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El segundo opus de Loli Molina esconde bajo la piel de un producto hypeado una espiral de curvas sorprendentes. Es un disco pop, sin duda. Pero de un pop entendido más como una suma de situaciones que como reiteración de fórmulas exitosas. Con producción y arreglos de Tweety González e invitados como Javier Malosetti (bajo) y Kevin Johansen (en "Peces"), Loli opera desde la ambivalencia. Puede ser aniñada y sensual ("Chicos raros") o internarnos sin aviso en un viaje psiconauta ("Reloj"). Puede rebotar por los 80 con un riff a lo Footloose ("Cortocircuito"), descender al minimalismo más acústico ("Sé como el sol") o profanar un templo sagrado como "Mandolín", del uruguayo Gustavo Pena "El Príncipe", en clave electro-rock, además de tocar todos los instrumentos. Sí o no no es una pregunta. Es una respuesta: se puede hacer pop, ganar un premio en MTV y tener mucha música para dar.
Por Daniel Hofer
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