yo iba a poder mirar las cosas desde un lugar más positivo que el de su culpa. El guión que me entregó, realmente no tenía nada, absolutamente nada positivo. Pero yo creo que así y todo la película tiene algo positivo. Cuando usted se despierta, a la mañana siguiente de haberla visto, puede decirse: "De ahora en más voy a pensar más en mis elecciones de vida porque otra gente puede ser afectada por ellas". Necesitamos tener valores y hoy día casi nadie parece tenerlos. Ahora relativizamos todo y si nada tiene importancia, nos permitimos ir cada vez un poco más lejos; todo se vuelve fácil. Si no me gusta mi marido, me divorcio; si tengo ganas de probar la pasión, me lanzo a ella sin medir las consecuencias. No vemos que al jugar con los valores estamos jugando con lo más profundo que hay en nosotros mismos. Necesitamos los valores. Hay que regresar a los valores. No se trata de una moralina barata. Se trata de comprender que si no recuperamos los valores, nos quedaremos definitivamente solos, sentados frente a nuestras computadoras, del modo en que Bergman está sentado en su isla. Las escenas de la casa del escritor, aislado del mundo, son casi documentales. El lugar es calcado de la casa donde vive Ingmar, y el paisaje que se ve desde allí es idéntico al que se ve desde su escritorio. Y él está allí, sólo; hablando con sus amigos por teléfono. Es muy triste porque realmente es un ser maravilloso y conversar con él es un placer, con excepción de la conversación sobre el suicidio que mantuvo en la televisión y que, vuelvo a repetirlo, me pareció odiosa.
Un encuentro con Woody
-¿Es cierta la anécdota del encuentro de Bergman con Woody Allen que usted relató en la conferencia de prensa?
-Absolutamente. Eran por entonces dos genios que se admiraban mutuamente, pero que no juntaban fuerzas para encontrarse. La anécdota sucedió en una cena en Nueva York, en la que estábamos también la mujer de Ingmar y yo. Nosotras conversamos mucho. Ellos no dijeron una sola palabra. Parecía una película de Woody Allen. En el camino de regreso, Allen me dijo que Bergman le había resultado un hombre extraordinario. Al rato, me llamó Ingmar para decirme lo mismo sobre Allen. !Y no habían intercambiado palabra! Así son los genios. Como Lars von Trier, el nuevo genio, o al menos un genio en construcción. En su condición de nuevo genio, hace cosas como lo que hizo en el 98, cuando vino desde Dinamarca hasta Cannes en casa rodante, pero después se alojó lejos de todos, en el hotel Du Cap, y dijo que la fobia no le permitía moverse de allí y que quien quisiera verlo viajara desde Cannes hasta donde él se había instalado...
-¿Cuáles han sido sus actividades más recientes para Unicef?
-En los últimos años no le dediqué demasiado tiempo a Unicef porque ellos tienen demasiada gente conocida trabajando y la actividad termina siendo más un desfile de famosos que una tarea para los chicos necesitados. Actualmente estoy trabajando con el Comité Internacional de Refugiados. Mi tarea está dirigida sobre todo a las mujeres y niños. Es notable, muchas mujeres en esa situación hablan más fácil con otra mujer que con un hombre. Ahora estamos haciendo una campaña por los refugiados serbios, de los que nadie se ocupa.
-¿Cree que a Bergman le alegrará que "Infidéle" obtenga un premio en Cannes o para un hombre que sufre al punto de cuestionarse si vale la pena seguir vivo, los premios pierden todo sentido?
-Creo que eso dependerá del tipo de premio que el film gane si es que gana alguno. Le puedo asegurar que si el premio es importante, estará feliz.
La infidelidad del nuevo milenio
Por Liv Ullmann
"La infidelidad descripta por Ingmar Bergman en su nuevo guión no es una infidelidad consciente, un acto de la voluntad. Vivir un adulterio en este comienzo de milenio es simplemente un modo de vida elegido por cada vez más gente. Las exigencias morales desaparecen. Dos hombres y una mujer deciden "jugar un juego adulto" y se dicen: "Amémonos peligrosamente, seamos felices juntos, olvidemos el Bien y el Mal". Pero de pronto, todo se desmorona. Es el drama. Todos son infieles respecto de los otros. Pero, para mí, la víctima es la niña. Ella es utilizada por los adultos en su juego. Nosotros seguimos a los tres personajes en su danza amorosa, y vemos a la niña sentada en el medio, sin entender cuál es su rol. También vemos a Bergman envejeciendo- en su momento uno de los bailarines vedette de esta ronda amorosa y ahora en su estudio, carcomido por el remordimiento respecto de lo que le ha hecho a la mujer que amaba.
""Infidéle" está tomada de un episodio real de la vida de Ingmar Bergman. Durante largo tiempo, él intentó expresarse por escrito sobre esa experiencia, pero era necesario el personaje y el temperamento de una actriz para que el guión tomara forma. Ella es la que lo hace revivir aquel acontecimiento, y la que interpreta el rol para él. Y allí está el tema del film. Erland Josephson compone el papel de Bergman envejeciendo. Lena Endre compone a la actriz que lo visita durante la escritura del guión y también tiene a su cargo el papel de la mujer que él ha amado. Krister Henriksson compone al amante, y Thomas Hanzon, al marido mundialmente conocido.
"Yo, Liv Ullmann, soy la realizadora y para mí, la nota de esperanza de esta historia es que podemos olvidar las horas de sufrimiento intenso, pero que jamás hay que olvidar las lecciones que ellas nos han dejado."
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